Era otro pero el mismo

Lulú Petite
02/02/2017 - 05:00
 

 Querido diario: Estaba haciendo compras cuando recibí el mensaje de Félix. Preguntaba si podíamos vernos. Félix se ha acostado conmigo en varias ocasiones a lo largo de los últimos años, sin embargo, desde mediados del 2016 no lo veía. Así pasa a veces, un cliente a quien ves a menudo, de pronto deja de llamar. 

Pueden ser mil razones, desde que se retiraron de estos gustos como quien deja el alcohol hasta los que simplemente andan cortos de presupuesto. Se ha dado el caso de clientes que pasan a mejor vida y el de otros que pasan a peor (con juez, testigos y jolgorio), así que a Félix, aunque lo eché de menos, no lo extrañé. Un buen cliente, aunque se aleje, siempre lleva la calentura  lista, para hacerlo caer en la tentación.

Félix es un cliente experimentado. Tiene unos 60 años y desde muy joven se ha acostumbrado a pagar por sexo. Como venía diciendo, no lo veía desde mediados del año pasado. Cuando me abrió la puerta de su habitación, sufrí una especie de shock.

—¿Félix? —pregunté genuinamente dudosa. Una vez me equivoqué de habitación y fui a dar en un cuarto con un chavo que no cabía de la sorpresa. Félix sonrió y su cara pareció adquirir un aspecto más familiar, aunque no era exactamente el Félix que yo recordaba. Era él, pero su cara era nueva.

Resulta que hace unos meses estuvo en Los Cabos, viendo las costas del Pacífico, llenas de chicos y chicas jóvenes, atléticas y hermosas. Montones de surfistas. Ellas, muy bellas, tan cerca de él, tan lejos de su cama. Volteó a su alrededor y vio a otros vacacionistas gringos con apariencia de estar disfrutando su jubilación. Sintió que los años le pesaron y decidió rejuvenecerse un poco. De vuelta a Chilangolandia llamó a un cirujano y decidió darse una chaineada.

Parece mentira, pero no quedó mal. Solamente se ve raro. Como que su cara no concuerda con su edad. Me jaló hacia él, tomándome por la cintura suavemente y me preguntó con tono seductor:

—¿Qué pasó Lulú? ¿Tan pronto me olvidaste?

Lo besé en los labios y le susurré al oído que lo bueno nunca se olvida.

De ahí en adelante procedimos sin aspavientos. Félix me quitó la ropa como un mago y luego se desvistió como si estuviera por lanzarse al mar. Tenía las manos frías y sus dedos se deslizaban como serpientes por mi cuerpo. Hice rechinar mis dientes y mi piel se erizó divinamente cuando sentí su aliento tibio sobre mi cuello. Mis manos surcaron su cabello, mi lengua buscó la suya y la encontró.  

Nos devorábamos a besos y mordisquitos muy ricos a medida que íbamos aterrizando sobre la cama. De pronto, sentí la cercanía de su cuerpo como un presagio. El paquete se le había puesto duro en menos de un segundo.

Sus piernas se entrelazaron con las mías. Me tomó por las nalgas y apretó su pecho contra el mío. Podía sentir sus ansias como un campo magnético de deseo animal. Sus manos recorrieron mi dermis, trazaron su curso sobre las curvas de mi cuerpo, acariciaron mi cabello suelto. Sus labios carnosos incitaban a los míos. Escurrí las manos entre los dos y toqué su pene erecto. Estaba palpitando como acero caliente, húmedo, gordo y jugoso. También me toqué el clítoris y empecé a dirigir su glande hacia mí para que le diera una probadita de lo que vendría.

—Cómo olvidarte, Félix —gemí bajito poniéndole el condón.

Me penetró de inmediato. Percibí la textura de su miembro dentro de mí. Podía sentir las venas, la curvatura, el ángulo de embestidas. Era Félix, sin dudas. Abrí los ojos, lo encontré encima de mí. Sus rasgos nuevos, tan ajenos al viejo cliente que me llamaba de vez en cuando, pero a la vez tan suyos que me parecía un sueño. Alcé una pierna y apoyé el talón en su hombro. Su pene se adentró más en mi umbral húmedo y palpitante. Me aferré a la sábana  que estrujé con fuerza clavando mis uñas en la tela, y eché hacia un lado mi rostro, gruñendo y gimiendo de placer.

—No pares, mascullaba yo al borde del delirio.

Félix renovó su brío hincando el peso de su cadera, batiendo sus piernas y empujándome su pieza hasta la médula. Mis fluidos se desbocaron y facilitaron el proceso. Lubricada y mojada, me aferré a sus nalgas y atraje hacia mí su cadera. A medida que me daba, yo recibía empujando en dirección contraria. La madera de la cama crujía con las arremetidas de  Félix, quien de pronto se colocó a mi espalda, de costado en la cama y me inyectó su pene desde atrás. Me penetraba y me tocaba el clítoris con sus dedos húmedos. Arqueé la espalda y reboté mis nalgas en su ingle, dándole tracción a la cogida.

Lo sentí inmenso e hinchado dentro de mí. Estaba a punto de estallar. Me amasaba las tetas y me pellizcaba suavemente los pezones. Sentía su respiración en mi nuca, su sudor contra el mío. Entonces fue como si lo electrocutaran. Se agitó por unos segundos, luego paralizó sus músculos, se puso muy rojo y apretó tanto la cara que pensé que cuando la aflojara iba a estar como era originalmente. Luego vino la sensación de alivio y se relajó, vaciado y satisfecho. El Félix de siempre.

Un beso, Lulú Petit

 
 
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