Me enamoré de ella en el taxi

“Me atrajo su manera de pensar, la frescura de su aroma y la libertad de sus muslos”
Yudi Kravzov
25/04/2016 - 05:00

Se dice que los ingenieros no sabemos escribir, pero me voy a arriesgar... Salí de una junta y me quedaron dudas de cómo me había ido, de si me gusta lo que hago o no, de si vivo en el tiempo y el lugar correctos, con la gente correcta. 

Y es que a veces tengo la sensación de querer tantas otras cosas, que odio sentirme esclavizado por el deber ser. Hay días en que mi trabajo me agobia; me presiono demasiado, y quiero que todo salga perfecto. “Mi carrera es lo primero, mi carrera, lo primero…” Ese es el mantra que me repito todos los días. Soy ingeniero; quiero ir y llegar a más, pero la vida es muy traviesa y hace lo que no debe.

Tomé un Uber Pool porque mi colega me dijo que eran la neta, que a veces no se sube nadie más y que de todos modos, te cobran menos. Como no teníamos prisa, me pareció interesante pedir uno. La verdad es que sí me latía poder ahorrarme, aunque fuera unos cuantos pesos. Me subí y me encontré a una hembra, carajo... Era el lugar menos esperado. Nunca pensé que un coche compartido sería el sitio en el cual me enamoraría de una hembra como ella. 

Me atrajo su manera de pensar, la frescura de su aroma y la libertad de sus muslos. Empezamos a hablar de que ya había bajado un poco el calor, y de los cambios del clima. Que si de pronto llueve, graniza, hace frío, sale el sol, y vuelve el calor. 

Después nos quejamos del “No circula”; también hablamos mal del nuevo reglamento de tránsito y criticamos a las autoridades de la ciudad. Platicamos de todo un poco y después, no me acuerdo cómo surgió el tema, pero empezó a decir que las mujeres deben comprarse flores y no esperar a que se las regalen. Deben dejar de chingar con pendejadas y sin pudor ni tapujos, llevar la batuta del deseo. Deben decir que tienen ganas de coger, si es que tienen ganas, y saber decir que no, cuando no quieran. Entre agobiada, indignada y divertida, me explicó que lleva años escribiendo cachonderías que ayuden a la estimulación y desarrollo de la inteligencia sexual de sus lectores.

No sé cómo lo hizo, pero dijo que los ingenieros somos más inteligentes de manera aritmética que sexual, y que su objetivo es sexualizar a diario. Yo iba procesando con lentitud las ideas que explicaba. 

Me enterneció cuando mencionó su frustración por no ser buena cibernéticamente hablando. Dijo que no se le daban ni los tweets, ni los likes, ni todas esas mamadas. 

La sentí desesperanzada por no poder llegar a más oídos. La intensidad de sus palabras, la locura y tanto sentido común me movían a seguir escuchándola. 

Estuve a punto de ponerme a sus pies, decirle que la amaba, pegar mi oreja a su pecho y quedarme sintiendo sus senos en mis cachetes. 

Me gustaron sus ojos, su perfil y sus pecas. Había algo en su sonrisa que me desarmaba. 

Su vestido negro me encantó; la piel de las piernas le brillaba. Su voz ronca y coqueta, me anunciaba que lo que yo tenía eran ganas. 

A ratos me sorprendo pensando en cómo será ella en la cama. Cuando estoy en el trabajo, la pienso. Se me aparece en la pantalla de la computadora, la dibujo, la leo y le he marcado a Uber para pedir sus datos. 

Quiero saber su nombre para ver si me dice qué le gusta hacer entre las sábanas. La no respuesta me deja mudo. No dejo de sentir la fuerza de ese huracán que me tiene atrapado.

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