“Los veintitrés”, por Lulú Petite

Lulú recuerda una experiencia muy peculiar en una cita
Lulú Petite
05/03/2015 - 03:00

Querido diario: ¿Alguna vez has visto un pene de más de veinte centímetros? Veintitrés, para ser exacta. Es colosal. Para que te hagas una idea, es más o menos la distancia de mi vagina a mi ombligo. Digo, si el promedio anda en los quince centímetros ¿Quién en su sano juicio puede meterse tamaña cosota?

El día amaneció frío y medio nublado. Me desperté con poco ánimo de salir de las cobijas. Cerré los ojos y me volví a dormir. Era sábado y el viernes salí a pachanguear.

Cuando sonó el teléfono ya eran más de las diez de la mañana, el sol entraba por mi ventana y el frío de hacía unas horas se había convertido en el calor pesado de estos últimos días, con sus cambios bruscos de temperatura.

—¡Hola! Atendí al teléfono.

—Hola Lulú, me llamo Paco ¿Podemos vernos hoy?

—Claro, ¿a qué hora?

—Tengo el día libre, si puedes ahorita voy rumbo al motel.

—¿Ahorita? No, pues ahorita no puedo. Me tardaría.

No me gusta mentir, si no estoy lista y me voy a tardar mejor lo advierto desde la llamada y, francamente, necesitaba un baño, una despabilada y una chaineada antes de salir a trabajar.

—¿Qué tal a la una de la tarde en el Villas? Preguntó Paco.

—Ok, me parece bien.

—Entonces marco para confirmar el número de habitación, nos vemos al rato.

—Sale, nos vemos.

—Bye.

Salí de mi habitación arrastrando las pantuflas como en esos comerciales de jabón verde que, según la publicidad, funcionan como si fueran un coctel untable de taurina y anfetaminas. Ciertamente, apenas me cayó el chorro de agua caliente en el cráneo, la cruda comenzó a irse por la coladera y salí de la ducha como nueva, casi cantando: “devuelve a la vida, porque sí limpia, sí limpia y refresca”. La neta es que, más que el jabón, siempre he tenido crudas fáciles de apaciguar.

Desayuné y me arreglé para mi cita. Cuando se acercaba la hora estaba perfectamente maquillada y con un bonito vestido, escote coqueto y hombros descubiertos, tacones de aguja y lentes obscuros, para que el sol no hiciera volver la cruda que tan eficientemente había conjurado.

Según leí en alguna revista, el pene (humano) más grande del mundo mide treinta y tres centímetros y cuelga de un gringo que se llama Jonah Falcon.

Es tan grande esa cosa, y esta es una historia real, que hace unos años Jonah fue detenido en el aeropuerto internacional de San Francisco porque la policía consideró que su "bulto —entre las piernas— resultaba misterioso. Sorpresa y risa causó cuando al tocarlo y revisarlo confirmaron que el sospechoso “paquete” no era droga, armas ni una bomba, sino simplemente su “paquete”.

Me disculparán, pero ese tipo es un caballo o un tripié. La cavidad vaginal promedio está preparada para un pene promedio. Ni más grande ni más chico.

Claro, la vagina es elástica, si por allí puede salir un bebé de unos 50 centímetros y tres kilos de peso, qué le va a hacer un pito, por grande que sea, pero no es lo mismo lo que sale que lo que entra y, bueno, venden buenos lubricantes para el sexo, pero nunca he visto epidurales marca Sico.

Definitivamente: ¡No! Para quien dice que el tamaño no importa, lo digo categóricamente: ¡Miente! El tamaño importa. A nadie le gusta un pene tan chiquito que no se sienta ni tan grande que no entre. Claro, un pene chico, pero rinconero puede hacer orgasmos deliciosos y un pene grande siempre provoca entusiasmo o morbo, pero a decir verdad es preferible un miembro de buen tamaño, pero que sea más el placer que el dolor. Esa es la clave del asunto.

Resulta que Paco, el cliente de la una en el Villas, calza grande. Corrijo, si en tamaños de calzado se midieran estas cosas, Paco tendría que ser un hobbit o necesitaría zapatos de payaso. Él dice que son veintitrés centímetros. No llevo una regla a mis citas, pero fácil los tenía. Aún flácido es un pene más grande que el promedio ya parado.

—¡Eso no me va a entrar! Le expliqué aterrorizada y haciendo bizcos. —Vengo a trabajar, no a que me empalen,  me imaginé como parte de una brocheta.

Afortunadamente Paco la tiene larga, larguísima, pero no tan gruesa. Al final alcanzamos un acuerdo razonable. Me la metió despacito, con cuidado y no toda, nomás hasta donde se pudo. Igual estábamos cogiendo no buscando petróleo.

Me hizo el amor con paciencia, con sus manos me acarició el cuerpo, apretó con entusiasmo mis senos y, entre besos apasionados y cadenciosos, me la fue metiendo poco a poco hasta que le pedí clemencia, entonces la sacó un poco y empezó a moverse a buen ritmo sin ir más a fondo de dónde le había marcado límite o, al menos, no lo sentí porque poco a poco, con el vaivén de su cuerpo, la fricción y sus labios en los míos, comencé a excitarme.

El cuerpo es caprichoso y el sexo versátil, para cuando me di cuenta ya me estaban entrando toditos los veintitrés centímetros de Paco. El truco fue la paciencia y la maña, me colgué de su cuello, le di un beso y lo dejé seguir hasta que vació su deseo en el condón y, durante un maravilloso orgasmo compartido, nos perdimos en nuestros labios.

Hasta el martes

Lulú Petite

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