El gran detalle

La mujer perfecta se ve opacada por el amor desmedido que tiene por sus mascotas
Yudi Kravzov
26/07/2014 - 04:00
Pocas mujeres son tan lindas y hacendosas como Minerva. Desde que la conocí, me di cuenta de que es la mujer ideal para compartir la vida. No lo digo porque le guste ser una buena ama de casa, atender invitados y cocinar sabroso. Tampoco porque es ordenada, comprensiva y dulce. 
 
Lo digo porque en su forma de ser existe un instinto de protección completamente natural y auténtico hacia todos los seres vivos del planeta. Es buena con los niños, con las plantas, con la gente de la tercera edad y con los animales. Lo que no soporto es que adora a los gatos, y en algún momento de su infancia se le metió la idea de que debe cuidar de ellos como si fueran sus hijos. 
 
Si no fuera por esa pasión, que según yo es enfermiza, ya le hubiera propuesto matrimonio y compartiría con ella todos los días de mi vida, viajando y conociendo las playas de nuestra república.
 
Algunos me dicen que no debería de importarme tanto si Minerva tiene o no gatos en su casa. Incluso, los felinos nunca me han disgustado: son limpios, cariñosos y dan menos lata que los perros; pero los gatos de Minerva me quitan el sueño, me dan repulsión y me hacen sentir todo el tiempo como si fuera un intruso. 
 
Me siento vigilado, como si estuvieran celosos porque duerme conmigo, me atiende y porque “invado” el espacio de compañero que aparentemente ocupan ellos cuando yo no estoy. 
 
Son más de nueve y se esconden por todos los rincones de la casa. Cuando me despierto me topo con sus ojos. Por las noches, haciendo el amor, me siento observado, incómodo. He soñado que me saltan a la cara cuando ella gime, que me van a rasguñar la espalda cuando la monto, y si le estoy dando sexo oral, me desconcentro pensando en que me van a enterrar las uñas por la espalda y a rasguñarme el culo.
 
Ya se lo he planteado varias veces a Minerva. Le he dicho que no me gusta el olor de su casa ni los pelitos de su ropa, que detesto el ambiente en el que vive y que si yo no estoy cómodo en su espacio, pues tenemos que dormir en mi casa y encontrar otra forma de convivir. Ella solamente se ríe, dice que soy un tonto, que los gatitos son dulces compañeros y que no puede sacarlos de su vida porque viven con ella y sin ellos se muere.
 
Me ha tratado de convencer diciéndome que cómo espero que ellos me acepten del todo, si yo actúo con miedo y rechazo. Dice que los gatos son muy sensibles, y que igual que nosotros, de inmediato sienten la empatía, la indiferencia o la intolerancia. Me pide que deje de actuar de forma tan torpe con ellos y que entienda que si me miran, es porque en su naturaleza está ser analíticos y curiosos. 
 
Les gusta observar, y sobre todo, estar al pendiente de que ella esté bien. Ya me explicó que los gatos son verdaderos acompañantes, que buscan todo el tiempo estar con su humano, pero sin hostigarlo. Minerva me pregunta: “¿Cómo actuarías si alguien entrara a tu casa y te mirara con recelo, con temor y con rechazo? ¿por qué si mis gatos te permiten la entrada a su casa y te respetan, tú no eres capaz de mostrar un poco de amabilidad?” y luego me pide que intente convivir con ellos. Se burla diciendo que nunca he vivido con un gato, dice que no los conozco y que no sé cuánto amor, compañía y felicidad me pueden dar. Yo no termino de sentirme cómodo con tantos gatos mirándome, no descanso bien y no rindo en la semana.
 
Ahora estamos en tregua. Nos llamamos sólo por las noches, especialmente cuando llueve. La oigo triste y la imagino como a Gatúbela, sentada en su estudio, rodeada de gatos, haciendo planes, sin necesidad de compañía.
 
Ya traté de salir con una amiga de mi cuñada, con la prima de una amiga y con la vecina de un amigo, que además de simpática, sabe cocinar. Sin embargo, no encuentro en estas otras mujeres ese misterio que le siento a Minerva. No veo en ellas esa dulzura por la vida de pareja, ni esa afinidad en la cama que siento con ella. De vez en cuando, me pregunto si soy yo o es ella, si exagero o exagera, si el amor es aceptar o ceder, o si es que a mi edad ya no estás dispuesto a cambiar absolutamente nada.
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