Poca cosa

Un encuentro apasionante permite que Lulú se libere del estrés que se vive por las mañanas en la ciudad
Lulú Petite
05/06/2014 - 03:00

Querido diario: 

Caminé hasta la puerta del baño tallándome los ojos. Abrí la llave del lavabo y salpiqué un poco de agua fría en mi rostro, me miré en el espejo y sonreí. Antes de meterme a bañar me lavé los dientes.

No me gustan los servicios mañaneros. Con el tráfico impredecible y la histeria de la ciudad, prefiero salir cuando las avenidas no están sufriendo las horas pico. Sin embargo quedé de ver a Benja, un cliente a quien atiendo desde hace mucho. Debíamos vernos temprano porque, apenas cogiéramos, tenía que salir al aeropuerto a tomar un avión a no sé dónde. Así que con mucha anticipación me pidió que lo viera a las desastrosas ocho de la mañana “¡Caramba! ¿En qué estaba pensando cuando dije que sí?” Pensé al meterme bajo la regadera.

A las siete treinta, con la mañana lluviosa y la pelea de coches entre quienes llevan a sus hijos a la escuela y quienes quieren llegar a su oficina, salí a la calle. Afortunadamente el motel me queda cerca y llegué justo a la hora acordada.

Me recibió recién bañado, con una toalla enrollada en su cintura y la cama deshecha. Naturalmente durmió allí para esperar a que yo llegara a darle ánimos mañaneros para su vuelo.

Benja es enorme, con abultados brazos marrones y cabello negro, cortado al estilo militar, tiene la espalda ancha, el pecho de piedra, una tremenda cicatriz en el hombro izquierdo y un  fierro tremendo y cabezón entre los muslos.

Cuando dejé mi bolsa en el tocador, se me acercó por detrás, puso su mano izquierda en mi cintura, la derecha en mi muslo y dejó caer la toalla restregándome su miembro en el trasero.

—Te traigo unas ganas locas, me dijo al oído.

Levanté la mirada y vi su reflejo en el espejo del tocador. En su expresión había una lujuria deliciosa. Se acercó más a mí hasta atraparme entre su miembro y el tocador, untándome descaradamente su cuerpo musculoso, frotándolo contra mi culo, acariciándome la pierna, por debajo del dobladillo de mi vestido, con sus manos grandes y bruscas, hasta encontrarse con mi lencería, robarme un gemido, besar mi cuello y dar con su pulgar un tirón hacia abajo a mi ropa íntima.

Teníamos la respiración entrecortada, los calzones a mitad de mis muslos y su mano acariciando suavemente mi depilado sexo, recogiendo con los dedos los jugos que ya comenzaban a fluir entre mis piernas. Pero él se pegaba más y yo sentía en mis nalgas su erección mientras frotaba suavemente mi empapada entrepierna.

Sentí entonces su mano bajar despacio la cremallera de mi vestido, que cayó al piso junto con mi lencería con un par de movimientos serpenteantes. Quedé de pie, frente al espejo, sin más ropa que los tacones y el sostén, que salió con un chasquido de los hábiles dedos de Benjamín.

Lamió mis hombros desnudos, acarició mis pechos y los humedeció un poco con los jugos que acababa de cosechar de entre mis piernas. Me miré en el espejo, abrazada por ese semental enorme, con la erección golpeándome los muslos y sus dedos mojando mis pezones con mi propio deseo.

—No aguanto más, te voy a coger,  me susurró al oído, casi atrapándome el lóbulo con sus labios. Sentí un escalofrío que me heló y mis rodillas temblaron cuando sentí como ponía su mano entera bajo mis piernas, cubriendo toda mi vulva y, con una especie de brusca gentileza me levantó y me puso frente a él, sentada en el tocador.

Me miró fijamente, comiéndome con los ojos, tomando mis muslos con firmeza y separándolos toscamente para ver mi sexo palpitar. Lo vi de frente, encantada, con su erección gigantesca, goteando y frotándose contra mis piernas calientes. Puse mis manos en su nuca y lo jalé hacia mí pidiéndole un beso. Sus labios, apasionados, me comieron la boca con lujuria.

Me apuré a buscar a tientas en mi bolsa el paquetito de los condones, saqué uno y se lo entregué con la mirada suplicante y el deseo en vilo. Grité cuando al fin me empaló.

Separó mis piernas tomando mis rodillas con sus manos fuertes y su miembro, levantado solamente por la erección, buscó camino para resbalar por mi cuerpo y ensartarse hasta el fondo.

Sentí como si una lanza enorme me penetrara, un dolor delicioso que me hizo abrazarme de ese hombre, colgarme de su cuello, besarlo y cerrar los ojos. Me levantaba en cada embestida y yo gritaba entre el placer y la angustia. Me vine de inmediato y unos segundos después terminó él llenando el condón con su simiente.

Eran las ocho y diez. Un mañanero rapidín, pero inolvidable. Platicamos un rato, nos dimos un baño y lo llevé al aeropuerto. Después de todo, ya con esa relajada, el tráfico me parecía poca cosa.

Un beso

Lulú Petite

 

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