El triunfo anhelado

El Mundial se convierte en la oportunidad para curar viejas heridas y buscar uno de los sueños más preciados
Yudi Kravzov
28/06/2014 - 05:00
Mi mujer es la más lista de todas. Cada vez la escucho más. Como que me conoce bien, como que sabe lo que necesito. Me da lo que me gusta cuando me dejo consentir, sobre todo cuando no peleo, cuando la amo y la escucho.
 
No importa si es Grecia contra Japón, Australia contra Holanda o Uruguay contra Inglaterra; la verdad es que para mí, estos días de fut, son lo más cercano a lo que imagino puede ser el paraíso. No necesito más que estar en mi cama, con mi pantalla, las quesadillas con nopalitos, el chicharrón con guacamole, y mi vieja conmigo a mi lado para disfrutar.
 
Muchos pensarán ¿a quién no le gusta ver un buen partido? ¿quién diablos no quiere pasarse la vida disfrutando del futbol?
Yo durante mucho tiempo no pude ver un mundial, ni siquiera un partido de liga nacional. Rompí con el fut por mucho tiempo. Me la pasé enojado conmigo, con Dios y con la vida.
 
Yo fui de esos que destacó en la prepa, de esos seleccionados que pudo haber triunfado y tener un futuro como futbolista. 
Desde niño soñaba con ser jugador profesional, pero nunca logré mi sueño porque las rodillas me fallaron y a los dos años de entrenar, cuando ya estaba en edad para ser seleccionado, después de una mala caída, me tuve que operar.
 
Los meniscos nunca me quedaron bien. Tomé fisioterapia, masajes calientes y fríos. Bueno, hasta visité al curandero del pueblo de mi abuela porque decían que sabía hacer milagros. 
 
Sin embargo, mi cuerpo no estaba armado para correr ni para patear; tuve que aceptar que mi destino no era ese y, muy a mi pesar, aparté de mi vida todo lo que tuviera que ver con el futbol.
 
Este año, Tere, mi mujer, me suplicó que pidiera mis vacaciones a partir del 12 de junio porque me tenía una sorpresa. Pensé que me quería llevar a una cabaña lejana donde el futbol no fuera el tema principal. 
 
Creí que iríamos a un lugarcito en el bosque o a una playita lejana, donde nadie hablara de balones y los goles no se escucharan. Pero al contrario, compró una pantalla muy grande que ella misma instaló en la recámara y nos hemos pasado unos días deliciosos de sexo, futbol y botanitas.
 
Si me preguntan, no se me antoja salir a ningún restaurante ni a ningún bar. He visto todos los partidos acostado en la camita con mi Tere, y hasta para los medios tiempos tenemos nuestro ritual. 
 
Hicimos nuestra quiniela, vamos al súper, preparamos la comida y las botanas. Le vamos a equipos opuestos y a veces el arbitraje es malo, pero aun así, disfrutamos de cada partido. La gran pantalla de televisión desaparece en esos gloriosos medios tiempos en los que nos damos con todo y con mucho amor; sudamos como si también estuviéramos en la cancha. Son 15 minutos enteros de dicha, de emoción, de caricias, de besos y de sentirnos uno en el otro.
 
Tres o cuatro partidos diarios nos tienen borrachos de futbol. Soy un hombre feliz con esta reconciliación deportiva. Estoy listo para ver partidos con la gente del trabajo, con mis amigos y con mi familia. Ya basta de complejos; si no me tocó en esta vida, me tocará en otra.
 
Sé que mi Tere me conoce y yo la conozco también. Ella quiere que en estos días logremos el chamaco que a la fecha no hemos podido engendrar. Sé que ella planeó todo porque conoce mi corazón y mi tristeza, porque cada que el mundo se viste de futbol me pongo triste y enojado. Pero esta idea suya de entregarnos así entre partido y partido, de hacer nuestra la historia futbolera y de ritualizar de esta manera el mundial, van a hacer que metamos un golazazazo y que tengamos un lindo chamaco o una Teresita preciosa.

 

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