Delicioso orgasmo

El calor se hizo pleno, creciendo en nuestro interior, emanando de nosotros como una fuerza indetenible
Lulú Petite
02/01/2018 - 05:18

Querido diario: El otro día me vi con Ernesto. Está más delgado y ahora lleva barba. Como recientemente le ha ido bien en su trabajo y se venía el Año Nuevo, decidió darse el gusto de una renovación. No un asunto de hojalatería y pintura mayor, pero sí una talacheada en la carrocería. Desde principios de noviembre se dejó una barba muy coqueta, bajó los kilitos que le sobraban, se compró ropa nueva y decidió decretar que 2018 sería para él un año maravilloso.

—Nada de propósitos ni promesas. Las cosas que de verdad quieres no te las andas proponiendo, las haces y punto. No quise dejar cosas para empezar enero, las adelanté para recibir el año con nuevo estilo. 

La neta sí luce mejor. Se nota que no improvisó el cambio. Estudió lo que quería hacer, le metió al ejercicio, consultó un nutriólogo, cambió calzado, trajes, camisas y fue a una de esas barberías que están tan de moda a que le dejaran una carita muy coqueta. 

De todos modos, Ernesto siempre me ha gustado porque, además de guapo, es muy dulce. Estaba sentada a su lado, mientras me contaba de sus cambios: 

—El broche de oro para mi renovación es éste. Hacerte el amor y lograr que te vengas —Me explicó.

—¿Es un reto? —Pregunté

—Digamos que éste si es un propósito —Respondió sonriendo. Entonces sus dedos se deslizaron entre mis piernas y me besó.

Me empapé de inmediato y quería sentirlo dentro de mí. Su cálido aliento en mi cuello me hizo delirar. La piel se me puso chinita. Me masturbó riquísimo. 

Cuando me puse de pie, se sacó lo que le quedaba de ropa para, acto seguido, despojarme de la mía. Me jaló hacia la cama y terminé encima de él, sintiendo su entusiasmo cada vez más creciente. Me lamió las tetas, me apretó por las caderas, aspirando el aroma de cabello, extasiado y entregado a su deseo. Yo misma le puse un condón con la boca. Lo tenía paradísimo y grueso, con sus bolas hinchadas y jugosas. Luego me le encaramé encima y me despaché meneándome a medida que él empujaba desde abajo y hacia arriba, taladrándome y clavándome el palo entero. 

Yo me aferraba a su pecho, clavándole las uñas, y suplicándole que no parara. Mis nalgas rebotaban en sus muslos y la cama crujía debajo de nosotros, amortiguando el sonido de nuestra respiración desbocada, mis gritos de placer, mis gemidos quejumbrosos y delirantes.

Entonces comenzamos a revolcarnos, comiéndonos a besos, apretaditos, muy cerca, fundiéndonos en un amarre de piernas entrelazadas, abrazos furtivos y voraces. Su aroma impregnaba mi esencia, su energía animal y viril, sus gemidos cada vez que empujaba su pala ardiente en mis entrañas, quemándome.

Se colocó encima de mí y alzó el torso para hincármelo mejor. Estiré el cuello y llevé el rostro hacia atrás, con los ojos apretados y el ceño muy fruncido. Levanté las piernas y me llevé las rodillas hasta el pecho. Él apoyó mis talones en sus hombres y me empinó su pene a su máxima potencia. Lo sentí todo, sus texturas, su pulso bombeando. 

—No pares, no pares —repetí gimiendo. 

Entrecruzamos los dedos y nos aferramos a la estampida final. Ernesto apretó el paso y yo le seguí encantada, moviéndome de atrás hacia delante, perdida en las sensaciones que rápidamente nos envolvían y nos transportaban a otra dimensión. El calor se hizo pleno, creciendo en nuestro interior, emanando de nosotros como una fuerza indetenible. Nos abrazamos fuertemente, dándolo todo y manteniéndonos muy cerquita, mientras se desataba el caos y ahogábamos un grito de placer supremo en lo más hondo de nuestras gargangas. Nos aferramos a ese breve instante como si se tratara de la eternidad, relajando poco a poco nuestros músculos tensos, aliviando ese peso momentáneo del momento más rico y enloquecedor. 

Nos quedamos así, como congelados después de una agotadora rutina, con el sabor del éxtasis aún latente en la memoria de nuestros cuerpos, en reposo. 

—¿Entonces? —Dijo de pronto —¿Lo logré?

—¡Lo lograste Ernestito! Propósito riquísimamente cumplido —Respondí saboreando aún en la memoria el delicioso orgasmo que me había regalado.

Hasta el jueves, Lulú Petite

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