Abre camino a mujeres

Carolina logra estudiar en el IPN en una época en la que sólo los hombres lo hacían
Tanya Guerrero
31/05/2016 - 05:00

Once en punto de la noche anterior al día del examen de admisión. Carolina Benítez está sentada a las puertas de la Vocacional No. 5 con una cobija en la mano. Es la tercera en una fila de cientos de estudiantes que pasarán la noche afuera de la escuela a cambio de una oportunidad para estudiar en el Instituto Politécnico Nacional. 

Mucha gente, pocos lugares y Carolina ahí, lista para vivir la primera noche del resto de su vida como estudiante. Un paso más hacia su sueño como profesionista.

Desde niña descubrió que tenía madera de líder. Su forma única de convencer a la gente a través del carisma le dieron algunas pistas. Siempre supo lo que quería ser: Economista del IPN. Vivía con sus tíos que la veían como la siguiente secretaria o educadora de la familia porque en la década de los años cincuenta las mujeres solo a eso podían aspirar.

Por eso cuando Caro les dijo que no sería maestra, en principio ellos le negaron su apoyo. Como era difícil entrar al Politécnico, decidieron dejarla presentar el examen con la intención de que ante el fracaso Carolina desistiera, pero eso no sucedió. Quedó entre los primeros alumnos de su generación y se convirtió incluso en jefa de grupo.

Fue una de las mejores alumnas y pionera de la familia en dedicarse a estudiar Cálculo Diferencial e Integral con miras a llevarlo al mundo de las finanzas.

“En aquel momento los que estudiaban Economía se iban a trabajar al gobierno. Lo que yo quería era aprender a manejar el dinero y ayudar a la gente. Era una carrera muy cerrada en cuanto a la oportunidad que se les daba a las mujeres”, comenta la mujer de 74 años de edad, quien más tarde descubriría que no solamente sus tíos pensaban eso, sino también algunos de los maestros que tenía en la carrera. Muchos de ellos creían que el mejor papel de una mujer, estaba dentro de una cocina.

En su primer día de clases de la Escuela Superior de Economía, los hombres le hacían valla para chiflarle porque Caro era una de las únicas cuatro mujeres del salón.

Al llegar, un maestro la vio a ella y a sus compañeras sentadas en las bancas y les dijo: “¿Qué hacen estas viejas aquí? deberían estar lavando trastes” y el resto del grupo se rió. Pero Caro con su humor característico le dijo al maestro: “Ya los lavé y hasta los sequé”. Con eso tuvo para que el maestro buscara exhibirla constantemente durante el año.

“No le gustó nada el comentario y me dijo: “A ver si como roncas duermes” y me pasó al pizarrón. Después de verme de arriba a abajo, comentó: “Ay chiquita, tú eres de las que sí va a tener que estudiar”. Desde entonces, el maestro no le revisaba las tareas y la reprobaba sin ni siquiera ver sus exámenes.

El último día de clases, el profesor hizo una prueba que determinaría la última calificación. A Carolina la calificó mal y antes de sacarla del salón le dijo: “Estás reprobada”, pero lo que este hombre nunca imaginó es que afuera del aula lo esperaba el director de la escuela con una carta firmada por todo el grupo en donde protestaban por el trato que el profesor les daba a las mujeres.

Le pidieron que entregara la prueba de Carolina y descubrieron que la calificación correcta era 9 y no 3. Después de eso, el profesor jamás regresó.

“Quería que reprobáramos para que ya no siguiéramos adelante, porque para él las mujeres tenían que estar en su casa”, comenta Carolina, quien celebró su victoria contra la cerrazón machista trabajando más de 25 años como economista y convirtiéndose en asesora de empresas como Siemmens, Philips, Volkswagen y Calzado Canadá, luego de estar en la Secretaría de Industria y Comercio y Hacienda.

“Amo mi carrera y me realicé al 120 por ciento en mi profesión. Hice buenos proyectos y triunfé. Siempre tuve una serie de grandes satisfacciones y con eso me quedaré por siempre”.

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