Esos abrazos, Por: Lulú Petite

Lulú confiesa algunas de las caricias que más le apasionan en la intimidad
Lulú Petite
01/10/2015 - 04:30

QUERIDO DIARIO: Me encanta que me hagan cariñitos y que me den abrazos. Muero sobre todo por los buenos brazos. Esos que dan abrazos de oso. Amplios y duraderos, dados por hombres con extremidades igual de amplias y fuertes, capaces de abarcar galaxias con sus planetas y cada una de sus estrellas. Abrazos fuertes, que te aprietan el cuerpo y te hacen sentir como una persona integral, sin piezas sueltas. Unida entre los brazos de un hombre guapo, que huele rico y que además ha compartido contigo un magnífico acostón.

Me gusta que me apretujen con sus manos y músculos, y que me aplasten de amor y lujuria. Nada demuestra más deseo que esa extraña muestra de cariño que se aloja entre un brazo y el otro. Hundir la cara en el pecho de un amante, como aferrada a él cual si fuera un flotador o un salvavidas, el gran alivio después de haber experimentado una tormenta frenética de emociones en la mar del sexo.

El jueves conocí a Sebastián. Usa unos bigotes largos, estilo zapatista, tiene además un cuerpo esbelto y definido, de pura fibra, venas y rayas. Un macho bien curtido y muy apetecible, de esos a los que se les ve lo varonil por todos lados, no un hombre bonito, sino un macho bien dado.

Total que comenzó a besarme el cuello y yo me fui erizando. La sangre que corría por mis venas hervía y se concentraba en mis puntos más estimulantes. La boca de Sebastián barría con dulzura mi piel y sus manos iban abriéndose camino entre mis formas. Fue tocando mi ombligo y luego bajando hasta decorar mi vagina con dos dedos. Los hizo rozar en mi abertura, que se fue humedeciendo y calentando más. Lo apreté por los hombros y enterré mis uñas en su carne cuando sus dos dedos entraron en mí y comenzaron a hurgar, tocándome el clítoris. Comencé a ver círculos de color flotando por la habitación. Él me besaba y su aliento fresco inundaba mi boca y mi lengua. La corona de su pene rozó mi pierna. Era una estaca dura y bombeante, que se hinchaba al tacto con mi piel.

Se forró el miembro con un condón texturizado y se colocó encima de mí. Lo rodeé con las piernas y alcé la pelvis para darle espacio más fácilmente a su taladro natural. Su saeta entró directo a mis sentidos, penetrando hasta lo más profundo de mí. Aguanté el embate con satisfacción, mordiéndome los labios, gimiendo con la boca cerrada para no dejar escapar el placer. Me apretó los senos y pellizcó mis areolas. Su lengua dibujó garabatos en torno a mis labios. La mía salió al trote y las hicimos bailar, provocándonos e incitándonos. Comenzó a mover la cintura hacia arriba y abajo, adelante y atrás, empujando con potencia e inyectando su envergadura hasta casi taladrarme el pecho. Sus venas habían brotado por todo su cuerpo, palpitando y concentrando el esfuerzo hidráulico. Lo tomé por las nalgas y lo atraje más hacia mí, acoplándome al ritmo de su balanceo. Su pecho y cuello estaban enrojecidos, transpirando.

Me envolvió con sus potentes brazos, tensos por la lujuria del momento, y me apretó bien fuerte, como si no pudiera dejarme caer a un precipicio. Este instante fue fantástico. Todo mi cuerpo pedía a gritos este acto de cercanía, de proximidad. Casi podía decir que nos fundimos en un solo cuerpo. Su miembro me llenaba por dentro, insertándose en la cavidad jugosa entre mis piernas, su pecho se pegaba al mío tanto que podía escuchar su corazón, su cara junto a la mía, sus brazos abarcando todo el universo de mi orgasmo que se desataba por la presión de su agarre, de su abrazo de boa constrictor, apilando presión en mis venas, en mis pulmones, conteniendo el momento, no dejándolo difuminarse. Le devolví el gesto prácticamente inconsciente, guiándome por mis instintos. Lo enrollé en mis brazos desfallecidos, ateniéndome a las consecuencias de este acto descomunal, dejándome llevar por la marea, aferrada a él con todas mis fuerzas. Él empujó más, clavándose sin soltarme, sin dejarme ir. Anunció que no aguantaba más, con palabras entrecortadas, como si de buenas a primeras todas sus funciones tuvieran una falla masiva, un ataque paralizante, cautivador.

Se ahogó al estallar. Podría jurar que lo sentí derramarse dentro de mí, estallar como un pozo petrolero o géiser. La tensión de su masa corporal era un abrazo perfecto, casi eterno. Uno de esos abrazos que nadie quiere que termine. Segura entre sus brazos, así como él entre los míos, yacimos exhaustos, vacíos y en trance.

Luego vinieron los cariñitos, otra cosa que Sebastián sabe hacer muy bien. Sus manos están hechas para amar. Primero aprieta y luego acaricia. En una sola palabra: delicioso.

 

Un abrazo de osa

Lulú Petite

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