Ray me lleva a otra dimensión

Yudi Kravzov
24/08/2015 - 03:00

Hace 23 años, mi hermano Pedro me dijo: “Anita, resuelve pronto los problemas que tienes con tu novio y lárgate de una buena vez de la casa de papá y mamá, porque ellos no hacen más que pelear y pelear. Inicia tu propia vida”. 

Le hice caso a mi hermano y decidí formar mi propia familia con el hombre que me amaba. 

Entendí que si no me salía de esa casa, iba yo a terminar hundida en el mismo pantano de mierda, gritos y pobreza, en el que vivían mis padres.

Esa misma noche, en plena reconciliación, le dije a mi novio que lo que necesitábamos era vivir juntos, unir fuerzas, vencer todas las dificultades de la vida, olvidarnos del mundo y hacer una pareja fantástica, sólida y leal. Le dije que nosotros teníamos la madera para salir adelante, que juntos éramos mucho más fuertes. Entonces nos juramos valentía, amor y confianza. Hicimos el amor toda la noche. Fue mi primer hombre en la cama. Por la mañana, desperté envuelta en el torbellino del compromiso, la boda, el vestido, el mole, la fiesta. Todo en mi vida se volvió preparativo.

A partir de entonces, hemos luchado codo a codo para tener lo que tenemos, y hemos ayudado a sus papás y a los míos. Nuestros tres hijos son encantadores y la vida sólo nos ha regalado cosas buenas. Nuestra felicidad se ha basado en querernos, en el orgullo de tenernos, en salir adelante y en lograr un patrimonio para nuestros hijos y nuestro porvenir. Todo iba perfecto, hasta que me topé con Raymundo, el hombre más tierno y adorable que he conocido. Nunca imaginé que se fijaría en mí. Desde el primer instante en que lo conocí, me volvió completamente loca. 

Hacer el amor con Ray me lleva a otra dimensión. Me muero de la angustia cada vez que sé que lo voy a ver; la adrenalina me mata, pero ya que estoy con él, nada en la vida se me hace más delicioso.

 Mi marido, que es y seguirá siendo el hombre más bueno del planeta, no sabe coger como Raymundo, no sabe hacerme sentir mujer, ni conoce todos esos secretos sexuales, orales y anales. 

Desde que conocí a Ray, mi vida es otra, y mi lado femenino se ha hecho mucho más atractivo y sensual. Me quiero más y mi marido, mis primas y hasta mis hijas, me ven más feliz y llena de energía.  

No me quiero divorciar; sé que mi relación con Raymundo es un capricho, un paréntesis, o digamos, una travesura, pero desde que lo conozco me muero de ganas de verlo todos los días y de meterme a su cama para perderme entre sus brazos con cualquier pretexto. 

La rutina de mi matrimonio ya no me importa. Antes estaba un tanto harta de ese mundo soso y aburrido que mi marido me contagia. Yo quería vida y diversión. Ahora eso me lo da Raymundo, quien me devuelve las ganas de vivir. Y es que yo no creo en el divorcio, así que voy a envejecer con mi marido. He decidido vivir esta aventura con Ray el mayor tiempo posible. Ya ni siento culpa de poner cuerno; sólo pienso que la vida es corta, que mis mejores años se van a terminar, que he cumplido con mi familia hasta el cansancio y que, mientras esto dure, no voy a dejar que nada se interponga entre nosotros. Claro que muero de la angustia de que nos cachen, pero nos refugiamos en lugares secretos, en hotelitos perdidos. Aprovechamos cualquier momento y nos vemos cuando mis hijas están en la escuela, cuando su mujer no sospecha, cuando yo invento que me fui al gimnasio, cuando mi marido está en la chamba, cuando todo el mundo está en lo suyo y él y yo nos escapamos del mundo dentro de un cuartito de hotel. 

La culpa me la quito diciéndome mil veces que esto es un travesura pasajera; pienso que dentro de unos meses todo se va a terminar, y me envalentono cuando me miro al espejo, me siento guapa y veo que mi marido se la pasa conectado a la tele, en lugar de darme amor. 

Yo sola me doy valor cuando me acuerdo de que me casé para salir de mi casa, y para huir con un hombre del que no estaba enamorada. Mi esposo ha sido mi compañero, pero no se acerca ni tantito a ser el amor de mi vida.

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