“¡Si supieras!” Por Lulú Petite

Lulú siente una gran atracción por un hombre que la toca, pero no la hace suya
Lulú Petite
04/12/2014 - 03:00

Querido diario. Te voy a hacer una confesión que me perturba. Soy escort, eso significa que tengo bastante sexo. Mucho más del que tiene una mujer (o un hombre) promedio. Aun así, hay veces que quiero más. 

No me malinterpretes, no es que sea una especie de ninfómana con un apetito sexual insaciable. Lo que sucede es que me he acostumbrado tanto a mi cuota diaria de cama que, cuando por alguna causa no la tengo, como que algo me hace falta. Me pongo caliente a mil y necesito un orgasmo. Entonces echo a volar la imaginación. 

 

Supongo que es normal, todo mundo fantasea. He leído que el órgano sexual más importante es el cerebro. Lo entiendo bien, lo he experimentado. El cerebro produce las sustancias químicas que provocan el deseo, hace que imagines cosas, que te pongas cachonda y te prepares para la cópula y para el amor. 

 

Es el cerebro el que hace que mi sexo lubrique y que el suyo se ponga duro. Es el cerebro el que lo vuelve todo dulce y delicioso, el que te hace disfrutar las caricias, el que libera las sustancias mágicas, parecidas a una droga, que te incendian de un placer cuando alcanzas el orgasmo. Todo en el sexo, incluyendo el amor, depende de la química y física que controla el cerebro, es el director de la orquesta, el dueño del timón, el mandamás, el alquimista. 

 

Por eso respeto mucho mis fantasías. Estoy convencida de que es el cerebro pidiéndome algo. Por eso les doy rienda suelta y me masturbo tanto como mis ganas lo piden. El caso es que (y he aquí la parte perturbadora) de un tiempo para acá no he podido evitar tener las más eróticas fantasías, nada más y nada menos que con mi ginecólogo. 

 

Te platico: Mi doctor es un tipo de lo más especial. Guapo, inteligente, agradable, profesional y muy varonil. Huele delicioso y tiene una voz que ¡carajo! Hace que me moje nada más de oírla. Tengo una debilidad tremenda con los timbres de voz, como si ciertas cuerdas bucales tuvieran liga directa con mi clítoris. 

 

El caso es que es el tipo de hombre que, en cualquier otra circunstancia, no dudaría un segundo en coquetearle. En lanzarle todas mis armas de seducción para llevármelo a la cama. 

 

Pero… ¿Cómo puedes coquetear con un hombre que, sin siquiera un beso, cada determinado tiempo se mete hasta lo más profundo de mi intimidad? 

 

¿Es raro que eso me caliente? Él es muy respetuoso y jamás ha hecho ni siquiera el más sutil comentario que se pueda interpretar como coqueteo, pero me es imposible estar con él y no sentir que me brinca el pecho y se me enloquece el deseo. 

 

Ir al consultorio me emociona. Me arreglo como si fuera de fiesta, discreta, pero bien maquillada y perfumada, con la ropa más linda que tengo, zapatillas, lencería bonita. Desde luego, lavo escrupulosamente mis partes íntimas. En la sala de espera, mi cerebro comienza a imaginar cosas ¿Qué tanto es tantito? ¿Y si le me le lanzo? ¿Y si lo invito a salir? ¿Y si aquí mismo? Me muerdo los labios y se me enrojecen las mejillas sólo de imaginar que me hace el amor en su consultorio, mientras otras pacientes esperan su turno (de consulta, claro). Sé que eso no ha de pasar, el tipo es más serio que un tratado de matemáticas, pero no puedo evitar desearlo. 

 

Cuando al fin es mi turno, me tiemblan las piernitas. No estoy acostumbrada a desear a un hombre que no puedo tener. Creo que eso me enerva más y me pone más caliente. Cuando me preparo para la auscultación de rutina, generalmente mi deseo es mucho. 

 

Busco siempre el pretexto para pedirle que primero me examine los senos (Claro, según yo para asegurarnos de que no hay anomalías). Él lo hace con mucha diligencia, sin inmutarse, pero tenerlo allí tan cerca, sentir su olor y sus manos, bajo los guantes, tocando mis pechos que son tan sensibles, no sabes cómo me pone. 

 

Me acomodo en la cama y él hace su rutina entre mis piernas con absoluta frialdad técnica, sin embargo, apenas me empieza a tocar me es imposible no moverme, apretar los muslos, suspirar, calentarme, supongo que hasta lubricar. Él con toda la seriedad me exige en tono enérgico que no me mueva. 

 

Me es imposible no reaccionar cuando vengo tan cargada de deseo, cuando sólo pienso en quitarle la ropa y rogarle que me posea. Te juro que me es imposible evitar gemir cuando me mete el espéculo. A él eso le enoja y se apura lo más posible a terminar su revisión. Para cuando acaba el tacto estoy tan caliente que encantada caería sobre mis rodillas y se la chuparía nomás para que se animara a seguir. 

 

Pero él regresa a su escritorio, espera mudo a que termine de vestirme y hasta entonces comienza a decirme que ha encontrado todo bien, que haga esto o aquello y programa fecha para la próxima visita. 

 

Yo me voy con las ganas a mil y sudando frío, esperando urgentemente la llamada de algún cliente, el que sea, alguien con un pene que me saque a salvajes embestidas las ganas que mi ginecólogo me deja siempre entre las piernas ¡Ay doctoricto! Si supieras… 

 

Hasta el martesLulú Petite 

 

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