Me eché al gemelo

"Sus manos me apretaban cada vez más fuerte a medida que me lo hacía llegar más adentro, inyectándome cada centímetro"
Lulú Petite
04/01/2018 - 05:18

Querido diario: Para guardar su identidad, vamos a suponer que se llama César. Es un cliente entrañable. Lo veo desde hace mucho. Al principio, nos veíamos muy seguido, luego los encuentros se fueron espaciando, pero al menos llama una o dos veces al año y hacemos de la cama el escenario de nuestras complicidades.

Es un joven profesionista guapetón y corpulento, usa una barba coqueta, tiene la mirada tierna, sonrisa franca, voz varonil y es macizo como roble. Un hombre imponente en todo sentido. Con porte y buena vibra. Me gustan sus manos. Ese par de manotas robustas y varoniles, con las que sabe tocarme de una forma deliciosa. Acostumbra pasar las fiestas de la temporada en familia y se reúnen después del brindis alrededor de una chimenea y conversan.

Siempre que me llama pasamos un rato sexual y humano delicioso. A decir verdad, pocas veces alguien me sorprende así como para dejarme perpleja. Él lo logró.

Como de costumbre, después de charlar, nos desvestimos y se sentó a mi lado en la cama. Entonces se aplicó en mis hombros, hundiendo sus dedos pulgares, presionando suave y cálidamente. Luego fue bajando por mi espalda, acariciando, deslizando sus palmas tibias por mi piel. Después se enfocó en mis nalgas y muslos, sobándolos y estimulándolos de una forma divina. En eso devolvió sus manos al centro de mi cuerpo y comenzó a coquetear con mi entrepierna, preparando, sin premuras, la pasión que se avecinaba. La piel se me erizo enterita y una sonrisa inevitable se formó en mi rostro. 

No tuve que esperar mucho para lo que deseaba. César me besó en el cuello, mientras yo le puse el condón. Me empujó suavemente boca abajo, apuntando su miembro entre mis piernas, apreté la sábana y alcé las nalgas arqueando la espalda. 

Se acomodó encima de mí, me agarró por la cadera y me penetró sin piedad, empujando su pene duro y grueso, haciendo chocar sus bolas llenitas contra mi vulva. Sus manos me atenazaban cada vez más fuerte a medida que me lo hacía llegar más adentro, inyectándome cada centímetro. A pesar de que es enorme, no es tosco ni un salvaje. Tiene el tacto de un caballero que sabe darte donde es. 

Me acomodé y me puse de perrito, abriendo las piernas y ofreciéndome toda. Arqueé la espalda y alcé las nalgas. Hundí la cara en la almohada y gemí. Lo sentí muy dentro, como si le creciera cada vez más. 

Estuvo cogiendo un buen rato. Dándome sin tregua, boca abajo, de perrito, misionero, de ladito, cabalgándolo. Su respiración agitada, sus manos robustas jalándome hacia él con cada arremetida, tensándose. Desde la última vez, había cambiado mucho su forma de hacer el amor. Generalmente, lo hacía con mucha pasión y sensualidad, pero terminaba en unos minutos, se duchaba y regresaba por un segundo round. Ahora no, toda la hora fue uno solo, tremendo, activo, agotador, fulminante. Era otro en la cama.  Apreté la sábana, haciendo un par de puños muy fuertes. Comencé a empujar hacia atrás, tragándome su cuerpo con el mío, meneándome para sentirlo más adentro. Entonces llegó el éxtasis. 

César me lo metió hasta la base y se quedó ahí, disparando su leche a borbotones, vaciándose por completo. Cuando finalmente nos relajamos, sacó el condón llenito. Nos acostamos lado a lado, exhaustos.

—Algo pasó contigo —Dije en un arrebato de franqueza —Ha cambiado mucho tu forma de hacer el amor.

—¿Cómo sabes? —Respondió

—Pues porque lo he notado, has estado distinto que siempre César—Dije.

—¿César? Creo que me estás confundiendo. Mi nombre es Luis. César es mi hermano. Somos gemelos— Respondió. 

Ciertamente. César tiene un lunar que Luis no, por lo demás son idénticos. Hablan igual, actúan igual, son igual de tiernos, pero cogen muy diferente. Platicamos largo rato, sobre él y sobre su hermano, sobre la casualidad, Luis no sabía que César es mi cliente, pero todo cuadraba perfectamente. Le hablé de la casa, la chimenea, las cenas familiares. Qué chico es el mundo y qué grandes las coincidencias.

Hasta el martes, Lulú Petite

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