Cambio de juego

Mientras Tláloc cumple uno de sus sueños en el Mundial, su esposa entró a una cancha ajena
Yudi Kravzov
22/06/2014 - 02:32

Se fue a Brasil. Quería estar con la selección y sentir los ánimos del equipo muy de cerca para transmitirles vibras de triunfo. Deseaba con toda su alma ver en vivo a Oribe Peralta incomodar al otro equipo, a Herrera tomando el rebote, a Héctor Moreno tocar el esférico y al Rodríguez esquivando al otro equipo.

Su mujer se quedó en México y lo vio partir con una sonrisa. Los dos habían estado ahorrando desde hace cuatro años para viajar juntos, pero entre una cosa y otra, sólo pudo ir uno y ella le cedió el lugar a su marido. Mientras Tláloc estaba en el estadio, empapado de lluvia, gritando hasta las lágrimas y mentando madres, su mujer estaba acostada en su cama, almorzando unos huevitos a la mexicana, con frijoles negros, machaca doradita y unas buenas tortillas con la vecina a la que adora y con la que va pasar el mundial entre arrumacos.

Tláloc unió su voz a la de los paisanos que gritaban “¡puto!” cada que el portero camerunés lanzaba el balón. El Tri se deslizaba sobre un terreno de juego mojado, escurridizo. Tláloc los animaba a entregarse y veía embelesado cómo el Maza Rodríguez se la rifaba y cómo el Gallito se echaba unos buenos cacareos. 

Se encabronó con Aguilar porque tuvo una buena oportunidad y no se atrevió. Le gustó que Guardado estuviera ejerciendo tanta presión sobre Camerún. Tláloc se deshacía con cada tiro libre. De pronto, vino un latigazo veloz sobre Ochoa. ¡Qué susto! El Piojo Herrera estaba muy inquieto, gritando, con los brazos enloquecidos.

¡Qué pinche rabia sintió Tláloc contra Márquez cuando le quitó el cabezazo a Moreno! Pero lo que lo hizo desgañitarse y decir todas las peladeces que se sabe, fue la anulación del segundo gol de Gio. ¡Árbitro hijo de su putísima madre! ¡No hubo fuera de lugar! ¡Qué ganas de ponerle un rodillazo en los meros güevos a ese árbitro cabrón y pendejo! Y poco después, cuando Guardado estaba en el suelo por el madrazo que le pusieron en la cara, y el árbitro no sacó la tarjeta, Tláloc mentó madres hasta quedarse ronco.

Cuando terminó el primer tiempo, las vecinas sabían que los jugadores se iban a dar una ducha caliente y ellas hicieron lo mismo: se dieron un buen regaderazo. Ahí fue donde comenzaron las jugadas de peligro. 

Comenzó el segundo tiempo y en Brasil, con el pito encogido, por el frío, por la lluvia y por los nervios, Tláloc presagiaba lo peor cuando el árbitro marcó la falta y hubo tiro libre para Camerún, pero afortunadamente, ¡se la pellizcaron!

Tláloc después de muchas emociones fuertes por fin pudo gritar: “¡Goooooooooool! ¡A huevo, pinche Oribe!” Había estado encabronadísimo con Peralta por dejar ir dos grandes oportunidades, pero después del gol, lo perdonó. 

Tláloc sintió un impulso de gozo que le electrizó el área chica y se la hizo grande. Casi se viene cuando, sobre el pecho, se acarició la camiseta verde. Lloraba y se abrazaba a los paisanos mojados, emborrachados de lluvia y de futbol.

En cambio, la mujer de Tláloc y la vecina no vieron el gol por estar dentro la sábanas, tocándose, viéndose a los ojos y entendiendo lo que sienten. Sin embargo, Tláloc sintió el gol en todos los jugadores.

Entró el Chicharito y las vecinas estaban raras. No querían poner atención, pero tampoco sabían qué decirse o cómo romper o mantener el encanto. “El cielito lindo” que se coreaba en el estadio contagió a la mujer de Tláloc y a su vecina. 

Sin decirse nada, cantaron también “porque cantando se alegran, cielito lindo, los corazones, ay, ay, ay, ay…”. 

Minutos después, estaban también empapadas; entre besos y caricias, con el silbatazo final, las dos terminaron en el cielito lindo. Se dieron un beso chiquito en los labios y quedaron de verse para el siguiente partido.

Tláloc se hizo amigo de un grupo grande de mexicanos, se tomó fotos, siguió brincando y bailando bajo la lluvia, y cuando por fin llegó a su hotel, se sintió feliz por haberse mojado bajo el mismo cielo y con la misma agua que el Tri.

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