La suegra incómoda

La aversión hacia la madre de su pareja esconde un deseo que pone en aprietos a Felipe
Yudi Kravzov
29/03/2014 - 03:00
uiero cortar con mi novia porque detesto a su madre. Me molesta su presencia. No me gusta ni su cocina ni su conversación en la mesa. No me agradan sus chistes, ni su desenfado. Detesto su manera de discutir temas serios, sus juicios y sus frases aleccionadoras en las que cita autores que nunca he leído. 
No me interesa hacerle plática porque no comparto sus pensamientos ni en torno a la política, ni al futuro del país, ni sobre la lealtad de los mexicanos, ni sobre la guerra del narco, ni sobre el budismo, ni el yoga, ni el Tai chi. No es una mujer mala ni corriente, no es vulgar ni grosera conmigo. Es más, la señora se esfuerza por ser amable y a Nieves y  a mí, nos deja espacio en su casa cuando vemos una película en la noche o cuando nos encerramos en su cuarto a estudiar. Lo que me sucede es mucho más profundo.
Yo ya había escuchado en diferentes ocasiones decir que las mujeres y sus madres acaban por parecerse. Eso no me molestó cuando conocí a Nieves. Al contrario, mi primer contacto con su mamá fue agradable. El papá no vive con ellas y me pareció interesante entrar a una familia encabezada por una mujer fuerte, independiente y atractiva . 
Con el paso del tiempo, comencé a ver en mi suegra a una mujer sumamente amenazadora, de convicciones firmes y erróneas; una mujer que no escucha y que tiene ideas arraigadas que no se cuestiona ni cuando la cuestionas.
La relación de Nieves con su mamá no me molesta. Ellas dos parecen llevarse bien, especialmente cuando se van al Centro a comprar chacharitas. Nieves le pide permiso para todo y su mamá la deja hacer todo. Se tienen demasiada confianza. Lo que pasa es que mi suegra es controladora y lo que más le gusta es estar informada. 
No sé explicar bien lo que siento y tampoco puedo entender lo que me sucede. Me da pena contar que por las noches, cuando salgo de casa de Nieves, me quedo con la imagen de su mamá durmiendo, y hasta busco en la ventana de su habitación para ver si nos vigila, porque siento su mirada recargada en mí. 
Mi suegra está presente en su hija, y a mí la señora me hace sentir incómodo o, mejor dicho, acorralado. Esa es la palabra: acorralado. No me gusta su forma de sentarse a ver la tele. Me incomoda verla en la cocina, hablando por teléfono, caminando de un lugar a otro, discutiendo asuntos de trabajo o hablando horas con su hermana. Me siento mal cuando la miro leyendo cerca de la ventana y la luz del sol le ilumina la cara y le cobriza el cabello.
La mujer es guapa. No quiero que quien me lea me malentienda. Es simplemente que mi suegra es una cuarentona que no respeta la distancia corporal, que cree que porque soy el novio de su hija tiene que conocer todo de mí, hacerme conversación, preguntar viéndome intensamente a los ojos, abrazarme fuerte cuando me saluda o despedirse tocándome la cara y alargando la conversación para no decir nada. 
A mí me dan ganas de llevarme lejos a su hijita para hacer nuestro nido. Incluso he llegado a soñar en irme con Nieves a otra ciudad, o mejor, a otro país. Sin embargo, la simple idea de que mi suegra nos vaya a visitar y se quede a dormir en nuestra casa y se bañe en nuestro baño, me quita el sueño. Me molesta imaginar servirle en la mesa o tener que atenderla.
No quiero su vida en mi vida, ni su mesa en mi mesa; no quiero su sangre en la de mis hijos, no quiero que Nieves le hable, ni la vea, ni que le pregunte, ni que le cuente. Todos los días le encuentro otro defecto. Cada que pienso en mi suegra, se me confunde la verdadera razón de mi enfado. La verdad es que ella me da algo que no tienen ni su hija ni ninguna otra mujer. Ella provoca algo en mi cuerpo y ya no sé ni qué sentir. Cuando pronuncio su nombre es como un embrujo; se me eriza la piel cuando oigo su voz, cuando pienso en su aroma, cuando deseo en mi boca el sabor de sus senos, cuando me imagino dándole un beso largo y cuando me sueño dentro de ella, y a ella, pidiéndome más y jadeando abajo de mí.

 

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