Camioneta gris: Lulú Petite

Lulú recuerda un singular y divertido encuentro para conmemorar las 500 historias que ha compartido con los lectores de El Gráfico
04/08/2015 - 05:00

Querido diario:

Toc, toc, toc. Desde que abre la puerta comienza a comerme entera. Un beso apasionado en los labios, pasando sus manos por mi espalda y bajándolas despacio. Esas manos de tacto tibio invadiendo mi cuerpo, apretando mis nalgas con lujuria traviesa. Hago la cabeza hacia atrás ofreciéndole el cuello, donde me clava un beso delicioso que va bajando por el trapecio de mis hombros. Mientras con una mano masajea mis senos, con la otra, firmemente, me jala hacia su cuerpo. Siento la erección bajo su pantalón, pegada a mi vientre y gimo, imaginando lo que viene.

No es la primera vez que nos vemos. Lo conocí hace unos meses y, afortunadamente, me ha llamado varias veces desde entonces. Me gusta su compañía, es un estupendo conversador y coge delicioso.

Bajo el vestido llevo bonita lencería. Él quiere verla. Me baja el cierre del vestido dándome un beso justo en el huesito donde el cuello se convierte en espalda. Jala ligeramente mi vestido por los hombros y cae al suelo, siento unas cosquillas deliciosas que me provocan escalofríos. Se queda de pie a unos metros, con sus nalgas pegadas al tocador. Yo estoy junto a la ventana, semidesnuda. Mirándolo.

Es guapo. Tiene treinta y cinco años, es moreno claro, de cabello negro buen recortado, es delgado, alto, sus brazos son fuertes y su mirada firme, pero con cierta coquetería que le da un toque especial de lujuria. La primera vez que nos vimos yo iba de mal humor por culpa de una señora en una camioneta gris que casi me hace chocar cuando se me metió al cambiarse de carril sin siquiera usar el retrovisor. Le toqué el claxon y ella respondió mostrándome su dedo medio. Tenía que llegar a mi cita, así que en la siguiente esquina di vuelta a la derecha y ella siguió, poniendo a la gente en peligro con su torpeza al volante. Cuando llegué con él, le conté lo sucedido, más como catarsis que para hacer plática, pero él se portó lindísimo y me quitó el mal humor con una bonita conversación y una cogida fabulosa. Terminé con las patitas temblorosas, como Bambi. Saliendo del motel, en la lateral de Viaducto, volví a ver a la mujer de la camioneta gris. Atrás de ella había una patrulla de tránsito. No sé qué habrá hecho, pero seguramente se habría ganado su multa. -¡Bendito karma!- Pensé y no pude aguantar las ganas de marcarle al cliente y contarle lo sucedido, le dio muchísima risa y le sorprendió que le llamara para contarle, pero ese fue el motivo para que una cita como cualquier otra se convirtiera en la primera de muchas, que nos hiciéramos amigos, además de ser un fantástico cliente.

Me acerqué a él, en lencería y, ofreciéndomele de espaldas, rocé mi culo contra su sexo, ya durísimo, pero aún guardado bajo el pantalón. Él se dejó querer, no movió más músculos que el de su cuello, clavando su cara en mi cabellera y aspirando profundamente el perfume de mi pelo. Restregué mis nalgas en su pantalón, él puso sus manos en mi vientre y las fue subiendo hasta mis senos, cuando llegó a ellos yo volteé y, mirándolo a los ojos, le pedí un beso sin decir palabra. Me di vuelta y nos volvimos a besar, mucho más apasionadamente, él chasqueó los dedos en mi espalda y con habilidad liberó el sujetador. Sentí su lengua jugar con la mía cuando zafé la hebilla de su cinturón, él me ayudó a desabotonarse, yo le bajé la cremallera, mientras él lamía mis pezones con sus manos apretándome las nalgas.

Se desnudó y caminamos a la cama. Él se acostó de espaldas y yo me puse en cuatro sobre él, mis senos rozaban su pecho, mi cabello caía sobre su cara y nos besábamos apasionadamente, metí mi mano entre mis piernas y comencé a jalar su sexo, enorme, caliente. Él correspondió acariciándome la vulva, recogiendo con sus dedos la humedad con la que ya me estaba inundando el deseo.

Me senté entre sus piernas, con los muslos trenzados y seguí jalándole el miembro antes de ponerle un preservativo y comenzar a chupárselo.

-Siéntate en mi cara- Me dijo de pronto. Así lo hice. Agarrada a la cabecera de la cama, con la espalda hacia la pared y la vista al espejo del tocador, me puse de rodillas sobre su cara, sin apoyarme pero dejando mi sexo al alcance pleno de su lengua. Él puso las manos en mis muslos y comenzó a lamer.

Recargué mis manos en su pecho, gimiendo y retorciéndome hasta que la lujuria y la fuerza de gravedad me hicieron arquearme por completo y llevarme su miembro a mi boca, chupándoselo en un perfecto sesenta y nueve. Era delicioso sentir la firmeza de su falo hundiéndose en mi garganta y la suavidad de su lengua provocándome delirios entre las piernas. Hicimos el amor tan deliciosamente, que la hora pasó volando y nos quedamos más tiempo disfrutando simplemente de estar juntos.

Disfruto estar con él. Su forma de ser, su conversación, su risa, sus manos. Disfruto cómo me ve y cómo me toca, sentir su aliento fresco en mi boca, su sexo penetrándome, su mirada desnudándome. Disfruto estar con él y que me llame. No puedo negarlo. Tiene su encanto éste, mi oficio y debo agradecerle a la ñora de la camioneta gris.

Con esta son quinientas ya las historias que he podido compartir contigo en El Gráfico. Estoy feliz, esperando que vengan más y agradecida de todo corazón. Contigo, por prestarme tus ojos y con El Gráfico por dejarme llegar a ellos. Sigamos haciéndonos el amor. Imaginar es vivir.

Un beso

Lulú Petite

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