Te lo chupo yo

De repente me levantó, como fiera en celo, y me puso a cuatro patas. Me agarré del tope de la cama y agaché la cabeza
Lulú Petite
07/03/2017 - 05:00
 

Querido diario: Adrián estaba desesperado. Lo zangoloteaba. Lo levantaba, le picaba, volvía zangolotearlo, gruñía, se golpeaba la frente, se movía para un lado, luego para otro, pero nada funcionaba. Por más que trataba no lograba que su celular agarrara el internet.

Adrián es un cliente ejemplar. Me trata de maravilla y le tengo cariño. Es un venezolano tranquilo, de buenos modales y mejores costumbres. Eso sí, a veces, su forma de hablar me saca de onda.

Resulta que algo estaba fallando en la conexión de su teléfono. No agarraba el wifi del hotel ni su celular recibía datos. De esas veces que, por más que tratas, no aparece ni el 3G ni el 4G tan amados. Terco como es él, llamó a recepción, pero era obvio que el problema era suyo, o de su equipo, mejor dicho, pues yo tenía conexión perfectamente tanto en mi plan de datos como cuando me conectaba a la red inalámbrica del motel.

Nada logró. Entonces, con cara de legítima desesperación, me disparó una de las propuestas más raras que he recibido en mi vida.

—Oye, Lulú, ¿puedo chuparte el wifi?

Quería que le transmitiera datos, desde luego, pero no me has de negar que eso de chupar los datos suena de lo más raro, no pude hacer otra cosa que reírme. Él, al verme carcajear, agarró la onda y se rió también, dándose cuenta de que sus palabras sonaron a otra cosa.

—¡Claro! —dije.

¿Qué se suponía que respondiera? Si un cliente quiere chupármelo, que me lo chupe.

Mientras él mandaba los correos urgentes que debía enviar, para un asunto crucial del trabajo, yo me fui poniendo cómoda, a la espera de que viniera a buscar una conexión que no fuera con mi modem.

Una vez hizo esto, le regresó el alma al cuerpo, aventó su ropa al piso y se abalanzó sobre mí rugiendo como un tigre.

Nos reímos y nos abrazamos, dándonos besos apasionados. El ambiente ya se había calentado y se prestaba para lo que se avecinaba.

Su lengua trazó una línea ardiente en ese punto sensible entre mi cuello y mi clavícula. Me retorcí de placer y de cosquillas y clavé mis uñas en sus hombros, atrayéndolo más hacia mí. De pronto mi entrepierna empezó a humedecerse y sentía una calidez vaporosa apoderándose de mí, como si brotara del centro de mi cuerpo.

Adrián me tocaba por todas partes, acariciándome ansiosamente con sus manos robustas. Se movía en el colchón, acercando su cuerpo contra el mío, agitando sus piernas como si nadara entre las sábanas. Su pecho desnudo sobre mis tetas me hacía sentir segura, caliente y con ganas de conectarme a la más alta velocidad.

Me alzó una pierna y se la apoyó en el hombro. Alzó un poco su torso y vi su pecho enrojecerse, destilar sudor, sus poros engrinchados y su piel chinita. Me lo metió mil veces y mil veces gemimos y gruñimos y pedimos más.

De repente me levantó, como fiera en celo, y me puso a cuatro patas. Me agarré del tope de la cama y agaché la cabeza. Arqueé la espalda y elevé mis nalgas para ofrecérmele enterita, mojada y sedienta.

Sentí que su pala dura me llegaba hasta las amígdalas y mis tetas comenzaron a agitarse en cuanto él apuró el trote, empujando con su cadera hacia la mía, inyectándome su herramienta hasta la base. Sentía sus bolas golpeando mi escotilla del placer, haciendo sonar como latigazos cada vez que me lo metía a fondo. Sus dedos se marcaron en mis nalgas y su aliento cálido y húmedo en mi nuca me incitaba a no parar, así que empujé yo también, clavándome en su estaca, no perdiendo el aura del aluvión de sensaciones que estaban por venir, sintiendo el pulso de su pene mientras chorreaba la leche.

Nos desplomamos exhaustos y nos reímos del gusto y del placer. Me agradeció por todos los favores.

—Me salvaste —dijo 

—No fue nada, corazón, una cogida, muy rica, eso sí —le respondí restándole importancia.

—Por poco me corren del trabajo —Aclaró. Resulta que de la información que tenía que enviar dependía un negocio grande para la empresa y él, sin saber que en ese momento se ocuparía, se escapó a darse un gustito con una servilleta. Su jefe estaba furioso y Adrián, sin internet.

—De verdad. Si no me has dejado chuparte el wifi, estaría perdido.

—Bueno, la próxima te lo chupo yo a ti y estamos mano. —le dije pícara, dándole un beso de piquito en la boca. A ver si la próxima vez mejoramos el ancho de banda.

 

Hasta el jueves, Lulú Petite

 
 
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