La mejor opción

El amor abre la puerta para que un hombre pueda dejar un trabajo tedioso y arriesgado
Yudi Kravzov
25/10/2014 - 04:00
ISMAEL
 
Desde que tomé el trabajo de guardia en la cafetería, le hacía el amor a mi esposa, pensando en que cada día podía ser el último de mi vida. Dudaba de si al terminar mi turno, seguiría sano y completo. Mi entrenamiento de escolta me autoriza a llevar armas, pero el sentimiento en mi corazón no es animal, y mis ganas de matar no son fuertes. Suena ridículo, lo sé, pero yo todo el tiempo pensaba en que iba a morir en una balacera, hasta que ella le dio un giro sabroso a mi vida.
 
En el trabajo de guardia en la cafetería, me la pasaba todo el tiempo parado, erguido, serio y callado; el día se me hacía eterno y monótono. 
 
Mi mujer, que vive preocupada escuchando las noticias, se la pasaba diciéndome que el día menos pensado me iban a meter un buen susto y que las cosas no están para ponerse a cuidar a los demás, vestido de azul, con un chaleco y una pistola en la cintura.
 
Me decía que los vigilantes son el primer blanco y que mejor me buscara otra chamba. En mis ratos libres, yo entrenaba a mi mujer, porque como me tenía que ir a trabajar y no estaba en casa todo el día, decidí que era buena idea enseñarle defensa personal. A veces pensaba que, mientras yo cuidaba a otros, podían dañar a mi familia. Me dolía dejar a mi esposa sola con los niños, en este mundo tan rudo que hemos construido.
 
Me aburría y me cansaba en mi trabajo en la cafetería, porque uno se pasa de pie en la entrada más de ocho horas, vigilando. El trabajo consiste en observar a los que entran, a los que salen, a los que se descuidan. Uno tiene que ver con atención, fijarse, estar atento para que no haya movimientos raros y que no entre gente sospechosa.
 
Mi mujer me decía que tratara de conseguir otro empleo, mientras yo le agradecía al cielo tener trabajo. Aunque las horas se me pasaban lentas y aburridas, llegaba a la casa con la tranquilidad de tener con qué mantener a la familia. No veía opciones, hasta que mi reinita linda me organizó entre sus amigas unas clases de defensa personal. Sus amigas me recomendaron con otras amigas y después con sus maridos. Quitamos los muebles de la sala y ahí creamos un buen espacio. En poco tiempo y de un momento a otro, me convertí en entrenador de defensa personal.
 
Además de que mi día se ha vuelto mucho más divertido, de que trato con la gente en lugar de estar solo, callado y vigilando, siento que me valoran, me aprecian, aprenden de mí y además, me ejercito. La defensa personal me ha dado alegría, me ha presentado una forma distinta de convivir con los de mi colonia. 
 
Me la paso pensando e investigando nuevas técnicas. Me gusta entrenarme y entrenar a mis alumnos para estar atentos a los robos, para correr, para defender su pertenencias y sobre todo, para defender su vida. Me considero más útil desde que no estoy tan solo, parado en la entrada de la cafetería, como un poste armado, ignorado hasta por los que cuido. Cuando estás ahí, nadie te saluda, te sientes transparente.
 
Todos sabemos lo que está sucediendo en el país. Hombres y mujeres nos tenemos que poner la pila para defendernos. Además de ejercicios y trucos de alerta, le doy a mis alumnas teoría de seguridad para cuando caminan solas, para cuando empujan carriolas, para cuando van por la noche y está obscuro. Mi mujer, una vez más, cambió mi vida. Por eso en las noches, me le acerco con mucho cariño, me acurruco junto a ella, le digo que la quiero. Primero, la beso suavecito, convenciéndola, adorándola. La voy explorando, subiendo, bajando con mucha ternura. Aumento poco a poco la intensidad, y ya que la siento bien mojada, le hago el amor frenéticamente, la cambio de posición y guío su cintura con mis manos, hasta que ella termina con un gemido fuerte y entonces yo le doy hasta quedar completamente satisfecho. Me siento bendecido y contento. Ahora como con los míos, me la paso en casa, amo a mi mujer y cada que pienso en lo que hace por mí, me dan ganas de cuidarla todavía más.
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