Feo, pero cogelón

"Mi orgasmo llegaba su cúspide, el suyo parecía extinguirse en su ceño fruncido, en sus labios apretados"
Lulú Petite
01/03/2018 - 05:25

Querido diario: Doy gracias por los feos. Siempre he reconocido que, en este negocio, algunos de los mejores orgasmos los he alcanzado con los clientes menos guapos. No es algo en lo que me fije. Mientras pague, sea limpio y cortés, yo voy contenta, flojita y cooperando; pero a algunos clientes les pesa, no sentirse guapos.

Federico piensa que es feo. Él dice que de niño parecía un mosco. Era flaco como un salario mínimo, usaba lentes grandotes, tenía los dientes salidos y orejotas. El caso es que él se acostumbro a esa imagen, pero hoy es distinto. Hace ejercicio, se arregla bien, se enderezó los dientes y ya no usa lentes, pero él se quedó con la idea del niño-mosco. Es como un patito feo que nunca se enteró cuando se volvió cisne. Con todo y eso, se casó, formó una familia, emprendió un buen negocio, crió a sus hijos y se divorció.

Ahora es un hombre soltero entrando a la quinta década. Dice que lo bueno de ser feo es que, sin distracciones románticas, le quedó más tiempo para trabajar y hacerse un patrimonio, pero ahora ve para atrás y siente que hay muchas cosas que le habría gustado hacer y no hizo. No es que piense que se le va el tren, pero no quiere bajarse sin disfrutar los vagones que ahora puede pagarse. Por eso nos conocimos. Un día decidió darse el gusto y me llamó.

Hoy volvimos a vernos. Le besé el cuello y me acurruqué en su pecho. —A mí me gusta cómo eres —le dije  después de que me contó algunos de sus complejos.

Sus labios ardientes tomaron los míos, sentía un hervor surgir en nuestros pechos mientras nuestras lenguas bailaban. Sus manos comenzaron a recorrer mis curvas, erizando mi piel. Sin prisa, se detenía para apretar mi carne, estrujar mis nalgas, mi cintura, mis tetas, mientras su lengua traviesa trazaba un caminito hacia mi boca.

Me aferré a su espalda suspirando con los ojos cerrados. Me encantaba la caricia de los vellitos de su pecho sobre el mío, nuestras palpitaciones sincronizadas con el vaivén de las caderas, el ir y venir cachondo de su pene grueso y duro. En eso me tomó por las muñecas, me puso las manos sobre la cabeza y entrelazamos los dedos, apretándonos con fuerza. Apoyó su frente sobre la mía y ahí sentí una verdadera co nexión, un vínculo animal, instintivo y del cuerpo, algo carnal que se acrecentaba a medida que me penetraba una y otra vez.

Él se desató y comenzó a acribillarme. De pronto me encontré con una nebulosa en mi mente, enternecida y anonadada por el momento que se avecinaba. En ese instante, tenía una personalidad tan intensa que desbordaba lo sexual. Me agarró por las nalgas, alzó levemente mi cadera y hundió hasta el fondo su miembro, haciéndome delirar y humedecerme aún más. Su respiración tibia, chocando contra la sensible superficie de mi cuello, era un encanto hipnótico, un catalizador de mis sensacionse exacerbadas. Lo sentía todo en la piel, en mis entrañas. Me mordisqueó el bordecito de una oreja, me lamió la puntita de mis pezones, me susurró palabras sucias al oído.

Rodamos por toda la cama sin desacoplarnos, acariciándonos, olisqueándonos, apretándonos. Mi orgasmo llegaba su cúspide, el suyo parecía extinguirse en su ceño fruncido, en sus labios apretados.

—Voy a acabar —dijo como si rezara.

—Dámelo todo ya —pedí.

Tensó sus músculos, apretó el paso y justo cuando yo empezaba a ver luces, clavó de lleno su pieza animal y me dejó bien adentro, pasmado por segundos en la gloria del clímax. Nos aferramos a esa ola de placer supremo. Nuestros corazones, entonces a galope, comenzaban a apaciguarse. Ahora nos consumía un plácido cansancio, un leve respiro de paz. Un alivio.

Me recosté sobre el pecho de Federico, mientras él me acariciaba el cabello y me daba besitos en la cabeza. Dime si no es, con todas las de la ley, un hombre verdaderamente hermoso.

Hasta la próxima, Lulú Petite 

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