Disfraz especial

Usando coletas y uniforme, nuestra amiga Petite convirtió una cita en una divertida aventura
Lulú Petite
01/05/2014 - 03:57

Por teléfono se había presentado como Álvaro y me había dado la impresión de ser bastante lanzado, como su manera de hablar. En persona, pensé cuando me abrió la puerta de la habitación, era muy diferente. Bajito, flaco y de piel muy clara, me invitó a entrar con ademanes vacilantes.

—Gusto en verte Lulú, saludó echándose hacia atrás el escaso pelo castaño, con una voz que parecía más salir de la televisión que de él. Sobre lo que hablamos... está todo en el baño. Le di las gracias por indicármelo y entré, cerrando la puerta tras de mí.

Sobre el lavabo yacía un uniforme escolar que parecía recién planchado.

Por teléfono, Álvaro me había preguntado si tenía algún problema con satisfacer fantasías algo inusuales. Cuando le pedí que me la explicara para saber si estaba fuera de mis límites o no, casi se me escapa una carcajada. Como ofreció llevar lo necesario y pagar un generoso sobreprecio, acepté.

Cuando terminé de vestirme, me separé el pelo en dos partes y me lo até como sé que les gusta a quienes tienen esta fantasía. Hace años, cuando trabajaba con El Hada, era una de las cosas que me pedían más a menudo.

Al mirar a la Lulú del espejo recordé aquella época. La camisa almidonada me quedaba algo ajustada y claramente no estaba hecha para alguien con senos como los míos, así que sobre mi cuerpo quedaba bastante tensa y sugerente. Probablemente había sido la intención. En cuanto a la faldita plisada de color azul marino, era demasiado estrecha para llevarla a media cadera y me la había tenido que dejar en la cintura. El vuelo me acariciaba las nalgas desnudas mientras caminé de vuelta a la habitación, procurando no resbalar en las largas medias blancas del uniforme.

Álvaro ya estaba desnudo y sentado al borde de la cama. Cuando levantó la vista para mirarme boquiabierto, vi que ya estaba más que listo. 

Me incliné para darle un largo beso, sabiendo que mi pelo le haría cosquillas en los hombros, y dirigí la mano hacia su pene enhiesto, lista para hacerle disfrutar.

—Un momento Lulú, me detuvo. Le miré inquisitivamente.

—Las chicas de colegio no son tan lanzadas.

—No tienes una idea de lo lanzadas que somos, repliqué riéndome y siguiéndole el juego.

— Detrás de cada Hanna Montana, hay una Miley Cyrus con ganas de quitarte lo serio a lengüetazos. No pudo contener la carcajada.

Nuestras risas terminaron cuando se puso de pie y me besó con brusquedad, sobándome un pecho con la mano. Me había tomado la libertad de quitarme la lencería y eso pareció agradarle, dado que jugueteó con mi pezón erecto por encima de la tela. 

Me abrió la camisa a toda velocidad y se llevó esa misma teta a la boca. Noté su lengua hábil trabajando para endurecerlo y jadeé. Álvaro me empujó para que cayera boca arriba sobre la cama y, apenas comprendí qué había pasado, me hizo subir los pies para apoyarlos en el borde, con lo cual mi intimidad quedó expuesta del todo.

Él empezó a besarme el tobillo por encima de la tela, acariciándome la pierna con cuidado. Fue subiendo, beso a beso, hasta que llegó al borde, casi a medio muslo. Pensé que seguiría el camino, pero se detuvo e hizo lo mismo en la otra pierna, todo ello sin dejar de deslizar sus dedos con ligereza sobre mis caderas.

Para cuando había terminado, yo ya echaba humo. Y entonces, ligero como una mariposa, depositó un beso justo en el centro de mi zona más sensible. El gemido que emití fue algo desproporcionado, y Álvaro rió con ganas. Me puse roja como un tomate.

Y entonces empezó lo bueno. Cuando sentí esa lengua veloz deslizarse hacia mi clítoris, me retorcí, pero él me sujetaba firmemente para que no me escapara de su control. Yo seguía con la camisa abierta sin vergüenza alguna y la faldita quizá un poco más arriba que al principio, pero él parecía encantado. Álvaro me había parecido un enclenque en un primer momento, pero realmente debía tener mucha experiencia a juzgar por esa lengua tan hábil. Era como si estuviera en todas partes a la vez; iba demasiado rápido y no podía ni siquiera pensar en cuál sería esa técnica, porque sentía que me volvía nata. Me sentía cada vez más cerca del orgasmo.

Después de hacer que me viniera de manera espectacular, penetrándome con la lengua y haciendo que contuviera el aliento mientras me agarraba con fuerza a las sábanas, simplemente se puso de pie delante de mí y comenzó a jalarse con rapidez su erección. Me erguí un poco sobre los codos y miré fijamente. A todos los hombres les gusta que les miren con lascivia, lo quieran o no, y a muchos les encanta el plus de que sea una muchacha con coletitas de niña buena y un uniforme corrupto por el sexo.

—Eres hermosa, balbuceó, ya casi al límite. Me aseguré de tener la camisa bien abierta y apretar con picardía mis pezones. Álvaro dio un par de sacudidas más y el líquido blancuzco brotó empapando las sábanas mientras él gemía de placer.

Nos sonreímos mutuamente sin cortar el contacto visual antes de volver a la cotidianidad de la charla post coito. ¿Otro cliente satisfecho? No lo dudo. 

Un besito.

Lulú Petite

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