“Comienza el amor”, por Lulú Petite

Lulú disfruta de una cita peculiar con un hombre de negocios del extranjero
Lulú Petite
02/04/2015 - 04:00

Querido diario: —¿Cuánto tiempo vas a estar en México?, le pregunto a un cliente panameño que está aquí por trabajo.

—Otras dos semanas, tal vez más. No sé exactamente, me dice con cierta timidez y una media sonrisa. Eugenio es un hombre de 40 años, robusto y de piel muy morena. Es varonil; con barba de candado y pecho velludo, ojos negros y espalda ancha, muy masculino. Son las diez de la noche y él me contrató por dos horas, así que me estaré despidiendo de él más o menos a la hora de la Cenicienta.

Vino a México para atender un negocio de mucha “lana”. Me cuenta que hace poco lo ascendieron y está contento con eso, pero implica estar viajando. Es poco sociable, así que apenas termina de trabajar, regresa a su hotel. A veces se aburre.

—¿Y qué haces en las tardes?, le pregunto.

—Mmm, nada importante. Veo televisión, preparo el trabajo, he ido un par de veces al cine y, bueno, ahora esto.

—¿Esto?

—Sí, al menos tengo el tiempo libre y me alcanzan los viáticos para darme gustos extravagantes.

—¿Cómo cuáles?

—Pues, como tú.

—¿Como yo?, me río. ¡Caramba! Ahora resulta que soy extravagante.

—Tú no, me dice apenado, más bien yo… supongo que mi gusto es el extravagante. Nunca antes había pagado por compañía.

—Bueno, todo tiene una primera vez, quien quita y te haces cliente frecuente.

—No lo creo, me voy en dos semanas, cuando mucho tres.

—Y ¿Hace cuánto llegaste?

—Hace una semana.

—¿Y hasta ahora me llamas? Te has aburrido por eso.

—Pues ganas no me faltaban, pero ya ves, soy tímido.

—Lo tímido se cura al primer beso.

—Por eso te llamé, responde riendo. Necesito una cura.

—Hiciste bien, dime… ¿Qué traes en mente? ¿Qué quieres hacer?

—¡Pues, coger!

— Claro, pero ¿tienes alguna idea en especial?, le respondo riendo.

—Supongo que lo normal, ya sabes, sexo. No sé qué decirte, yo soy tímido y tú eres más bonita que cualquier mujer con la que haya estado.

—¡Gracias! Eres un coqueto. ¿Eres casado?

—Sí.

—¡Qué suertuda!

—¿Por qué suertuda?

—Porque tiene un marido divertido y guapetón.

—¡Qué amable!, me dice. He de admitir que sí me parece guapo. Al menos muy varonil, es como un oso.

—Pero dime, ¿quieres que empecemos? ¿Qué te late?, le digo dándole un beso en los labios.

—Qué tal si empezamos por un masaje. Estoy cansado y me duele la espalda, me pide quitándose la ropa y acostándose boca abajo. Yo también me saco el vestido y me subo a la cama en lencería.

—Aquí estoy, le digo, subiéndome encima de sus nalgas. Dime, ¿dónde quiere mi osito que le sobe?

—Ay bonita, si te digo donde quiero que me sobes, vamos a acabar en seguida.

Nos reímos los dos de su broma, me dio gusto que comenzara a perder la timidez, mientras puse a calentar la crema frotándola un poco entre mis manos. 

—Bueno, eso es para después, ¿eh? Más bien por qué no me cuentas más de ti. Así que tienes una semana en México ¿Te ha gustado?, pregunté embarrando su espalda de crema y comenzando a sobar sus hombros, masajeando los músculos que los conecta al cuello, y eso le saca un gemido.

—Me gusta México y me gustan los mexicanos, son todos muy amables, te hacen sentir muy bien recibido. No en todos lados son así, en algunos lugares te hacen sentir un intruso.

—¿Viajas mucho?

—Desde que me dieron el nuevo cargo, sí. Tenemos negocios en varios países.

—Pues qué bueno que los tengas aquí, le dije bajándome de su cuerpo y comenzando a masajearlo a un lado.

—México es muy importante para la empresa. Tendré que venir seguido y, quizá, me venga a vivir acá con mi familia.

—¿Tienes hijos?

—Dos.

—Qué bueno, dije mientras pasaba mis uñas por su espalda suavemente provocando que se estremeciera.

—Qué rico, nena. He tenido tanto estrés últimamente, ¿sabes? Me hacía falta un buen masaje como éste.

—Para servirte, cariño, le susurré al oído, mordiéndolo suavemente. Siento cómo tiembla y sigo usando mi lengua para dibujar círculos pequeños en toda su oreja, después lo sigo masajeando.

De pronto, cuando nos quedamos callados, escuchamos en la habitación contigua los entusiastas quejidos de nuestra vecina. Primero gemidos y lo que podría ser un salvaje movimiento en la cama. Ella gritaba que le diera más, que lo quería todo. Eran gritos escandalosos, como de campana catedralicia. De pronto, se hizo un silencio breve y entonces el aullido mayor. Un grito atronador que no podía ser otra cosa que el momento justo de su orgasmo. Durante todo el tiempo yo seguí sobándolo, pero en ese instante no pudimos evitar las carcajadas.

—¿Qué tal si los imitamos?, me dijo entonces con ansias, como si hubiera sido el pretexto para decirme que era hora de coger. 

—Quiero tocarte ya, agregó.

Sigo sobándolo unos segundos, como si no hubiera oído su solicitud. Me encanta la suavidad de su piel; se nota que este es un hombre que se cuida. Le empiezo a morder los hombros, cuidadosamente para no dejar marcas, aunque su familia no esté aquí. Por fin cuando veo que ya no aguanta más, le digo que se voltee y lo beso apasionadamente. Comienza el amor.

 

 

Un beso

Lulú Petite

 

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