Date de santos

Lulú se olvida por un momento de su pena al recordar un candente episodio de su vida
Lulú Petite
03/04/2014 - 03:00

Querido diario: 

¿Quién me rompió el corazón? Ya no tiene relevancia. Sí, ya sé que el martes dije que me la pasé mal con un cliente porque ese día me habían roto el corazón.

Fue un pleito porque el caballero con el que andaba tuvo a bien ponerme unos cuernos tan bonitos y vistosos, que habría sido la estelar de una bonita corrida de domingo en la plaza México. Pero no fue ese el primer quebranto cardiaco de mi vida y estoy segura de que no he vivido el último. Claro, ya estoy más curtida, cuando tú vas por la leche, yo ya tengo los quesitos, cada vez está más difícil que me magullen el corazón, pero nadie es invulnerable al mal de amores.

Siempre ha sido un tema que me sorprende. Cómo, por ejemplo, la sociedad le da tanta importancia al día que te rompen el himen, pero que te rompan el corazón pase desapercibido, que a nadie le importe cuando uno tiene la moral por los suelos y el corazón chiquito y arrugado como ciruela pasa nomás porque alguien decidió jugar con tus sentimientos, hacerte de chivo los tamales. Creo que todos seríamos más felices si cuidáramos más los sentimientos que un pedacito insignificante de pellejo.

¿Que dónde perdí mi virginidad? No hombre, si yo no la perdí, sé muy bien dónde la dejé. Y mira que la malbaraté. Creo que ni siquiera la di por amor, fue pura calentura. Aclaro: quiero decir que no me dieron amor a cambio de mi virginidad, porque como buena niña ingenua, claro que yo estaba enamorada. Por supuesto que lo dejé desnudarme fantaseando en cuentos de hadas, lo cierto es que el recuerdo es desagradable: dolor, mentira y torpeza, supongo que por eso prefiero pensar que la virginidad está en la cabeza. La virtud no está en el himen, sino en el corazón, en tus sentimientos. En lo que haces frente a otros.

¿Que si alguna vez he tenido sexo frente a otros? Ya ves, no se puede hablar en serio contigo. Si quieres decir frente a otras personas, sí, muchas veces. Cuando trabajaba en la agencia y atendíamos fiestas el sexo lo teníamos donde fuera posible y enfrente de todos los demás. Ahora, si a lo que te refieres es si he tenido sexo en público, así yo cogiendo y ellos mirando, pues no. Eso no.

Bueno, una vez, y creo que eso sí cuenta como público, estaba en la sala de mi departamento viendo la televisión con un novio y nos pusimos cachondos.

Como la ventana que daba a la calle era enorme, me levanté a cerrar las cortinas, entonces lo vi. Entre las ventanas del edificio de enfrente había un hombre fisgoneando hacia mi casa. Invadiendo mi intimidad.

Lo sorprendente es que no me molestó. Al contrario, fingí no verlo y seguí con lo mío, sintiendo cómo el calor del deseo quemaba mi  cuerpo, haciéndome sentir en las entrañas la necesidad urgente de sentir a mi hombre dentro, de que me hiciera suya y cerrara, con broche de oro, ese espectáculo indecente que estábamos regalando al vecino metiche.

Por eso, en vez de correr las cortinas, sonreí y dejé al intruso vernos hacer lo que mejor se nos daba. Comencé entonces a desnudarme. Me quité la blusa, desabotoné mis jeans. Sin dejar de hacer frente al ventanal, solté el broche de mi sostén.

Caminé hacia mi novio despacio, sonriéndole con picardía. Al parecer él no entendía mi actitud entre apasionada y exhibicionista.

—¿No te has dado cuenta?, le pregunté.

—¿Cuenta de qué?

—De que tenemos público, respondí señalando con la mirada el edificio de enfrente. 

—¿Eso te excita?

—Me excitas tú, eso me divierte.

—Hagamos que valga la pena, me dijo poniéndose de pie y caminando hacia mí, me tomó por la cintura.

 

Entonces me empujó bruscamente contra el ventanal, con la cara contra la ventana; mis senos, mi vientre y mi mejilla quedaron pegados al cristal, sentí el frío del vidrio helándome la piel que ardía por el deseo, entonces me bajó la lencería de un tirón, la lanzó al piso y me penetró de golpe y a la vista de aquel desconocido, embarrándome de plano en el cristal, que empezaba a empañarse por el calor de mi respiración.

 Me cogió despacio y dimos un espectáculo soberbio. Cuando al fin vino mi orgasmo y casi inmediatamente después el de mi hombre, volteé a ver al intruso y sonriendo con descaro, le lancé un beso. Entonces sí, he tenido sexo en público.

 ¿Descarada? No, yo preferiría decir pícara, pero ¿en qué estaba? Ah, sí, que quién me había roto el corazón. No importa, mi vida, después de lo que te conté, date de santos que no me rompieron el cristal, porque santo ranazo que nos habríamos dado por exhibicionistas.

 

 Hasta el martes

Lulú Petite 

 

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