Me atraganté

Me lo metí hasta el fondo, gimiendo y extasiada con mi propio tacto, con su placer extremo al acabar
Lulú Petite
05/09/2017 - 05:00
 

Querido diario:Francisco es guapo. De esos que han sido guapos siempre. Es un cuarentón seductor, divorciado, con dos gemelas, solvente, divertido, adicto al trabajo y al sexo. Cuando no va a la cama con una novia o alguna conquista ocasional, llama profesionales, entre ellas a mí.

El martes, cuando me recibió se veía distraído. Siempre es alegre y juguetón, ese día, en cambio, estaba callado. 

—Oye—dijo de repente con la vista clavada al espejo. Veía su reflejo —¿Estoy viejo? —Remató.

Que me disparara esa pregunta me sorprendió. Muchos hombres sufren complejos, más cuando siempre han sido guapos. Me acerqué y me puse detrás de él y lo abracé por la cintura, presionando mis tetas contra su espalda. Por encima de su hombro, vi su rostro.

—Estás guapo —dije.

Sonrió, no sé si conmigo o con su reflejo. Se dio media vuelta y me tomó por la cintura.

—Lo dices por compromiso.

—A veces miento por compromiso, pero no hoy, tú estás riquísimo y lo sabes— respondí.

Nos fijamos la vista en silencio y sonreímos. Nos besamos. Rápidamente sus manos se deslizaban por mi cintura, acariciando mis nalgas. Fue un impulso instantáneo. Le besé el cuello, el pecho. Fui descendiendo poco a poco. Mientras él rozaba mi piel con sus dedos, yo iba trazando una línea con mi lengua.

De rodillas, miré hacia arriba y miré su rostro plácido y paciente.

—¿Quieres? —pregunté.

Hizo un sí con la cabeza y los ojos iluminados. Lo chaqueteé un rato, sintiendo crecer su miembro en mi mano. Me pasó un condón y entendí que lo quería ya. Me recogió el cabello con una mano mientras se lo coloqué en la corona y abrí la boca para llenármela con su tolete sediento y prensado. Se lo bajé apretando los labios, presionando con mi lengua y paladar, enfundándolo hasta que quedó cubierto. Ya plantado como estaba, se lo chupé desde la base, lamiéndole las bolas y atragantándome con el grueso entero de su herramienta. Lo sentí palpitar en mi boca hecha agua. Él se derretía y deshacía en gemidos, pidiéndome que no parara. Se lo mamé mientras se lo frotaba con una mano. Él acariciaba mi cuello gimiendo.

Estiró sus brazos y me tocó las tetas, pellizcando con suavidad mis pezones, que estaban cada vez más sensibles y me provocaban corrientazos muy ricos en todo el cuerpo.

—Tócate —suplicó.

Le hice caso y empecé a estimularme el clítoris sin parar jamás de chupársela. De pronto comencé a excitarme más. Mis dedos seguían su curso por un lado mientras que por el otro mis labios saboreaban con gusto. Era como si mi cuerpo se hubiera desentendido. Algo superior crecía en mí, como una cosquilla desde lo más profundo de mis entrañas. Él lo sintió y comenzó a ceder ante el impulso imparable del orgasmo. Gruñó, expulsando a borbotones su leche caliente en mi boca. Lo sentí moverse como una manguera dulce sobre mi lengua. Me lo metí hasta el fondo, gimiendo y extasiada con mi propio tacto, con su placer extremo al acabar. Se quedó como congelado en ese caos de gozo, con el cuerpo muy tenso, apretando su agarre en mi cabellera.

Cuando despegué mis labios, casi ahogada y exigiendo oxígeno. Vi la punta del condón. Estaba rebosante de semen. Él se rió como si lo hubiera invadido una felicidad suprema.

Nos dirigimos a la cama y volvimos a la íntima quietud de la conversación.

—No me respondiste si me veo más viejo—dijo de pronto Francisco.

—Ya te dije que no ¿Qué mosca te picó?

—Ninguna mosca amiguita, me picó la tarántula de la duda.

Resulta que una de sus hijas, una de las dulces gemelitas ya alcanza el timbre y, sin pedirle permiso a su amado padre, le salió con la buena nueva de que ya tiene novio. No sería la gran cosa, Francisco también tuvo a su primera novia en secundaria, pero sorprendentemente para él, el asunto le caló hasta los tanates y se puso celosísimo. Se imaginó a él mismo de chamaco y sus intenciones. Pensó entonces que serían las que el “noviecito” tendría con su nena. Trató de contenerse, pero cuando no pudo y le reclamó a la gemela, ella lo paró fulminante:

—¡Ay papá! Ya estás viejito.

—¡Estás chavo! — Le dije minutos más tarde, cuando nos preparábamos a besos para volver al amor.

Hasta el jueves, Lulú Petite

 

 
 
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