El jefe, del jefe, del jefe: Por Lulú Petite

Lulú toma el mando de la situación ante un hombre que hace gala de su autoridad
Lulú Petite
01/07/2015 - 22:44

QUERIDO DIARIO: Si algo he aprendido en este oficio es que eso que llamamos límites, a menos que sean físicos, son una línea tan imaginaria que cada quien la pone donde le viene en gana. Para muchas personas coger sin amor sería cruzar un límite; sin embargo, para otras tener relaciones sólo para darle gusto al cuerpo no tiene nada de malo. En la cama, los límites los pone la imaginación, el consentimiento, el cuerpo y la ley.

Si la ley lo permite, el cuerpo puede y la persona quiere, que la mente tome el control y deje a la imaginación gobernar la experiencia.

Naturalmente, en mi vida sexual he cruzado límites. El primero, desde luego, entregar mi virginidad, el segundo y probablemente el más emblemático, vender mi intimidad. A partir de allí he aceptado o rechazado muchas propuestas. Trazado fronteras y establecido aduanas.

En aras de complacer a mis clientes, he aceptado cruzar algunas, atreverme a cosas. No hay nada que lamentar. Es parte del oficio. Sopesar las posibilidades, conocer cuáles me gustan y cuáles no.

Una de las cosas que he descubierto es que, en la intimidad, tengo vocación mandona, hasta el punto de que me he ido formando una clientela con gustos sumisos, desde esclavos hechos y derechos hasta chavos a los que moderadamente les gusta el trato rudo.

Anoche, por ejemplo, atendí a un ‘pez gordo’. Un tipo con oficina en un penthouse, departamento en otro. Traje de diseñador, coche importado, jefe de un montón de empleados y caca grande de una empresa de esas que cotizan en la bolsa.

Como es el jefe, del jefe, del jefe de un muy buen cliente, venía bien recomendado, así que acepté verlo en un hotel de cinco estrellas. Parecía muy serio cuando me recibió en el lobby, con su traje impecable y su cabello peinado hacia atrás. Me saludó con amabilidad, me acompañó al elevador y oprimió el botón para llamarlo. 

Cuando subimos, sonó su teléfono. Respondió de mal modo y le puso a quien le hablaba una ‘cagotiza’ de perro bailarín. De esas que sólo te puede poner quien tiene la facultad de correrte de tu empleo. No me gusta la gente prepotente, de modo que estuve a punto de rajarme.

—¿Todo bien? ¿Es un mal momento? ¿Prefieres que nos veamos otro día? —pregunté.

—No pasa nada. En el trabajo no cabe la incompetencia, es todo. Pero en el amor, es otra cosa —dijo con una picardía parecida a la amabilidad. Cuando sonrió, la cara adusta cambió por completo y me pareció lindo.

Asentí.

—Pero cambiemos el tema. Por ahora necesito esto —dijo, refiriéndose a nosotros.

Apenas entramos al cuarto, se metió en el baño. Del otro lado de la puerta me pidió amablemente que me desnudara.

Él salió también completamente desnudo y puso sobre la cama un par de cuerdas de hilo y un fuete.

—Átame —dijo.

Sonreí. Este hombre, que hacía unos minutos había gritoneado a su empleado sin parpadear, ahora me estaba pidiendo que lo amarrara.

Se recostó boca abajo, le até las manos detrás de la espalda, con sus nalgas blancas expuestas.

—¡Pégame!

Lo pensé brevemente antes de darle el primer golpe.

—Por favor. Me lo merezco —insistió en un tono sumiso. Ya no era el ogro corporativo del elevador.

El primer fuetazo, suave, rozó el aire e impactó en sus nalgas. Temblaron ligeramente.

—Más duro —pidió.

Le di otro golpe más fuerte que quedó marcado en color rojizo.

—¡Así! —gimió.

Lo azoté una y otra vez, cambiando el ángulo y aumentando la fuerza. Sus nalgas comenzaron a ponerse muy rojas. Él, sin embargo, estaba disfrutando el juego, ladrando y pidiendo que no me detuviera, con una tremenda erección que se sacudía a cada trancazo.

—¿Quieres que hagamos el amor? —pregunté después de un rato, calculando que, de no hacerlo ya, pasaría la hora pagada.

—No —respondió como si lo hubiera sacado por un momento del éxtasis. —Sólo sigue golpeando—.

¿Quién soy yo para juzgar los placeres de los demás? Soy de las que piensan que debes explorar lo que te gusta. A veces, quien en su vida cotidiana carga mucha responsabilidad, necesita desahogarse convirtiéndose en esclavo. Un sumiso azotado y sin poder, pero al mismo tiempo capaz de pagar por estos gustos extravagantes. Saber que hasta cuando pierde el control tiene el mando. Es sumisión pagada, un juego, no una claudicación.

Poco después de cumplirse la hora le dije que tenía que irme. Puse el látigo en el tocador y comencé a vestirme. Él se desató con un par de movimientos, se levantó y abrió la llave de la ducha para bañarse.

—¿Quién te dio permiso de levantarte? —dije aún en el personaje. Él sonrió, cerró la llave del agua y regresó a la cama, desde donde me observó en silencio tomar los billetes que había dejado en el tocador.

—Gracias. Fue justo lo que necesitaba —dijo cuando me vio caminar hacia la puerta. Puse los dedos en mis labios y le lancé un beso antes de irme.

Si algo he aprendido en este oficio es que hay de límites a límites. 

¿Unas nalgadas? 

Si yo soy quien las da, claro, con mucho gusto.

 

Un beso

Lulú Petite

 

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