Una frotada monumental

"Siento su pene expandirse en mi paladar. Le hago circulitos en la punta, lo lamo desde la cabeza, pasando por el tallo, hasta la base"
Lulú Petite
05/05/2016 - 05:00

Querido diario: Masturbar a un hombre puede ser cansado. Especialmente cuando por más que jalas, el asunto no termina de tomar vigor. Yo frotaba de todos modos. A ratos de arriba hacia abajo, como agitando una lata de jugo, después un poco de ‘chocolate, molinillo’, como si me frotara las manitas con aquello entre las palmas, una que otra jaloneada dispareja, caricias suaves a los ‘gumaros’ y más jaloneo. Literalmente, estábamos en el “estira y afloja”. No había nada que perder. Me puse un poco de crema en la mano, lo agarré bien con todos mis dedos alrededor y seguí con el show.

—Me cuesta arrancar los motores, pero una vez que lo logro, la cosa funciona bien— explicó, tratando de justificar que aquella tripa enorme no acababa de ponerse completamente firme a pesar del animado tratamiento.

Sonreí sin dejar de mover mis brazos. Me hacía gracia escucharlo hablar, tenía la voz como de comentarista deportivo, no del que veía ‘dónde las arañas tejen su nido’, sino más como comentarista de futbol americano o de infomerciales. Entonces, me fue imposible no recordar uno sobre un producto dizque para sacar músculos. Una especie de linterna o mancuerna pesada que se agitaba como si se estuviera ‘chaqueteando’ a alguien. Entonces me puse optimista, si no lograba que aquello se parara, al menos estaba haciendo ejercicio. Ya, de hecho, sentía el calor del ejercicio en mis bíceps y antebrazos.

En mis manos tenía a Mauricio. Es un cliente. Lo conocí hace poco. No es mala onda, pero tiene estas dificultades de arranque. No puede lograr una erección duradera si no es mediante una larga y entusiasta ‘chaqueta’. Pero no miente, cuando dice que está listo, aquello se mantiene firme hasta cumplir con su tarea, pero si dejo de ‘chaquetearlo’ antes de que él dé la instrucción, su miembro vuelve a la flacidez inicial como si perdiera su encantamiento.

Mauricio tiene unos aguacates inmensos. Cuando lo veo pienso en una grúa con dos llantotas y una pala larga y pesada a la que, por razones de hidráulica, le cuesta levantarse. Está bendito con una piezota tremenda. No gigantesca, pero sí más grande que el promedio. Eso sí, es gruesa, venuda y, como dije, cuando logra levantarse tiene un magnífico desempeño.

Mauricio transpira. Gotas gruesas de sudor ruedan por su pecho hasta su abdomen. Tendrá, según mis cálculos, unos 55 años. Un prominente ombligo brota del medio de su barriga como la panza de un lobo. Es bastante peludo de cuerpo entero. Está cubierto de vellos negros y grisáceos que combinan con los matices en su cabellera. Usa gafas gruesas  que le dan un estilo hipster,  que no cuadra con sus modales más bien discretos. Lo normal sería que se las quitara, pero asegura que sin ellas no vería ni la punta de su nariz.

—Y esto quiero verlo en alta definición, con lujo de detalles —me asegura siempre.

Tengo muchos clientes que cogen con los lentes puestos. Se quitan hasta los calcetines, pero las gafas nunca. Se entiende, no pagas un boleto para no ver el espectáculo.

Apoya su mano en mi hombro, acaricia mi cabello, pellizca mis senos, atrapa entre sus dedos mis pezones, que se endurecen al tacto. Comienza a surtir efecto. No tiene punto resistirse. Sabiéndose perdido, me mira a los ojos y asiente. Entonces despliega sus párpados y entra en el ensimismamiento de siempre para que yo proceda a llevarme su enorme pieza viril a la boca.

—Ooooh —gime Mauricio derretido, pero ya durito en mi boca.

Lo siento expandirse y crecer en mi paladar. Le hago circulitos en la punta que recubre el condón. Es grueso y venoso y puedo detallar todas sus texturas. Lamo todo el aparataje, desde la cabeza, pasando por el tallo, hasta la base.

—Estoy listo, Lulú, estoy más que listo   —dice de pronto, con voz libidinosa.

Me arrodillo en la cama y beso su abdomen,  pecho,  cuello. En 2010, lo operaron de una apendicitis y todavía se le ve la cicatriz. Me deleito con el recorrido por el mapa de su cuerpo desnudo. Me siento satisfecha recorriendo cada rincón de su anatomía antes de dejarlo que se clave en la mía.

Él también sabe transitar por mis curvas. Me mordisquea los huesitos de la cadera, me lame el vientre y me llena de besos a medida que se acuesta sobre mí. Acaricia mis nalgas, mis 

muslos, mis piernas. Alza mi cuerpo con sus manos potentes. Su sudor se mezcla con el mío.   Su erección es enorme, parece un obelisco.

Abro bien las piernas, las levanto y las apoyo en sus hombros. Él reposa su peso mientras va penetrándome tramo a tramo, insertando cada glorioso centímetro de su garrotote. Por poco me siento atarugada con semejante pieza dentro de mí. Mojadita, mi vagina le hace espacio.   Es mío, pero yo también soy suya.   Siento que la cama tiembla. Me estremezco con su emoción súbita. 

Revienta a chorros, gritando, gimiendo y gruñendo con la cara amarrada en un gesto que parece dolor, pero en realidad es el más alto punto del placer. Cuando abre los ojos, se da cuenta de lo que ha pasado.   La cama es un torbellino de sábanas, ropa y fluidos corporales.   Valió la pena.

Hasta el martes,

Lulú Petite

 

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