“Saber esperar” Por Lulú Petite

Lulú se esfuerza para contenerse y poder gozar de un momento muy especial
Lulú Petite
06/11/2014 - 04:00

Querido diario: 

 
Le desabotoné la camisa y la puse sobre el tocador, a un lado de mi bolso y mi teléfono celular. Me excitó muchísimo su pecho sólido, con una delgada capa de pelusa castaña con espléndido aroma a perfume. Lo besé.
 
Su vientre, delgado y fuerte, con los abdominales trabajados. Me puse de puntitas para buscar sus labios y me colgué de sus brazos, tenía unos bíceps perfectos. Sentí un golpe de calor encenderme las mejillas. Entre el beso y el tacto, mi cuerpo reaccionó, lubricando con una gotita de deseo, la puerta entre mis piernas. Abrí más los labios para robar un mejor beso y le apreté con fuerza sus duras, redondas y mordizqueables nalgas. Él respingó, como si le hubiera sorprendido mi atrevimiento.
 
Ser puta tiene sus ventajas. No digo que sea fácil. A veces tocan clientes que son un verdadero suplicio, pero en la mayoría de los casos se trata de hombres bien intencionados con ganas de calmar sus calenturas y con quienes aprendes muchas cosas, te relacionas, intercambias puntos de vista.
 
Hay tantas cosas que he aprendido de clientes, que a veces pienso que la mitad de mi forma de ser, de mis intereses, saberes y acciones, los he ganado en la cama o asimilado de gente con quien la he compartido. El sexo es tan íntimo, que resulta inevitable no aprender de las personas con quienes lo tienes. En esas interminables conversaciones, no es sólo el cuerpo el que se desnuda, sin ropa como que es más fácil decirlo todo, soltar la sopa.
 
El caso es que, a pesar de que algunas veces es malo y casi siempre es bueno, también es cierto que de vez en cuando vender caricias es extraordinario. Por azares del destino una buena tarde recibo una llamada, voy al motel esperando un cliente promedio y resulta que me encuentro con hombres divinos. De esos que te ponen caliente nomás de verlos y que te inundan al primer roce, a la primera caricia.
 
Y yo tenía a uno, no acariciándome, sino despachándose con la cuchara grande, metiendo mano por todos lados. Lamiéndome los senos, apretándome las nalgas, acariciándome el vientre, besando mi boca. Qué digo besándola, el tipo me comía.
 
Cerré los ojos y me pegué a él, sentí sus manos tocarme las piernas, apretar mis nalgas, levantar la falda, moverse al frente, abrirse paso por mi lencería, acariciar la parte interna de mis muslos, rozar mi clítoris, recoger la humedad y dispersarla por toda mi vulva, entrar despacio con un dedo, luego con dos, y clavarlos en mis entrañas. Gemí, disfrutando de los movimientos que hacían sus dedos en mi interior.
 
Puse mis manos en su nuca, sobresaltada, presa del deseo y del placer y me colgué de él, besé su cuello, lamí sus hombros y su pecho afelpado y aromático. Disfrutaba tanto el movimiento de sus dedos que así, de pie, con las manos entrelazadas en su cuello, casi colgada de él y sin fuerzas en las piernas, sentí cómo un potente orgasmo me hizo temblar y ahogué un grito placentero en medio de un beso erótico, culpable, casi inconfesable. Apenas me vine, él me sacó sus dedos con suavidad y, mirándome fijamente, con un ademán perturbador, se los lamió.
 
Apenas me di cuenta después de tan intenso desfogue, que yo ya había tenido lo mío y él aún conservaba sus pantalones puestos, así que le desabroché el cinturón y le bajé el zipper. Él se quitó los zapatos sin dejar de acariciarme. Cuando los pantalones cayeron al piso, su boca estaba devorando mis pezones, cuando se quitó la camisa, me lanzó a la cama con cierta violencia erótica. Para cuando estaba tumbada en la cama, ya de nuevo la calentura me había vencido. Quería tenerlo.
 
Sentí entonces cómo acercó su miembro a mi boca. Hicimos el amor dos veces más. Sentí su erección ocupar mi cuerpo, su boca quemarme los pezones, sus manos encender mi piel, su movimiento volverme loca, perderme.
 
Al final, él se recostó boca arriba. Lamí su pecho y su cuello, le besé los labios, me agarré a sus brazos y, en cuclillas, poco a poco me fui empalando en su miembro rígido y delicioso. Cuando lo sentí a tope, impulsada con mis manos y con el meneo de mi cadera y rodillas, lo poseí y me sentí poseída. Apreté la entrepierna cuando sentí las convulsiones con las que inundó el condón. Sin dejar que saliera, me tumbé sobre él y le di un beso casi amoroso.
 
Hay tantas cosas que he aprendido de clientes. Escuchar es la mejor manera de aprender. A veces, la relación que se logra en la cama entre cliente y prostituta es tan íntima, que las verdades más profundas, las aspiraciones, las fobias, las filias o las corazonadas salen a la luz. No sé, como que desnudos, y con alguien a quien tienes la confianza de pagarle por coger, pierdes inhibiciones y eres capaz de decir más que en otras situaciones.
 
Contigo, después del sexo, hablé riquísimo y, espero, que todo eso que platicamos haya servido como dijiste, para tomar la decisión que sea mejor para ti y los tuyos. De ti, de tus palabras, aprendí que por lo que vale la pena hay que saber esperar. Eso sí, cuando se te antoje, ya tienes mi número, por si se ofrece otra deliciosa sexoterapia.
 
Un beso
 
Lulú Petite
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