Me lo comí como paleta

La boca se me hacía agua. De pronto lo agarré por los glúteos y lo jalé más hacia mi boca. Chupé el palo completo, como si comiera una paleta helada
Lulú Petite
06/09/2016 - 05:00

Querido diario: “Donald Trump no será presidente de Estados Unidos. No debe serlo. Es un tipo repulsivo. Todo lo podrido que puede habitar el corazón y cerebro de un ser humano es escupido por ese hombre cada que abre la boca. Sus pequeños ojos de víbora miran con la soberbia fanática de un villano de caricatura. Muros, deportaciones, rompimientos, pataletas, racismo. Es un chivo en cristalería.

Pero Trump no es el problema. El problema es que su voz tiene veneno. Sus discursos esparcen odio. El polen de sus palabras encuentra tierra fértil en la cabeza de millones de personas ignorantes, frívolas y mayoritariamente pobres, que creen sinceramente que ese demonio tiene razón.

Muchos de ellos viven en Estados Unidos y tienen derecho a votar para elegir un presidente. Saldrán en noviembre votarán por Donald Trump. Probablemente no será presidente, pero su semilla estará sembrada.

Lo peor, gane o pierda, es cuando llegue el momento de cosechar los frutos de la ponzoña plantada. Cuando, desde la victoria o desde la derrota, quienes votaron por el odio quieran levantar con prejuicios el muro que su lamentable candidato prometió hacer pagar a México. ¿Cuántas vidas se pierden a diario tratando de cruzar la frontera? ¿Cuántos sueños se pierden después de lograrlo? ¿Cuántas vidas se dislocan al golpe de las deportaciones?

Nada le ha hecho tanto daño al mundo como esos hombres perversos que incitan el odio. Míster Trump por sí solo no es el problema. Son los que le darán su voto, los que piensan como él y creen que tiene razón. Ellos se verán desilusionados si su gallo pierde las plumas de su perturbador copete y son peligrosos porque no son nadie, pero son muchos y dispuestos a cargar antorchas. Donald Trump no será presidente de Estados Unidos. No debe serlo”.

Valentín es investigador en una Universidad prestigiada, cuyo nombre no voy a decir, pero que lleva en su escudo un cóndor y un águila, pero en su corazón un puma. Nos vimos el miércoles. Me llamó en la noche. Yo iba camino a casa regresando de un viaje relámpago a Querétaro. Manejaba en periférico, zigzagueando entre los coches, mientras Valentín intentaba decirme que quería verme. Paré en un embudo del tráfico y aproveché para verme los labios en el retrovisor. Al volver a moverse los coches cambié de ruta rumbo al motel.

Valentín es un hombre maduro e inteligente. Le gusta charlar. Generalmente es optimista y, como es un hombre muy culto, su plática es deliciosa. Creo que es lo mejor de este oficio. Conoces a hombres de inteligencias prodigiosas y, quieras o no, al conversar algo les aprendes.

Se metió al baño y lo escuché abrir el grifo. Vi su cuerpo desnudo, su figura otoñal y su espalda rolliza. Seguramente hace unos veinte años era un rompe corazones, ahora los años se notan, pero sigue siendo muy atractivo. Ese tipo de hombres maduros atractivos como imanes. Me gusta y mucho. Tiene algo que me emociona.

Empecé a desvestirme. Él volvió secándose las manos y el cuerpo con una toalla pequeña y me vio en el proceso de quitarme la ropa. Me pidió que parara.

—Me gusta cómo te ves así —dijo.

Me miré a mí misma. Sólo tenía la tanga y los tacones aún puestos.

—Me encantas —agregó.

Se paró frente a mí, entre mis piernas abiertas y empezó a chaquetearse con una mano mientras que con la otra me acariciaba la cabeza con dulzura.

Me ayudó a recogerme el cabello y me lo amarré con una liga. Puso una mano en mi mentón y me levantó el rostro. Lo vi a los ojos. Se reía complacido, como si estuviera viviendo una fantasía. No hacía falta hablar más. Además, no se habla con la boca llena.

Me comí su sexo. Ni un solo centímetro quedó intacto. La quijada se me empapó y me la limpié con el dorso de la mano. Entonces me lo metí todo en la boca, lo más hondo que pude. Sentí la cabeza de su pene en el umbral de mi garganta. Estiré los brazos hacia arriba. Él los sostuvo delicadamente mientras yo acariciaba su pecho.

—Así —gemía chinando los dientes—, por favor no pares.

La boca se me hacía agua. De pronto lo agarré por los glúteos y lo jalé más hacia mi boca. Chupé el palo completo, como si comiera una paleta helada. Lo sentía palpitar en mi paladar, hincharse y vibrar al borde del abismo. Gemí con su miembro inflándome las mejillas. Él pegó un grito de éxtasis, se apoyó en mis hombros, sus rodillas temblaron, se puso de puntitas, aflojó la mano y empezó a repetir “ay, ay, ay”.

Encendimos la televisión. En las noticias estaban pasando imágenes de la reunión del presidente con el tal Trump. Se daban la mano.

—Pobre país— dijo Valentín, llevándose la mano a la frente con legítimo enojo y apagó la televisión.

—No debió venir— respondí.

—No debimos recibirlo— 

—¿Tú crees que gane? — Pregunté curiosa.

—¿Quién?— 

—¿Trump?— 

— Donald Trump no será presidente de Estados Unidos. No debe serlo— Respondió terminante y me dio su opinión que (espero) transcribí al principio de este relato lo más fielmente que mi memoria lo permitió.

Me gusta conversar con Valentín, ve las cosas con mucha claridad y, como él, no soporto a Trump. A ti ¿Cómo te cae?

Un beso,

Lulú Petite

 
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