Lo vi tras años y perdió el encanto

Aunque sus ojos irradiaban la misma luz alegre que me conquistó entonces, había algo en sus gestos, en sus movimientos y en el tono de su voz que me hacía sentir que a sus 45 se sentía vencido
Yudi Kravzov
28/03/2016 - 05:00

Por fin se salió de mi cabeza. Logré poner punto final a esa historia que se abrió en mi vida por error. 

Hace más de 35 años, en el descanso de las diez y diez, lo vi por primera vez. Él estaba hablando con el profesor de química. Sentí algo profundo. Su mirada me penetró.

Desde ese momento, seguí por toda la escuela al niño con frenos y zapatos de gamuza que jugaba futbol y se reía todo el tiempo. 

Estábamos en primero de prepa. El flechazo de Cupido, del que todos hablan de manera metafórica, fue literal. Desde entonces me obsesioné pensando en que él era el amor de mi vida, que seríamos novios, que nos querríamos y que en nuestro destino estaba conocernos y querernos. Su nombre se convirtió en el mantra que repetí más de un millón de veces. Cada una de esas sílabas tenía eco en mi interior. Mi voz arrojaba al universo mi deseo de estar con él. Su nombre, entre murmullos y llanto; en cada ladrillo de mi pared, en mis cuadernos y mis libros, en mis despertares. 

Su nombre, en la tristeza de la lluvia, en el vacío y en la decepción. Su nombre envuelto en un suspiro, en la desesperación. Su nombre junto al mío; sus iniciales entrelazadas con las mías. 

912 días y diez horas pensando sólo en él, idealizando los encuentros, tratando de enamorarlo en vano, intentando conocer al hombre que sin saberlo robó literalmente mi aliento. Por él me olvidé de mí y de lo que de verdad quería en ese momento. 

Después, cuando se hizo de una novia, la historia se convirtió en capricho tonto. Me convencí de que todo pasó en mi imaginación. Nunca lo conocí ni hablé más de tres palabras con él. 

Terminamos la prepa y dejé de verlo. Me fui de la ciudad y volví unos años después. Supe que se casó y que tuvo hijos. Luego dejé de saber de él hasta hace unos días que me lo encontré por casualidad y nos metimos a un café a platicar. 

Nunca lo busqué por Face ni traté de hacer contacto. Nos encontramos en un supermercado de manera casual. Aunque sus ojos irradiaban la misma luz alegre que me conquistó entonces, había algo en sus gestos, en sus movimientos y en el tono de su voz que me hacía sentir que a sus 45 se sentía vencido. Su conversación era trillada y sus chistes malos. Lo veía, y no imaginaba descubrir nada de la vida a su lado. Por fin, ahí estaba frente a mí, después de años de no vernos, pero ni su conversación ni sus ideas me parecieron valientes ni originales. 

La imagen del tipo atractivo que tantas noches deseé se desvaneció cuando no ofreció pagar el café. Yo que me imaginé tantas veces retándolo con mis besos, volando entre caricias, ahora no encontraba razón alguna para darle mi tiempo, ni tratar de hacer conversación. Todas esas ilusiones de encuentros fugaces, y de fajes locos, todas aquellas veces que lo imaginé acariciando mi piel y hablándome al oído, se habían disuelto en ese encuentro. Me aburrió. 

Dejé que me contara de sus hijos y de sus viajes. Poco a poco, la imagen del hombre que me arrebataba los suspiros se fue desvaneciendo. Nos despedimos y salí de ahí libre, contenta de ya no desearlo más. 

Ahora, cuando pienso en él, ya no repito su nombre, ni me saca la sonrisa que me sacaba de niña. Se me apagó el deseo adolescente. Me gusta pensar en que estuve equivocada, que en su carácter no había fuerza, ni aventura en su deseo. 

Me gusta ser la mujer que nunca lo necesitó, que ama sólo cuando admira, que valiente entrega el corazón y que reconoce cuando se equivoca.

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