Bañito sanador

Apretó la sábana en sus puños, arrugó los ojos en la frente y su respiración se ahogó en la almohada, mientras se corría a borbotones. Fue olímpicamente intenso
Lulú Petite
01/03/2016 - 05:10

Querido diario: Escribo entre una nube plácida y cálida de vapor. El espejo se empañó hace rato y mi reflejo es como de manchas en la niebla.

La tina se está llenando lentamente, con el grifo botando un chorrito de agua calientita, que se mezcla con sales de baño. Una película de espuma efervescente, blanca y burbujeante comienza a formarse en la superficie. La música suena bajito y unas velitas iluminan tenuemente la escena desde el rincón.

Tengo el cabello recogido en la parte alta de la cabeza, estoy solita, completamente desnuda y el baño es prácticamente un sauna. Tengo la piel cubierta por un rocío condensado y fresco con forma de hormiguitas de cristal líquido que se confunden con la delicada película de mi sudor.

Estoy aplicando mi versión de un método casero para evitar el resfriado. Afortunadamente he logrado mantenerme sana, especialmente con esta maldita epidemia de influenza, hay que extremar precauciones. Antes de dejar que me caiga el chahuistle de una infección respiratoria, prefiero armarme de todas las defensas posibles. Por eso me tomé un té, con la receta de mi abuela, capaz de blindar el sistema respiratorio y fortalecer las defensas hasta de un elefante. Es una combinación de hierbas, miel, limón y piña, con sales y vapor en una tina de agua bien caliente.

Cuando me habló Miguel, ni me imaginaba que iba a conseguir buenos y prácticos consejos de salud.

Nos vimos en el hotel de siempre y en la habitación de siempre. Si no está disponible para cuando le entra el antojo, no se da el encuentro. Es medio supersticioso, sospechosamente supersticioso para un científico.

Estaba ultratenso. Sentía todo el peso de su estrés con apenas tocarlo. Boca abajo en la cama y yo encima de él, parecía una masajista desnuda. Miguel tiene un buen cargo en el sector salud, no sé qué, pero tiene que ver con la administración de hospitales. Conoce médicos de todas las especialidades y tiene un temperamento tan amable, que hace amigos fácilmente.

—¿Cómo van las cosas? —Le pregunté para hacer conversación.

—¿Recuerdas la influenza?

Paré en seco y le quité las manos de encima.

—Relájate— dijo sonriendo—. No puedo contagiarte lo que no tengo.

Su risa era extraordinaria. Y su erección, incipiente como una grúa hidráulica, apuntaba a mi centro, pujante y palpitante. Nos quedaba tiempo para el segundo revolcón. Me rodé hacia abajo y coroné su sexo con un forrito. Se lo chupé hasta la base, empujando mi cabeza para sentir su envergadura. Me pidió que lentamente me acostara y me lo hizo a lo misionero, mordisqueando mis pezones y agarrándome bien fuerte por la cadera. Como recién lo habíamos hecho la primera vez, la segunda tomó su tiempo. Su éxtasis se formaba y crecía a medida que concentraba su energía en el acto. No podía ni quería parar. Su ritmo se incrementó al son de mis gemidos, que cada vez le pedían más y más. Yo puse las piernas en torno a su cintura y me junté al ritmo de su cadera enganchándolo por las pompas con mis talones.

Cuando no pudo más, apretó la sábana en sus puños, arrugó los ojos en la frente y su respiración se ahogó en la almohada, mientras se corría a borbotones. Fue olímpicamente intenso y terminé atolondrada y exhausta.

Platicamos entonces sobre su trabajo. Me contó que las cosas aún no son graves, pero sí de cuidado. Que, a diferencia de hace algunos años, ya se tienen más identificados los protocolos para atender la influenza, pero que eso mismo ha hecho que no se emitan alarmas generales, ni se haga cundir el pánico, como aquella vez que las calles quedaron desiertas, todo mundo andábamos con tapa bocas y saludábamos de lejitos. La desventaja de esta confianza es que, al no generar alarma, las precauciones se relajan y hay más contagios que antes. En cualquier momento se puede poner la cosa más crítica.

Me dijo que las recomendaciones, además de vacunarse, son abrigarse bien, evitar los cambios bruscos de temperatura, reforzar las defensas consumiendo frutas y verduras con vitamina C y D, así como abundantes líquidos, lavarse las manos con frecuencia con agua y jabón o usar gel antibacterial; al toser o estornudar, cubrir la nariz y boca con pañuelo desechable o con el ángulo interno del brazo, evitar tocarse la cara con las manos sucias y, sobre todo, en caso de tener síntomas de enfermedad, no automedicarse, acudir al médico en friega y no ir a donde se pueda contagiar alguien más.

Yo le conté el truco de mi abuela y, sonriendo, como buen científico me explicó que el éxito de su receta consistía en que, con el vapor y el sudor se amplían los poros y las glándulas, por lo que el cuerpo puede expulsar naturalmente las toxinas y otro montón de cosas que lo afectan.

Me despedí con cariño de Miguel, y ante la alarma, me fui a casa decidida a poner la tina para seguir el consejo de la abuela. Claro, ya con la tina llena, el agua caliente, la música y los vapores, llevo una mano a mi entrepierna y comienzo a acariciar. Eso también cura y abre las vías respiratorias, pero esa parte de la receta es mía, no sé si mi abuela lo hacía, pero al menos, no era parte de su receta.

Hasta el jueves

Lulú Petite

 

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