Sumar instantes

Para cuando le pongo el preservativo estoy tan caliente como él y le monto como una yegua desbocada, sintiendo su aparato firme taladrarme....
Lulú Petite
02/09/2014 - 03:00

Querido diario: 

Su cara es un resumen de años difíciles. Sus canas, arrugas, manchas y esa mueca imperturbable, entre dolor, tristeza, enojo o desinterés. Sus dientes no son blancos, no están derechos ni sonríen fácilmente. Su piel es gruesa, sus semblante sombrío.

Se quita la ropa sin ayuda, le gusta hacerlo solo, de su lado de la cama y siempre después de bajar la luz lo más posible. Lo justo apenas para poder ver entre sombras nuestras siluetas. Me deja a mí desnudarme al otro extremo, para que nos encontremos bajo las cobijas.

Su cuerpo presenta la factura que le ha cobrado los años. Es muy delgado, el pecho relajado, el esqueleto ligeramente encorvado. Se mete bajo las sábanas con prisa, no se siente cómodo ante el escrutinio de miradas ajenas, ni siquiera la de la mujer con quien ha de hacer el amor.

No se gusta. Se siente viejo e incómodo, quizá porque no se da cuenta de lo bien que sus manos saben tocar, de lo satisfactorio que es robarle una sonrisa, de esas que ofrece poco. No se da cuenta de lo atractiva que es su experiencia, su estabilidad, su historia.

Marcial no es viejo. Tiene 71 años. Créeme que he atendido caballeros mucho mayores. Luce acabado por un suceso que le cambió la vida: Hace años, en un mismo y terrible accidente perdió a su hija, a su esposa, a su yerno y a su nieta.

Dicen que la vida en esos casos pierde sentido. Marcial me ha contado que no habría encontrado fuerza para seguir, de no ser porque teniendo 53 años tuvo que hacerse cargo completamente de su nieto, un niño de diez años que había quedado en la orfandad y perdido también a su abuela y a su hermana.

Después de aquella tragedia, la cara del viudo comenzó a cambiar a triste y sombría. Apenas con la fuerza suficiente para sonreír frente a su nieto y, de vez en cuando, buscar conmigo o con colegas, un rato de cariño, un par de oídos, un hombro donde acomodar su sien, un cuerpo donde calentar sus manos, unos labios donde probar la vida, un sexo donde calmar el llamado de la naturaleza.

Marcial es mi cliente desde hace tiempo y, aunque habla poco, me ha ido contando a pedazos su historia. Es un buen hombre y hace el amor con dulzura. Una vez que, con todo ese protocolo de la timidez, nos metemos bajo la media luz de las sábanas, comienza a pasear sus manos por mi cuerpo, no sé si para calentarlas o para recordar la anatomía de un cuerpo joven. Recorrer sus cumbres y sus valles, como si fuera un paseo por una geografía conocida. Y esas manos de piel dura hacen maravillas. Logro casi de inmediato sentirme atraída hacia él y abrir mis piernas urgiendo su paso, disfrutar sus caricias, buscar su cuerpo y devolver los mimos.

Para cuando le pongo el preservativo estoy tan caliente como él y le monto como una yegua desbocada, sintiendo su aparato firme taladrarme las entrañas y provocarme intensas sensaciones. He tenido con él orgasmos magníficos y, te aseguro, él también ha disfrutado el éxtasis entre mis piernas.

Hoy, a media tormenta, después de que hicimos el amor se quedó mirando a la ventana, contra la cual chocaban las gotas de una lluvia escandalosa. No decía nada y su cabello se veía más blanco, su piel menos brillante y sus labios más temblorosos.

—Sabes hija,  me dijo, como diciéndoselo él mismo –Mi muchacho (su nieto) la próxima semana cumple dieciocho años. Según la Ley ya es un hombre, pero lo sigo viendo como un chamaco. Dice que está por conseguir una beca en España, para estudiar arte ¿quién vive de arte por Dios?, de cualquier forma se quiere ir y, cuando una cosa se le mete en la cabeza, no hay modo de sacársela.

Se quedó callado un rato. Mirando a la ventana de nuevo, hasta que dijo, de nuevo para sí: “Lo voy a echar de menos sabes. Hay una mujer a quien hace mucho quise. Tal vez ahora sea el momento ¿Tú crees que esté a tiempo? ¿Será bueno buscarla?”, agregó al fin mirándome a los ojos e hizo un largo silencio. Le dije que sí, le di todo el ánimo posible.

—Sabes hija, dijo de pronto, lo que te dé la vida, tómalo. Para bien o para mal, tómalo, no lo dejes pasar, pero sobre todo, disfrútalo. El momento es ahora y, créemelo, no durará siempre. Nunca desperdicies una oportunidad, ni gastes el tiempo en dudas. Disfruta mucho, especialmente a las personas que te rodean.

No pude evitar pensar en Mat. Platicamos mucho tiempo y fue delicioso. Terminé de conocer a un hombre de quien apenas sabía lo mínimo. Un hombre que se sentía invisible, viejo y triste. Un sabio que me hablaba del valor del tiempo y que dedicó el suyo a lo que consideró más importante.

Entonces hablamos de amor y de proyectos, de cómo para sentir fuego en las venas no hace falta tener el pecho firme, la cabellera negra y los brazos sólidos. Que la ternura está en el beso, no en los labios, que amar no es un sentimiento, sino una acción y que, los mejores años de una vida, son los que resultan de sumar los instantes que hicieron que valga la pena. Nos despedimos con la promesa de no volver a vernos y de buscar, cada cual, lo que sea necesario para ser felices. De eso debe tratar la vida ¿no?

Hasta el jueves

Lulú Petite

 

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