Afortunada coincidencia

Una tormenta permite que dos almas en pena encuentren el refugio que les permite olvidar sus problemas
Yudi Kravzov
23/08/2014 - 03:00
Pensé que sólo el sexo te llevaba al cielo pero un ángel se me apareció en la vida. Lo primero que recuerdo fue un sórdido trueno que me despertó del ensueño en el autobús donde viajaba. A partir de entonces, comencé a platicar con el hombre canoso que estaba sentado a mi lado y que estuvo leyendo todo el camino.
 
No tuve ganas de contarle que tomé la difícil decisión de hacerme un aborto. No quise decirle tampoco que varios días lo estuve meditando, ni que me rehusé a compartirlo con mi familia, ni que me inventé una entrevista de trabajo en la capital ni que tomé camino muy justa de dinero.
 
Cualquier otro día hubiera caminado sin problema los dos kilómetros que separan la estación de camiones de la casa de mi tía Carla, pero como no tenía paraguas y llovía con fuerza, me quedé junto a una puerta de la terminal a esperar a que dejara de llover.
 
El hombre mayor que estuvo sentado a mi lado se acercó a preguntarme si necesitaba un aventón. Acepté la invitación de subir al mismo taxi; algo en él me dio confianza. Le di al conductor la dirección de mi tía Carla. Había mucho tráfico. En el camino, el hombre aprovechó para contarme que había enviudado hace poco, que necesitaba encontrar unas escrituras que tenía perdidas, que se iba a instalar en el departamento que había compartido con su mujer, el cual llevaba casi tres meses cerrado. 
 
De la nada, me preguntó si lo podía acompañar al departamento, sin ningún compromiso.La invitación me asustó. Frente al portón de mi tía Carla, pensé en todas las mentiras que tendría que inventar para que ella no se enterara de que vine a hacerme un legrado. Así que de pronto, la idea de acompañar a ese hombre, al que yo podía ganarle a golpes si la cosa se ponía fea, me pareció menos riesgosa.
 
Llegamos a un departamento lindo, pero desacomodado y sucio. La cama estaba totalmente desecha. Pregunté si tenía sábanas y cobijas limpias y rápidamente le tendí su cama. Preparé para mí la cama individual de la habitación de al lado y eché en la lavadora la ropa sucia que encontré tirada en su recámara.
 
Después de pasar al baño, lo escuché dar vueltas en la cocina. Me acerqué a ver qué se podía rescatar de ese refrigerador medio vacío. Había una cebolla amarillenta, unos chiles serranos ya marchitos, dos manzanas viejas y arrugadas, un queso lleno de moho y un toper con un guisado echado a perder, entre otras cosas. Acabé cocinando una pasta a la que le agregué unos champiñones de lata que freí con aceite de oliva y ajo. Encontré un botecito de parmesano rallado que sí servía y lo espolvoreé sobre la pasta. Él abrió un vino tinto que me supo delicioso. Antes de irnos dormir, me agradeció la cena y me habló de su mujer; yo mientras lavé los platos y puse en orden la cocina.
 
Nos dimos las buenas noches; le dije que saldría muy temprano a mi entrevista y que llegaría por la tarde. A las cuatro de la mañana, desperté asustada. ¿Qué hacía yo ahí? Dudé si mi decisión fue la correcta y ya no pude volver a dormir.
Salí de la clínica más o menos a las cuatro de la tarde. Cuando llegué al departamento, dos sopas instantáneas con trocitos de salchicha esperaban sobre la mesa. Me dijo que era lo poco que sabía cocinar. Trató de hacer conversación. Yo no hablé mucho; le dije que me fue mal en la entrevista y que la sopita me había caído de maravilla. Di las gracias y me fui a dormir.
A las siete de la noche abrí el ojo. Lo escuché hablando solo y lidiando con un montonal de papeles. Me acerqué a ayudarle y al poco tiempo, dimos con las escrituras que buscaba. Contento, ofreció pedir una pizza a domicilio, sacó la botella de vino que no nos habíamos terminado y vimos una película mientras afuera seguía lloviendo.
 
No hubo ningún tipo de interacción sexual, pero como a eso de las seis, desperté envuelta en un abrazo consolador. Me quedé inmóvil pero después sentí cómo, de manera cuidadosa y quizás hasta apenado, él se levantó de la cama.
 
Horas más tarde y ya más recuperada, desayunamos té y un poco de pan dulce que compré en una panadería cercana. Me ofrecí a dejar la casa limpia y arreglada, así como la dejaba siempre su mujer. Tomé camino bajo un cielo azul y un sol brillante. Lo más lindo de todo es que él me dijo que yo fui un ángel que le cayó del cielo.
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