“¿Un masaje?”, por Lulú Petite

Lulú Petite
05/05/2015 - 03:00

Querido diario: -¿Y por qué no?-bueno, era un argumento relativamente sólido. ¿Cómo negarme a un masaje? René, mi cliente, esbozó una sonrisa lobuna, sabiéndose ganador de aquella brevísima discusión. Me invitó con un gesto a la cama, así que me quité la poca ropa que aún me quedaba encima, con él calentándose las manos y mirándome de una manera bastante lasciva, y me recosté boca abajo.

René es un hombre alto y delgado, con una musculatura bien marcada, pero de esas que se notan trabajadas al aire libre, corriendo, haciendo lagartijas, abdominales, bicicleta y esas cosas, no en un gimnasio. Tiene el cabello corto, la piel oscura, las manos suaves y una profunda mirada de ojos negros en los que cabe el infinito.

Después de pagarme me dio un beso en los labios. Sabía a menta. Sus manos se pasearon por mi espalda acariciando con suavidad hasta llegar a mis nalgas. El beso, delicioso, subía de intensidad, cuando tomó entre su índice y pulgar el cierre de mi vestido y lo bajó despacio. Yo me moví un poco, serpenteando el cuerpo, y el vestido cayó al suelo. Supuse que en ese momento me aventaría a la cama y me pondría un cogidón bárbaro, pero fue cuando lanzó la sorpresiva pregunta.

-¿Te puedo dar un masaje?

No es que me moleste, al contrario, pero me extraña. La mayoría de los clientes quieren coger y, probablemente después, piden que yo les dé un masaje, pero que antes de coger él me lo dé a mí, es de lo más inusual, por eso pregunté, más para confirmar que cómo duda:

-¿Un masaje?

-¿Y por qué no? Con una respuesta así de lapidaria no podía menos que quitarme la ropa y dejarme hacer.

En ropa interior, se colocó sobre mí. Su erección se frotaba a través de la fina tela contra mis glúteos, casi entrando entre ellos, y entonces sus manos empezaron a bailar por mi espalda.

Gemí casi de inmediato. René es muy bueno con las manos, y prácticamente me estaba derritiendo con la forma en que, poco a poco, iba relajando y masajeando mi cuerpo. Se sentía riquísimo. Entonces, le noté bajar. Se deslizó para dejar paso a sus manos, que bordeaban ya la parte baja de mi espalda. Suspiré de satisfacción y lo interpretó como luz verde.

Bien calientes, las manos rodearon mis nalgas y las apretaron con lujuria. El masaje continuó; notaba ocasionalmente sus dedos caer por el hueco entre mis piernas, casi rozando mi vulva, sin llegar nunca a tocarla pero magreando sin mesura demasiado cerca de ella. No tienes idea cómo puede eso calentarme. Me moría por que me metiera mano sin piedad pero, en vez de eso, siguió bajando, relajando la parte de atrás de mis muslos, la cara interna de mis rodillas, mis pantorrillas, mis músculos cediendo bajo su experta técnica.

Llegó a los pies, y cerré los ojos. Me tenía a punto de caramelo. Sus dedos me masajearon la planta de los pies, transmitiendo un dulce cosquilleo por todo mi ser. Entonces, sentí una caliente humedad en la punta del dedo gordo y, sorprendida, me volteé a mirar.

Con sus oscuros ojos fijos en mí, mi guapísimo cliente me estaba besando el pie derecho. Abrió la boca, y sentí su lengua húmeda y ardiente recrearse en los otros cuatro dedos. La sensación era indescriptible. Mientras continuaba con las caricias, deshaciendo a pasitos toda la tensión de un día entero andando de aquí para allá con tacones, sus labios me tanteaban, delicados a veces como el tacto de una pluma, pasionales como un francés, con esa lengua como fuego que me hacía sentir como si pisara carbones al rojo, mil veces más erótico.

Ni me di cuenta de en qué momento empezó a ocuparse de ambos pies; estaba demasiado perdida en las sensaciones como para estar atenta a qué estaba pasando exactamente. Debí de pedir en voz alta que me cogiera de una vez, porque cuando dio un último beso húmedo y se levantó, con el miembro bien duro bajo sus bóxer. Estaba claro que esa era su intención, sentí escalofríos al saber que ya me la iba a meter y sentí cómo un hilo de agua corrió por la parte interna de mis muslos lubricándome el deseo.

Tomó del tocador uno de los condones que había dispuesto para el servicio, lo abrió con destreza con sus dedos mágicos y, tras quitarse los calzones, se los puso en su enorme y delicioso miembro erecto, puso las manos bajo mi vientre y me levantó con fuerza las nalgas, dejándome de rodillas, con los senos y la cara contra el colchón y mi trasero levantado, ofreciéndole mi sexo hinchado de deseo, palpitante, empapado.

Me penetró despacio, tomando cuidado de no hacerme daño, pero yo ya lo quería tener todo dentro. Se sintió sabroso, y cuando tras unos segundos de prueba nos sincronizamos en un ritmo fluido, con sus manos aferrando mi cintura para montarme rico, el regustito se convirtió al fin en el alivio que buscaba para mi calentura. Él, como yo, llevaba ya rato más que listo. Al minuto ya gemíamos.

En nada ya estábamos al borde del clímax, dándole durísimo. Frotándome el clítoris con una mano para que yo terminara con él, se vino apenas sintió los espasmos de mi orgasmo en torno a sí.

Fue una delicia. Lo juro.

Hasta el jueves

Lulú Petite

 

 

 

 

 

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