Cógeme despacito

Se lo lamí con gusto, metiéndomelo enterito en la boca. Adán empezó a gemir y gruñir. Me acariciaba el cuello y el cabello, me tocaba las tetas suavemente
Lulú Petite
05/07/2016 - 05:00

Querido diario: A Adán le gusta el calor. Es un cliente nuevo, lo conocí esta semana. Nació en Mérida y era la primera vez que viajaba a la Ciudad de México. Está disfrutando de su visita a la capital, pero hay dos cosas que no le cuadran: Lo ajetreado de la gente y el clima. Acostumbrado al calorcito sofocante de las tierras yucatecas, aquí el clima lluvioso de estos días lo sentía frío.

Eso sí, como todo cliente nuevo, resultó un descubrimiento. No siempre hacer el amor con desconocidos es una experiencia agradable, claro, pero ésta sí lo fue. Casi nunca cuento sobre los malos ratos del oficio, clientes que se ponen pesados o que son difíciles de tratar, prefiero escribir sobre personas que valga la pena leer, como Adán.

Tiene veintitantos, pero una de esas caras traga años, que lo hacen ver mucho más chavito. Algo en él me dio confianza, porque empecé a hacerle bromas por lo chavito que se veía, de modo que al principio como que le dio pena, pero luego se alivianó y comenzó a reírse, me parece que eso ayudó a que, como dicen en mi pueblo, se soltara un poco. Al principio estaba pálido y nervioso, frotándose las manos sin saber qué hacer con ellas. Quería hablar, pero se le enredaba la lengua. Hasta pensé que podría ser tartamudo, pero luego le capté que simplemente estaba nervioso y se le notaba.

—Es mi primera vez… —dijo.

—¿En serio? Te ves chavito, pero no tanto —contesté sonriendo y acariciándole el antebrazo.

—No, esa primera vez. Es la primera, con alguien como…

—¿Yo? —dije mosqueándolo.

—Sí—respondió él con las mejillas al rojo vivo y risa nerviosa—, nunca había pagado por sexo… estado con una…

—¿Profesional? —pregunté, haciéndole más fácil terminar la frase.

—¡Exacto! —respondió aliviado.

Encantador, pensé.

—Anda, Adancito, acércate —le repliqué desabrochándome el sostén—. Haz de cuenta que soy tu novia.

Sin más retrasos, entramos de plano en materia. Tenía los dedos como cubitos de hielo, pero ahora no sé si era todavía por los nervios o por el frío que no podía controlar. Le besé las manos y las cubrí con mi aliento cálido. Dejó de temblar y me besó en la boca. Su lengua humedeció mis labios. Algo picante provocaba. Y me tocaba todo el cuerpo como queriendo abarcarlo completo. Nos desnudamos.

Decidió dejarse los calcetines, los calzones y meternos bajo la colcha más gruesa, no sé si porque tenía frío o pena.

Empezamos a restregarnos y a agarrar calor. Era delgado y podía sentirle las costillas. Cuando metí mi mano más abajo sentí su sexo listo para mí. No era tan largo, pero sí bastante grueso. Proporcionalmente hablando, tenías más de un rasgo que de otro, además, se había afeitado para la ocasión y, mientras le colocaba el condón, pude verlo como un pollito desplumado, sin un solo vello como un chamaco, pero con una potente erección como un señorón.

Se lo lamí con gusto, metiéndomelo enterito en la boca. Adán empezó a gemir y gruñir. Me acariciaba el cuello y el cabello, me tocaba las tetas suavemente, pellizcando con delicadeza mis pezones erectos. Pensé que se iba a venir, pero aguantó el corrientazo y para cuando me le monté encima parecía que le había crecido como mínimo dos centímetros más. El grosor, sin embargo, era un deleite.

Echaba sobre él, comenzamos a menearnos arriba y abajo. Alcé las piernas y abrí las nalgas para que su pene entrara más profundo. Ahí fue cuando le dio por agitarme, volcarnos de un solo empujón y colocarse encima. Volvió a penetrarme sin andaduras. Su miembro hinchado me descosía el sexo.

—Más despacito, Adán —le susurré al oído.

No sé qué se traen algunos hombres que quieren pegar unas cogidas descomunales, como si tuvieran que batir pintura o taladrarte las entrañas. Es decir, estaba rico y todo el cuento, pero hasta daba un poco de risa lo pujante que se estaba tornando todo. Tan mansito que se veía y resultó que era un corcel a galope.

Le bajó la intensidad al trote y se concentró más en el momento, en disfrutarlo y saborearlo sin ansiedad. La cama aún rechinaba bajo nosotros. La madera crujía al ritmo de nuestra respiración agitada. Mi cuerpo se estremecía. Levanté las piernas y lo envolví por la cintura con mis muslos y mis rodillas. Mis talones rozaban sus nalguitas flacas y podía sentirlas tensarse con cada empujón de su cadera. Mis pechos convulsionaban plácidamente, meneándose al unísono con cada embestida. Mi boca abierta recibió uno de sus pulgares, que chupé hasta la base, extasiada y arrinconada. El peso de la colcha sobre nosotros generaba un campo de calor con nuestro aroma. El sudor cubrió mi pecho, sobre el que resbalaba el suyo. Sus brazos encontraron su camino detrás de mi espalda y mi cuello. Sus manos pronto asieron mi culo. Sus dedos se hundieron en mi carne cuando eyaculó.

Aún desorientado, me dijo que le gustó mucho y que me llamaría de nuevo cuando pudiera juntar la lana. Trabaja en una oficina, lo mandaron a México a atender unos asuntos y se dio este lujo dándole un pellizquito a sus viáticos y otro a sus ahorros. Antes de mí, se había acostado con una sola mujer: su exnovia, quien le partió el corazón allá en Mérida. Aquí estoy yo, agradecida de juntar los pedacitos y hacer con ellos el bonito recuerdo de una tarde deliciosa.

Un beso

Lulú Petite

 

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