Se lo lavé para chuparlo

Su lengua describió piruetas en torno a mis pezones erectos, que se crispaban como toda mi piel ante sus arremetidas
Lulú Petite
02/06/2016 - 05:00

Querido diario: Siempre me han gustado los hombres limpiecitos. Con más de uno me he llevado el chasco: nos vemos en la habitación, están deseosos, casi listos y apenas se quitan la ropa y muestran el material, algo apesta.

Francamente es de mala educación aparecerse y querer cerrar el trato sin siquiera echarse un baño vaquero, ¿no? A algunos más que una duchita les hubiera venido bien una descontaminación en cuarentena o meterse de cuerpo entero a un autolavado con manguerazo y cepillada incluidos. No sé si con esto de las contingencias, a algunos les dé por sentirse a la moda trayendo los imecas en la piel. Lo siento, el Ecoloco podrá ser divertido, pero nunca sexy. Entonces, hábil y cordialmente, debo usar mis encantos y hacer de la experiencia lo más agradable posible.

Como con J.J. Se trata de un chilango al que he atendido un par de veces. Le gusta hablar un poco antes de entromparle al mete y saca, hacer caricias y besar muy rico. Luego se queda retozando muy tranquilo o agarra el control remoto, prende la tele y se pone a hablarme, mientras acaricia mi cuerpo desnudo. Todo bien hasta ahí, pero hace unos días me llamó, pidió una cita (que le di con todo gusto) y se apareció en muy precarias condiciones.

—Estaba jugando al futbol con mis amigos —me explicó, quitándose los calcetines largos, manchados de césped y tierra.

Lo recordaba como un austero y serio hombre de negocios. Discreto y siempre bien vestido, peinado y perfumado. Ahora tenía el cabello húmedo y picudo de sudor y había extendido la camiseta sobre el respaldo del sillón. Parecía un trapo mojado con el que habían limpiado toda la cancha. Volteé a verlo nuevamente. Palmeaba el colchón como invitándome a unírmele en aquel carnaval lodoso. Me daba un poco de desconcierto verlo así. Aventé la bolsa, me saqué los tacones y lo tomé por la mano.

—Levántate —le pedí dulcemente.

—¿Pos ahora? —se preguntó, seducido.

—Sígueme.

Lo remolqué hasta el baño y abrí la ducha. Comprobé la temperatura del agua y lo hice entrar al cubículo. El agua lo cubrió como una cascada de escarcha o de azúcar. Pude ver en su expresión la sensación placentera que le daba el agua fresca sobre su piel. Tomé el jabón y se lo entregué:

—Dúchate —le dije sin más explicaciones. El agua corría por su cara como un manantial clarito. Entendió de todos modos.

Se había ido a jugar con los del trabajo y no le dio tiempo para cambiarse siquiera. Era impresionante el rendimiento de J.J., eso sí. Después de un partido iba a echarse otra hora más de exigencia física. Pero lo de irse todo sudado y empantanado no me ponía ni un poquito.

Cuando salió de la regadera se veía perfecto. Olía a jabón y su piel estaba fresca, como el J.J. de siempre. Se jalaba además su aparato que crecía en sus manos. Parecía tan excitado, que comencé a excitarme yo también. Yo lo esperaba semidesnuda, sentadita en la cama.

Él se acercó y me puso su sexo frente a los ojos. Lo miré con lujuria y puse mis manos en sus 

muslos, me lamí los labios, alcancé un condón y se lo puse con la boca. Después de un rato de chupársela, me dio la mano y me puso de pie. Entonces empezó a restregarse contra mis nalgas. Su vara de acero inoxidable apuntaba temeraria y sentía su cabezal durito y prensado, ansioso por penetrarme.

Me recliné sobre el tocador y medio vi mi reflejo en el espejo empañado  todavía por los vapores de la ducha. Mis senos acariciaron el espejo y el frío del cristal hizo que mis pezones se encendieran en miles de descargas nerviosas y de placer. J.J. me hablaba despacito en la nuca, diciéndome lo rico que olíamos, pidiéndome disculpas por ser un chico sucio.

Entonces me ensartó su tolete completo. Me tenía aferrada por la cintura con sus dedos mojados. Abrí bien las piernas y dejé que me acribillara. Mi vagina se lo tragaba entero, succionándolo y atrapándolo con sus fluidos. Lo sentía muy dentro de mí, fondeando bien hasta mis entrañas. Yo crujía los dientes y gemía repitiendo su nombre. Planté la cara contra el espejo y dejé escapar bocanadas y exhalaciones ahogadas en clímax. 

El vidrio se empañó más y pude ver las marcas singulares que dejaban mis dedos al tratar de arañar el vidrio o de asirme al cristal apretando los puños.

Algo se había despertado en mí. Me di media vuelta y me le encaramé encima con las piernas abiertas. Él me atajó en el aire, me sentó en el tocador y me lo clavó sin necesidad de ver. Además de aguante, tenía puntería. Esta vez sentí que entraba más hondo y con más fuerza. Mi propio peso se acoplaba a la nervadura de su miembro, en ángulo perfecto con la parte de adentro de mi clítoris. Apreté mis brazos en torno a su espalda y sentí un movimiento extraño. Abrí los ojos y noté que nos dirigíamos a la cama. Nos abalanzamos como un solo cuerpo sobre las sábanas. Nuestros cuerpos estaban húmedos. 

La sábana terminó convertida en un agujero negro por el que nos fuimos nosotros, comiéndonos a besos, lengüetazos y apasionadas caricias. Fresquitos y limpios, nos desvanecimos minutos después, empujando con todo el cuerpo nuestro último y vital esfuerzo.

Posdata. Twitter suspendió mi cuenta, espero que pronto la restablezca. Mientras, mi Twitter alternativo es @lulu__petite (con doble guión bajo). A ver…

 

Un beso,

Lulú Petite

 

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