Sorpréndeme

Lulú es presa del deseo y decide tener una aventura en su casa
Lulú Petite
05/08/2014 - 03:00

Querido Diario:

Me recogiste en el aeropuerto. Dijiste que estarías por el rumbo y no te significaba ninguna molestia.

—Me queda de paso, sentenciaste sin darme derecho de réplica. No voy a intentar negarlo, me encanta que tengas esos detalles.

Salí en pants, con una cola de caballo agarrándome el cabello y jalando una enorme maleta de rueditas. Allí estabas tú, esperándome con tu sonrisa de anuncio de pasta de dientes, traje negro, camisa blanca y corbata roja. Te veías guapo.

No sé cómo demonios haces para verte con el traje bien aliñado a esas horas, cuando la mayoría de los hombres ya al menos se quitó el saco, se desabrochó el botón del cuello, se aflojó la corbata y se arremangó la camisa.

Recibiste mi maleta, me diste un beso y caminamos a tu carro tomados de la mano.

—¿Dónde quieres cenar? Preguntaste sonriendo cuando me subí al carro.

—Sorpréndeme, respondí.

En cuanto arrancó en coche pusiste tu mano en mi pierna, cerré los ojos y me quedé dormida. Desperté cuando sentí tus dedos moverse. Los bajaste por el costado del muslo y los clavaste descaradamente en lo más profundo de mi entrepierna. Desperté sobresaltada, sintiendo un calambre erótico que me recorrió desde el sexo, toda mi columna vertebral hasta estallarme en las sienes.

Al voltear a verte, te encontré de lo más tranquilo, como si nada, con una mano mi vagina, la otra en el volante y la mirada al frente concentrado en manejar, pero con una tremenda erección levantándote una carpa bajo el pantalón. Sonreí, abrí un poco más mis piernas, para darte paso franco y volví a cerrar los ojos.

Cuando comencé a lubricar tomé tu mano y la metí por mi pants, dirigí tus dedos a mi clítoris y te dejé hacer tu trabajo. Las caricias eran buenas, sabes dónde y cómo tocar a una chica para complacerla. Conseguí el orgasmo unos kilómetros adelante. No lo disimulé, gemí con fuerza.

Era mi turno. Te pedí que buscaras un lugar discreto dónde estacionarte, mientras acariciaba tu miembro por encima del pantalón.

Nos detuvimos en un sitio perfecto, junto a una barda y sin ninguna iluminación. Te la saqué y comencé a chupártela. Estaba a punto de quitarme el pantalón y montarme en ti cuando escuchamos venir un grupo de personas. Me acomodé en mi lugar y te pedí que me llevaras a casa.

—¿No quieres cenar? Preguntaste.

A esas alturas tenía más ganas de cogerte que de cenar, así que prometí preparar algo en casa.

Entraste tú primero a mi recámara. Pusiste la maleta a un lado de mi clóset y volteaste para buscar un beso. Sabía que ese era mi momento, me arrodillé bajándote la bragueta sorprendiéndote cuando tomé tu miembro y comencé a acariciarlo. Después me lo metí a la boca, pasé mi lengua por tu tallo que se endurecía cada vez más y suavemente acaricié tus muslos.

Cuando gemiste, comencé a morder muy suavemente la punta de tu sexo, tomé entonces el falo completo y lo metí hasta el fondo de mi garganta. Podía sentir cómo mi clítoris palpitaba y comenzaba de nuevo a humedecerse. Tú gemías, me tomabas del cráneo y dejabas escapar resoplidos de toro en brama. Cuando sentí que estabas a punto de venirte, bajé el ritmo y comencé de nuevo a lamer suavemente, rozándote apenas con la punta de mi lengua, mordisqueando la cabeza, sintiéndolo enorme crecer en mi boca.

Metí entonces los dedos en el pants y comencé a acariciar mi clítoris. Mi excitación iba en aumento, estaba a mil cuando me ordenaste que me desnudara y me inclinara sobre la cama para recibirte.

Te obedecí mansamente, me arrodillé sobre la cama y, colocando mi barbilla en el colchón, levanté mis nalgas para ofrecerte plenamente mi sexo.

Disfruté enormemente la sensación cuando metiste tu miembro duro entre mis piernas y lo empujaste dentro de mi sexo empapado. Te sentí entrar enorme y ardiente, te agarraste de mi cintura y me jalaste bruscamente hacia ti, sentí que me partías, fue exquisito.

Te moviste deliciosamente haciéndome sollozar de placer, no podía aguantar, la sensación era tan intensa que por segunda vez en esa noche me hiciste venir rabiosamente, soltando un grito placentero que me llevó al éxtasis.

Te seguiste moviendo un rato más hasta que sentí tu orgasmo explotar cuando te clavaste a fondo, gritando de placer mientras entrabas a fondo de mi cuerpo. Apreté las sábanas con las manos y te sentí colapsar sobre mí quedando tendidos en mi cama, cansados, felices, satisfechos. Te tumbaste a un lado mío y nos besamos tiernamente. Así nos quedamos acurrucados hasta que nos venció el sueño.

A media madrugada abrí los ojos y ya no estabas a un lado mío. Supuse que después del sexo, cuando me dormí, te habías vestido y te habías ido a tu casa. Cuando me levanté a ponerme el pijama, sin embargo, oí que estabas en la cocina. Preparabas unos sándwiches.

—Prometí sorprenderte con la cena, dijiste cuando me viste. Tomaste una botella de vino y nos amanecimos conversando.

Hasta el jueves

Lulú Petite

 

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