Gimnasio

Lulú busca olvidar el enojo que le provocaron las fallas arbitrales del Mundial y encuentra un galán que echa a volar su imaginación
Lulú Petite
03/07/2014 - 03:00

Querido Diario:

Hacía semanas que no pisaba el gimnasio. Cuando me llegó la cuenta era una de dos: dejaba de pagarlo o comenzaba a usarlo. En esas estaba cuando entre las trampas y pifias arbitrales, a tres minutos de la gloria, nos volvieron a sacar de la forma más irritante posible, así que por mí, el mundial de Brasil se podía ir directito al carajo. Me olvidé de los próximos partidos y decidí que el lunes volvería al gimnasio.

Llegué temprano. Me gustó reconocer el lugar: su olor a limpio, las paredes blancas, el piso de madera, los espejos y los aparatos perfectamente ordenados.

La recepcionista sonriente me dio la bienvenida como quien reconoce a la oveja descarriada. En la entrada, una mujer de edad incalculable por las cirugías, hacía abdominales que provocaban que una vena en su frente pareciera dispuesta a estallar. Su blusa azul de cuello en V apretaba unos perfectos silicones grandes y redondos. Seguramente tiene más de cincuenta años, pero a decir verdad se ve muy bien. El bisturí le ha funcionado de maravilla. Me paré a un lado de la caminadora, puse mi toalla en el pasamano, mi botella de agua en el portavasos y la programé.

Oprimí el botón de start, se encendieron las luces, me puse los audífonos y comencé a correr al ritmo de música de Beyoncé. Al principio estaba sola en la sala de caminadoras, pero poco a poco fueron llegando más personas. Todos nos conocemos de vista, pero apenas nos saludamos con gestos casi corteses, encerrados en las burbujas musicales de nuestros respectivos audífonos.

De pronto, entró un tipo de unos cuarenta años. El cuerpo más precioso que puedas imaginarte, unos labios carnosos y un bulto en el pantalón que de inmediato me hizo imaginarlo en cueros.

Comencé a correr tratando dar una buena impresión a ese hombre hermoso que, imaginaba mirándome. Para acabarla de complicar, eligió una maquina dos hileras detrás de la mía, de modo que él podía verme las nalgas a su antojo sin que yo tuviera oportunidad de mirarlo a no ser buscando el ángulo correcto en los espejos de la sala de aparatos. ¡Carajo! ¿Por qué no le ponen retrovisores a las caminadoras.

El sentirme observada por ese hombre me encendió. Como de plano no podía verlo, cerré los ojos y me imaginé en sus manos, con su pecho desnudo y acariciando ese bulto en su pantalón. Lo imaginé creciendo y llevándomelo a la boca, chupándolo hasta dejarlo seco.

Abrí los ojos cuando la máquina comenzó a bajar de velocidad, el ciclo que había programado estaba terminando. Cuando bajé, volteé lo más discretamente posible y me encontré con su mirada fija. Nuestros ojos se cruzaron y él me sonrió. No sé si era una mueca insolente, como de vanidad satisfecha o un genuino saludo. Yo, seguramente sonrojada, desvié la mirada, tomé mi toalla y me fui lo más rápido posible al aparato para hacer abdominales.

Estaba en la abominable treinta y tantos, cuando sentí una sombra a un lado. Abrí los ojos y era él, con mi botella de agua en la mano.

—La olvidaste, me dijo con su sonrisa infinitamente coqueta. Me puse súper roja, y emboscada, sin tener a dónde huir.

—Gracias, contesté también sonriendo, fingiendo desinterés. Seguí con mis abdominales.

El resto de la hora nos perseguimos con la mirada. Entre espejos y esas ráfagas que te hacen voltear los ojos cuando te sientes observada, lo volví a imaginar desnudo, allí mismo en el gimnasio, con su pecho pleno y lampiño, me imaginé lamiéndole las tetillas, acariciando su abdomen, sintiendo el peso de sus piernas desnudas, limpias, sólidas, de muslos bronceados y grandes, apretados por el ejercicio. Me imaginé su sexo. Duro, enorme, con olor a jabón, el vello púbico recortado, imaginé que me lo llevaba a la boca, que recargaba mis manos en su estómago macizo, mi frente chocaba con su ombligo mientras yo devoraba su erección firme, enérgica, retadora.

Lo imaginé comiendo de mis pezones, cargándome en vilo, empalándome con furia, en el piso de madera, contra los espejos, en los aparatos. Imaginé sus labios, su boca, sus brazos, sus piernas. Cogiéndome con todo. Cuando la hora terminó estaba tan caliente que no podía soportarlo. No sabía si me atrevería, pero quería decirle que nos fuéramos de allí, que buscáramos un hotel, que me cogiera donde fuera pero ya.

Me lo encontré en la puerta, de la mano de aquella mujer de más de cincuenta con cirugías perfectas, vena saltona y pechos desbordados. Se veía bonita, aunque la diferencia de edades era notoria. Ella me sonrió, a modo de despedida, y besó en los labios a su hombre, como marcando territorio. Él de todos modos me dedicó una última mirada lujuriosa que, aunque me dejaba igual de frustrada, provocó que mi calentura se disparara aún más.

Fui a mi casa frustrada y decidida a usar mi juguetito de pilas para sacarme al Chamuco, pero en la puerta estaba esperándome para invitarme a desayunar mi amigo César. No pude más, no sé si la calentura, la sorpresa, lo que sea, pero lo vi hermoso, me paré de puntitas para saludarlo y le planté en los labios tremendo beso.

Hasta el martes

Lulú Petite

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