Las buenas lenguas

"Sin quitarse su traje, contempló la piel rosada de mi sexo, que se humedecía en mis manos. Yo me tocaba y rozaba la vulva con mis dedos, ofreciéndole el banquete"
Lulú Petite
07/04/2016 - 05:00

Querido diario:  Por supuesto que quien atendió el teléfono de Carolina era el veracruzano. Al escuchar el “¿bueno?” grave y costeñamente varonil, colgué y pisé el acelerador con dirección al depa. Me sabía de memoria las rutinas de Luisa, así que seguramente estaba en su casa viendo una telenovela que no deja a menos que tenga algo especialmente importante.

Manejaba pensándome bien las cosas. ¿Sabrá algo de su veracruzano y Carolina? Le choca que le pongan los cuernos, pero considera la amistad como lo más importante del mundo. Una deslealtad es como una bomba atómica, pero dos, la del novio y la de la amiga, sería catastrófico.

A nadie nos gusta ser cornudas, pero con una amiga, es como una doble patada en la ingle. De esas cosas que justifican buscar una ametralladora, un hacha, una sierra eléctrica y, bueno, no sé de qué sería capaz Luisa.

Subí a su departamento y toqué pensando en la manera de meter aguja para sacar hilo. Si sabía del engaño, apoyarla; si no, ver cómo darle la noticia con algo de anestesia.

Cuando me abrió estaba entera, radiante y no estaba sola. La acompañaban, como si nada, el veracruzano, Carolina y el maestro de yoga.

Miré a Carolina con ojos fulminantes. Pensé que había sobrepasado los límites del descaro. Ponerle el cuerno a Luisa era pésimo, pero visitarla en su casa como si nada era pasarse todas las rayas. Fui prudente, pero mi enojo me delató.

Para no hacerte el cuento largo, cuando ellos se fueron, el tema salió. Cuando por fin hablé, lejos de la sorpresa que yo esperaba, Luisa y Carolina me explicaron el asunto: El día que salimos los cinco y yo fui a trabajar salió en la mesa el asunto del intercambio de parejas. Una cosa llevó a la otra y desde entonces comenzaron una relación de cuatro. Estaban encantadas.

—Nos va mejor así  Lulú, —dijo Luisa—, ya no soporto el drama de las parejas. La libertad de compromisos es mejor. Cuentas claras conservan amistades.

Conque intercambiando. Ya sé yo que mis amigas no son prejuiciosas, pero de eso a prestarse los novios como si fueran zapatos, no lo imaginé. En cualquier caso, muy sus vidas. Si así son felices, pues qué bueno. Tranquila, y después de pasar un buen rato con ellas, me fui a casa a dormir. 

Hoy desperté como si aterrizara. Estiré los brazos y me levanté para enfrentar el día. Revisé mis redes, respondí algunos correos, escribí un poco, entonces sonó el teléfono. Era Samuel. Me dijo que nos habíamos conocido en Cuernavaca hace unos años, pero yo no lo recordaba. Me pidió una cita. Tenía idea de cuándo lo conocí por las referencias que me dio, pero aún teniéndolo enfrente su rostro no terminaba de sonarme. Generalmente soy buena fisonomista, pero hay veces que nomás no. Era delgado como un fideo, demasiado blanco, de ceja poblada con cabello dorado y orejas tan prominentes, que parecían diseñadas para recibir señal de televisión satelital. Pero no quería quitarse la ropa.

De pronto lo recordé. Este tal Samuel, en la época que lo conocí, era un gigante estilo luchador de sumo. Redondo por donde lo vieras. Tanto, que sus alerones para escuchar no eran tan obvios en aquel entonces. Todo vino a mi mente como una oleada.

—Tú eres el de… —paré en seco.

Este güero tenía un problema clínico del que es difícil hablar. Algo faltaba allá abajo, por lo que el único placer que podía dar y gozar era el de un buen sexo oral. El mismo cáncer que le hizo perder kilos, lo obligó hace tiempo a la amputación de… bueno, supongo que en este punto ya me di a entender.

—¿Cómo te ha ido? Estás muy cambiado.

—Sí, he perdido peso. ¿Ahora sí me recuerdas?

Asentí y guardé silencio mientras él comenzó a desnudarme y me puso sobre la cama. Sus besos eran apasionados y sus caricias eficaces y deliciosas. Fue bueno ahorrarnos las explicaciones de la primera vez, qué te pasó, cómo le hacemos. Jugamos al sobrentendido.

Sin quitarse su traje perfecto, me colocó desnuda sobre la cama y se acercó como un tigre que va a beber agua en un pozo. Contempló la piel rosada de mi sexo, que se humedecía en mis manos. Yo me tocaba y rozaba la vulva con mis dedos, ofreciéndole el banquete.

—Ah, gemí inconscientemente.

—Gracias, dijo él relamiéndose los labios.

Lo demás fue un goce divino. Sus orejotas resultaron de lo más propicias para realizar lo que tanto le gusta. Me hacían cosquillitas en los muslos mientras él acariciaba mi estómago y senos estirando sus brazos. Me hizo acabar una vez, pero eso no lo detuvo. Siguió lamiendo, completamente enfocado hasta construirme un segundo y tercer orgasmo. La plática después la disfruté mucho, Samuel es un hombre delicioso.

Entonces recordé la fiesta en la que lo conocí, las explicaciones, el Hada, las compañeras. El sexo allí era de tantos cambios e intercambios que, por un momento pensé en mis amigas. Está bien que experimenten, es bueno, bonito y saludable no quedarse con las ganas de nada. Lo dice una profesional, sobre sus amigas amateur.

 

Un beso

Lulú Petite

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