“El verde” Por Lulú Petite

Lulú se lleva un gran recuerdo de su viaje al estado de San Luis Potosí
Lulú Petite
04/09/2014 - 03:00

Querido diario: 

En los recorridos que hago, la mayor parte de México, especialmente en agosto se caracteriza por su color. México es principalmente verde. En los campos de Guanajuato, en las cordilleras de Michoacán, en el calor de Veracruz, en los caminos a Toluca o en la industriosa Puebla, el verde es siempre nuestra alfombra nacional. Hasta que llegas a San Luis. Allí la tierra es tierra, el clima es seco, el verde es poco, hace calor, mucho calor. De pronto, te recibe una ciudad de cantera, con gente amable y de un exquisito lujo colonial, austero y mágico, pero no verde.

Allí lo conocí. Un hombre salvajemente exquisito, muy grande, fuertote, bronceado y peludo, con un gesto que atemoriza un poco al principio y una voz profunda y potente. Macho cumplidor al más puro estilo de un vaquero de películas de Mario Almada.

Cuando me saludó, lo hizo de forma educada, preguntándome cosas de rutina, pero no retrasó mucho lo que nos llevó al hotel. Apenas dejé mi bolso me jaló para darme un apasionado beso.

Caímos enredados sobre la cama, quitándonos la ropa a toda velocidad mientras manteníamos el beso en la medida de lo posible. Me mordió suavemente el labio inferior, y gemimos los dos. Los sonidos, mezclados de forma tan íntima, taladraban deliciosamente bien mis tímpanos.

Acariciándome entera con sus rudas manos, me sacó la ropa interior y sus gruesos labios empezaron a bajar por mi cuello, mimando, lamiendo, chupando mi piel en una tentativa de dejar marca. Llevé mi mano a su erección, firme a través del calzón, y la empecé a palpar.

Me acarició un seno, haciendo círculos con el dedo alrededor de mi pezón hasta que estuvo durito como una piedra. Mientras tanto, el otro sufría la tortura que suponía tener su lengua jugueteando con él. Emití un quejido, porque lo tenía tan erecto que me dolía. Él, ni tardo ni perezoso, deslizó los dientes por la superficie, haciéndome estremecer, y prosiguió su camino hacia abajo, lamiendo el sudor de mi tenso vientre. Entonces, se detuvo.

Capté la señal y me erguí. Cambiamos posiciones, y me acerqué a su entrepierna, quitando del camino la última prenda que nos separaba. Su pene saltó, y de inmediato lo agarré, le puse el preservativo y me metí el glande en la boca. Él jadeó, sorprendido.

Tardé en comérmelo entero, achispando la cosa con juegos de la lengua. Así y todo, estaba casi más excitada que él. Él se había pasado todo ese tiempo expresando con sus cuerdas vocales lo mucho que le gustaban mis cariños, y me estaba poniendo muy, muy caliente. Hice vibrar mi garganta mientras movía mi cabeza adelante y atrás, y miré hacia arriba; tenía los ojos cerrados y una mueca muda de puro placer. Su miembro palpitaba. Me echaba atrás en ocasiones hasta llegar a tener el glande fuera de la boca. A veces, juguetona, besaba la punta antes de volver a acogerlo en mi boca, tan profundo que mi nariz no me dejaba ir más allá, y mientras, él no dejaba ni un segundo de emitir sonidos. A veces jadeos, a veces gemidos, que me hacían competir conmigo misma a ver cuántos distintos podía sacarle, y qué tan alto podía llegar.

Vocalizando como pudo, me pidió cambiar puestos, así que me despedí de su miembro con un par de caricias más y me tendí en la cama con las piernas abiertas. No me quitaba los ojos de encima, y cuando por fin se decidió a darme una lamida casi tímida, gemí sin poder controlarlo. Llevaba demasiado esperando a que me prestara atención, y entonces, jadeando dentro de mí, empezó a acariciarme con su lengua de tal forma que le monté ahí mismo una ópera de gemidos. No iba a durar demasiado si seguía así, así que le hice subir conmigo. Me abrazó, rodando conmigo desnudos en la cama, y me dio un tierno beso mientras su erección golpeaba mi vientre.

Sonriendo, la coloqué entre mis piernas, de forma que con sus movimientos de cadera pudiera a la vez provocar fricción entre mis muslos y estimular mi clítoris. 

—Dale, murmuré, y obedeció enseguida. Besándome, lamiéndome, mordiéndome el lóbulo de la oreja, la punta de la lengua, acariciando mi espalda y mi trasero, apretando mis nalgas, nos acomodamos a un ritmo veloz, eficaz.

Su miembro se arqueaba deliciosamente hacia arriba, sin perderse ninguna parte de mi piel, y metiéndose entre mis labios inferiores tan osadamente como su lengua lo hacía en los superiores, torturándolos. Después de esto, no me haría falta ningún pintalabios.

Gimiendo los dos de placer, aceleramos, golpeando nuestras caderas entre sí. Entonces me vine. Eché la cabeza hacia atrás, con un grito y una lágrima cayéndome por la sien. Él también se vino, con un ruido acallado en el fondo de su garganta y amortiguado contra el arco de mi cuello.

Continuamos el vaivén para prolongar dentro de lo posible el éxtasis mutuo de un orgasmo que me dejó un recuerdo lo bastante bueno como para rescatarlo más tarde, a solas mirando un paisaje dorado en el cielo y en la tierra y repensar: ¡Demonios! ¿A quién le importa el verde?

Un beso

Lulú Petite

 

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