Me calentó en Cuernavaca

"Nos revolcamos con gusto y con ganas, ansiosos por aplacar ese fuego o darle rienda para extinguirnos en el mero placer"
Lulú Petite
05/12/2017 - 05:18
 

Querido diario: ¿Qué haces cuando la ciudad está tan fría que si abres una ventana puede meterse un pingüino? ¡Claro! Como las mariposas: migras. Lo bueno de este negocio es que igual hay caballeros con ganas de hacer el amor en los lugares fríos, templados o cálidos, así que el martes pasado, con el termómetro chilango bajo cero, decidí meterme a mi coche e ir a buscar la eterna primavera a Cuernavaca, en el bellísimo estado de Morelos.

Es de no creerse que estando tan cerca, el clima sea tan distinto. Cuando llegué ya tenía un cliente esperando. Se llama Andrés. Caminé por el pasillo del motel, buscando el número de la habitación. Hice un puñito en el indicado y toqué tres veces, para la buena suerte.

—Voy —gritó desde el otro lado. Se abrió la puerta. Tenía la tele prendida, con el volumen muy bajo. Un canal de noticias que le daba una iluminación interesante a la semipenumbra de la recámara.

Llevaba una camisa manga larga muy blanca y pantalón negro, el saco estaba acomodado en una silla y un vaso jaibolero en la mesa tenía el último sorbo de lo que bien pudo ser una cuba. Me ofreció una copa, pero yo, como los servidores públicos, no chupo cuando trabajo. Bueno, sí chupo y mucho, pero no bebo alcohol.

Charlamos un poco antes de que se me quedara viendo en silencio. Con cierto morbo. Sabía lo que quería. Me acerqué, aproximando mi cuerpo al suyo. Me tomó por la cintura y me dio un beso en la boca. Sin más que agregar, comenzamos a desvestirnos mutuamente, acariciando nuestros cuerpos y encontrándonos sensualmente con las lenguas y los labios húmedos. Sus manos recorrían mi cuello mientras me besaba, haciendo que algo dentro de mí se fuera calentando. Sus dedos trazaron un caminito muy rico entre mi pecho, acariciado mis tetas.

—Cógeme —gemí.

Nos entornamos como fieras, abalanzándonos sobre la cama y devorándonos ansiosos. Su piel estaba hirviendo, su aroma emanaba algo animal, una especie de aura cachonda que me incitaba a lamerlo, mordisquearlo, arañarlo y desearlo dentro de mí.

El peso de su cuerpo sobre el mío fue un alivio y un detonante. Su pene era de una dureza inusitada. A tope y prensada como una macana viviente, perforó mi umbral tramo a tramo. Sentí que me desvanecía, que me derretía lentamente. Clavé mis dedos en su carne, hundiéndolos en su espalda y cuello mientras él empujaba su herramienta enterita, pulsante y candente, dentro de mí.

Sus manos expertas me recorrían mientras me hacía gritar de placer, acariciando mis nalgas, mis caderas, mis senos. Me besó en los pezones y me hizo delirar, pellizcándolos despacito con los labios.

Andrés tenía una especie de horno integrado, un calor interno que transmitía a medida que se encajaba más en mí, y se movía rítmicamente, estrujándome sus bolas hinchadas y estremeciéndome con la vibración de su pieza viril a punto de estallar.

Nos revolcamos con gusto y con ganas, ansiosos por aplacar ese fuego o darle rienda para extinguirnos en el mero placer. Gemíamos cada vez más fuerte, con la respiración acelerada y nuestros cuerpos en llamas. Ya nada importaba, nada se sentía, salvo el calor fulminante de nuestros cuerpos en ascenso, la cosquilla quemante bullendo de nuestro interior, expandiéndonse poco a poco por nuestros músculos, por el agarre firme de nuestros dedos entrelazados. 

Estábamos empapados en sudor, restregándonos en un vapor divinamente agonizante, un infierno de clímax y flamas de carne, saliva, fluidos calientísimos atravesándonos y haciéndonos perder en ese calor intenso, luminoso, que nos unió al universo por unos segundos, antes de soltarnos y dejarnos caer en el resguardo sentimiento de alivio y satisfacción.

Complacidos, retozamos por unos minutos. Recostada sobre su pecho, permanecí muy quieta, retomando el oxígeno y volviendo a mí. Sentía un peso menos y el cuerpo de Andrés, quien estaba a gusto con este clima de intimidad y cercanía. El calor era intenso. Cómo imaginar que me sentiría tan a gusto y con tanto calor en Morelos, cuando hacía a penas unas horas huía del frío de la Ciudad de México. No cabe duda, aquí se vive la eterna primavera.

Hasta el jueves, Lulú Petite

 
 
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