Duro, como un muerto

Sexo 01/11/2016 05:00 Lulú Petite Actualizada 05:09
 

Querido diario: —Hola— Me dijo una voz áspera al teléfono —Soy Jaime. Cuando recibí la llamada de Jaime, sentí un escalofrío. Un respiro de hielo seco recorrió mi espina dorsal como una caricia en la oscuridad al escuchar su voz. Era grave y lejana. Como con eco. Parecía provenir de un hueco en la tierra o de otro tiempo. De otra dimensión. Quería un servicio completo. Le expliqué y respondió con un simple 

—Bien—

Esa tarde me sentía como dentro de una pesadilla. Además del frío inclemente, el cielo estaba encapotado y algo medio fatídico se percibía en el aire, en las formas de las nubes, en el viento estático y en la quietud ansiosa de la noche de muertos. Era un impulso raro, como un magnetismo. Un embrujo quizás.

Mientras pasaba la pompa de jabón por mis piernas, tuve un pálpito y empecé a temblar, pero de inmediato ese susto injustificable se tornó en un deseo muy potente. Sin darme cuenta, se acercaba la hora de mi cita con Jaime.

No sé por qué, pero no me sentía con ánimos para manejar. Así que llamé un taxi. Una calaquita de madera claqueteaba colgada en el retrovisor. En el reflejo vi que el chofer me miraba fijamente. Le sonreí algo nerviosa. ¿No era mejor mirar hacia adelante en vez de a mí? ¿No sería una terrible y empalagosa idea matarnos en la víspera del día de todos los santos? Nos morimos hoy y nos celebran mañana, pensé.

A una cuadra del motel, paramos en una luz roja y el taxista aprovechó para contarme una historia sobre ese motel.

Según él, hace años un funcionario del Gobierno rentó una habitación para pasar la noche con su amante, una chica dos décadas menor que él. Estaban a poca madre, dándose la gran vida y cogiendo como conejitos cuando al distinguido míster se le blanquearon los ojos, se le trancó el pecho y adiós, mundo cruel. La chica, que todavía estaba meneándose encima de él, llamó aterrada a los del motel, quienes llamaron a la policía y… bueno, el escándalo se cuenta solo. Dicen que desde entonces el güey ese aparece una noche al año para espantar a los cachondos infieles y acabar lo que no pudo acabar antes de que su vida acabara.

Tonterías. Le dije y pagué la tarifa al taxista, hice sonar mis tacones hasta la recepción y ubiqué la habitación donde estaba mi cliente.

Jaime abrió la puerta como si fuera un sarcófago. Era un cincuentón con rasgos guapos. Tenía una mirada felina, sostenida en el momento por su rostro sin expresión. Era alto, delgado y fuerte. Se quitó la ropa, toda negra, sin mediar más palabras. Me dijo que tenía tiempo sin tener sexo y me dijo qué quería hacer. Todo era razonable, así que no tuvimos mayor problema. Me desvestí y me acosté junto a él.

¡Estaba congelado!

—¿Estás bien? —pregunté.

Me clavó sus pupilas sombrías y por toda respuesta me dio un beso con lengua, que tomé como un sí.

Sus caricias me maravillaron, sus manos de dedos largos, su ansia encarnada, sus brazos largos cubriéndome. Mi corazón galopaba en mi pecho, pero en el de él ni se sentía. Lo que sí sentía era su pene. Era una estaca de considerable tamaño, grosor y dureza. No había mucho más qué decir, así que le coloqué el condón y cuando iba a montármele encima para hacerlo estilo vaquerita, me tomó por las muñecas, se reacomodó en la cama y me hizo acostarme boca arriba. No fue brusco, sino decidido. Y yo me sentía como hipnotizada por su energía malévola. Abrí las piernas y lo vi a los ojos. No parpadeó. Me metió el miembro entero sin respirar. Se agarró a mis pechos con sus dedos fríos, pero con su pasión caliente. Me lamió los pezones con la punta de su lengua, me mordisqueó el cuello y los hombros. Olió mi cabello y gimió bajito, como si gritara desde muy lejos, desde el mismo infierno. Mi entrepierna húmeda y tibia se sentía como un umbral de impulsos. Una cosquilla general recorría mi piel, mi cuerpo temblaba. Jaime levantó el torso y me detonó con más agite de su cadera. Me tomó firmemente por la cintura, me alzó una pierna para apoyarla en su hombro y me incrustó divinamente su sexo gordo y palpitante, sin parar, una y mil veces. Me mordí los labios, apreté la garganta, gruñí extasiada. Sentí algo muy caliente bullir en mí. Algo volcánico, como lava espesa que lentamente trepaba por mis entrañas, por mis venas. La cama se estremecía con nuestro vaivén. Jaime no decía nada, pero sus ojos eran muy elocuentes. Se veían diferentes. Lucían más vivos. Cogimos así por casi media hora, hasta que nos corrimos exhaustos y como en trance.

No dijimos más después de eso y la hora llegó al límite. Él se quedó inmóvil, con los ojos fijos en el techo y la mano en el pecho, no se movía ni respiraba, lo frío de su piel era ahora helado y su carne parecía frágil, como hecha de polvo. Me estremecí y, cuando salté de la cama y me puse de pie, él desapareció. En ese momento sonó el teléfono y desperté.

Estaba en mi cama, sudando frío. El que sonó era mi celular. Agradecí la suerte de la llamada y lo tomé para contestar. Entonces escuche una voz áspera:

—Hola. Soy Jaime.

Bonito Día de Muertos,

Lulú Petite

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