Me eché a tres generaciones

02/02/2016 - 12:49

Querido diario: Siempre he pensado que hay que disfrutar cada momento con la mayor intensidad posible. La vida se acaba. Tarde o temprano a todos nos toca colgar los tenis, decir adiós a nuestros días terrenales.

Desde luego, nos vamos con las manos vacías, sin más patrimonio que los buenos recuerdos que dejamos en quienes nos sobrevivan y, claro, lo bailado, eso nadie te lo quita.

Esto lo traigo a colación porque recientemente me enteré de una triste noticia. Don Primero, uno de los clientes de más alta alcurnia y veterano gozón que he visto en mi vida, estiró la pata. Seguramente con muchísima elegancia fue a rendirle cuentas a San Pedro, era un viejo alegre, bondadoso y fiestero, sin más desliz que su gusto inagotable por las mujeres jóvenes y bellas. Tenía noventa y tantos años, nada más y nada menos.

Con lo mal que se portaba el muy pícaro, más bien duró mucho. Era cliente fijo en la agencia del Hada madrina, donde lo conocí y compartimos varias de esas noches de fiesta y revolcones. Alcohol, comida, mujeres, música, juegos, era un hombre que sabía divertirse. Me acuerdo clarito de que el día que lo conocí, nos metimos en su habitación, se quitó la corbata con mucha paciencia, la hizo una bolita y la guardó en la gaveta como si fuera un tesoro.

—Regalo de mi mujer —dijo con una sonrisa amplia de dentadura marfilada y postiza, —que en paz descanse.

Después de eso volví a verlo en innumerables ocasiones. Se la pasaba ahí echando relajo con todas las chicas, a quienes consentía de muchas maneras, nos caía bien a todas, no sólo porque pagaba bien, sino porque él también nos tenía aprecio y, sin duda, disfrutaba muy sinceramente nuestra compañía. Yo me le unía y me sentaba en sus piernas o le daba masajitos y conversaba con él. En las últimas fiestas ya ni se ponchaba a ninguna, porque no daba la talla, pero, eso sí, les metía mano a granel y nos pedía que lo consintiéramos como a un rey con mejores glorias pasadas.

En una de esas fiestas el rey nos presentó a su heredero: Don Segundo. A éste, un cuarentón pomposo como un pez globo, también me lo fusilé. Fue en su apartamento, uno en Polanco con todas las comodidades. En tiempos del Hada atendía a domicilio. Recuerdo que el lugar parecía divino, todo de cristal y lujoso, pero él era tan amable y caballeroso como su padre, un dulce.

Esa noche con el príncipe la pasé de perlas. Primero disfrutamos de una encantadora conversación y luego nos metimos entonados al jacuzzi. Al fin solos, nos besamos y toqueteamos bajo el cielo estrellado de la Ciudad de México. De pronto, algo nos dio y nos pusimos más creativos. Salimos como un par de niños y jugamos a perseguirnos por todo el depa, en cueros y empapados. Terminamos en la cocina. Él me tomó por detrás y me alzó como una muñeca inflable. Yo trataba de zafarme, pero estaba privada de la risa. Me montó sobre una enorme mesa y me incliné de espaldas a él. Sentía su sexo empujando contra mis nalgas, haciéndose más crecidito y prensado. Me agarré a la tabla y abrí las piernas, mientras se cubría el madero con un profiláctico. Me dio un besito en la espalda y me lo encajó a diestra y siniestra, apretándome por los huesitos de la cintura. Se lamió un dedo y lo deslizó por mi pecho, por mi vientre y luego más abajito. Era delicado y sabía lo que hacía. Tocó mi clítoris con suavidad. La descarga de placer fue bestial. Apreté los dientes y gemí a puntito de acabar. Las gavetas temblaban y podía escuchar los trastes chocando unos contra otros.

—No aguanto más —dijo despacito.

Fue perfecto.

—Yo tampoco —balbuceé.

Se vació en silencio, sin escándalos, desvaneciéndose sobre mí como si no le quedara más energía. Permanecimos de pie y acoplados, él sobre mí y yo soportando el peso de su cuerpo en mi espalda. Me sentía divinamente aplasatada, como si me hicieran un masaje. Nos despedimos prometiendo volver a vernos y cumplimos, muchas veces nos encontramos a solas o en alguna de las fiestas que organizaba él o su papá y nos amamos de nuevo.

En una de tantas fiestas conocí a Don Tercero, su hijo, en esos días andaba por sus veintitantos. Es un clon de su papá y de su abuelo, pero más joven, delgadito y fibroso. Parece un nadador.

Puedo certificar que el tercero en la línea familiar tiene talento del bueno para fornicar. Cuando nos vemos me agarra y no me suelta hasta que me deja satisfecha. Soba con soltura y se afinca hasta la médula. Siendo las cosas como son, con esos hombres de linaje tan bonito, tan educados, amables y dulces, estoy encantada de que todo quedara en familia.

Hace poco me encontré a Don Segundo en Santa Fe. No lo reconocí a la primera porque había bajado muchísimo de peso, se ve guapísimo y es el mismo caballero de siempre. Charlamos un buen rato y me contó lo de su padre. 

Entristecí al enterarme. Sin duda muchas y muchos lo extrañaremos. Al menos para eso quedan los recuerdos. Y qué recuerdos.

Un beso

Lulú Petite

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