Pasión virtual

El anonimato de la red le permite ser todo un seductor, pero en la vida real oculta un secreto que tortura su alma
Yudi Kravzov
22/03/2014 - 03:00

Ya son varias las noches que Uriel tiene la misma pesadilla. Entre sueños se ve en lugares y circunstancias distintas pero, de pronto y sin aviso, le llega un periódico con la noticia a ocho columnas que anuncia que a sus 23, Uriel sigue siendo virgen.

 

Entonces comienza su desdicha; sin que nadie lo vea, trata de comerse el periódico que tiene en sus manos y se desespera cuando se da cuenta de que la noticia está en miles de ejemplares, incluso cantada por voceadores: “¡Entérese, lea la nota completa! ¡A los 23, Uriel sigue siendo virgen!”.

 

En sueños los oye gritar, ve su fotografía impresa en el papel y no le queda más que salir de la ciudad. Ahí, en el punto en que no pude huir del mundo, es cuando despierta sudoroso, asustado y se queda acurrucado en la cama, aliviado. Se repite que fue sólo un sueño y que su secreto virginal sigue guardado entre sus piernas.

 

Si bien Uriel no es viril ni sexual, siente mucho placer ante la posibilidad de ser observado. Le gusta atraer a hombres y a mujeres. Dentro de su caos, no ha podido definir su sexualidad.

 

Él quiere ser como dice la canción: la monedita de oro que le cae bien a todos.

 

Ante sí mismo se justifica diciendo que se siente como un dios que ama por igual a toda la humanidad y que sacrifica sus ganas, inhibe su libido y puede excitarse con cualquier intento de afecto. En su intimidad, Uriel está totalmente convencido de que todos somos obra del mismo creador, pero se reconoce único, tan libre y fugaz que hasta es incapaz de reafirmar su sexualidad en el mundo terrenal.

 

Le dan asco la saliva y el sudor ajenos; mira las bocas de los demás y las imagina llenas de residuos. Le asquea pensar en los fluidos, y hasta su propia mierda le causa repulsión, por lo que se limpia con guantes de látex. Usa desodorantes que ahuyentan los olores en los baños, donde se pasa mucho tiempo sacándose las ganas que lo mantienen erecto cuando se da cuenta de que llama la atención, que lo miran.

 

Nada le fascina más que gustarle a la gente; disfruta que lo vean, que lo aborden, que le suelten piropos, que le pregunten y que lo comparen con un ángel que inspira, cuando muestra los diseños que hace en su computadora. Sin embargo, Uriel no puede tener relaciones reales porque no puede darle vuelta a esa sensación de suciedad. Tras la pantalla de su computadora ha tenido algunos romances con nombres que no tienen rostros, ni textura, ni temperatura, ni olor.

 

Sus historias sexuales se reducen a intervenciones anónimas en las que él sigue siendo una mariposa sin sexo y sin color. Se niega a abrir su corazón porque en el fondo tiene miedo. Es cobarde y se hace tonto cuando le presentan amigas, o cuando un chavo gay lo aborda. Prefiere vivir sumergido en su computadora, haciendo su chamba de diseñador, hablando poco, e incursionando a escondidas en la pornografía que ve con culpa y contradicción. Pasa muchas horas secretas viendo caricaturas pornográficas, de esas japonesas, llenas de seres con ojos enormes, cuerpos estilizados, rostros imposibles, tetas gigantes, cinturas diminutas, penes fabulosos y pieles sin vellosidad. En ese mundo de trazos todo es perfecto para Uriel.

Ninguno de los personajes le repugna porque no huelen ni saben. Ya empezó a hacer su propio personaje. Es él mismo, desnudo, precioso, sin grasa, ni marcas y con unas alas blancas y grandes que le dan ese aire de ángel erótico en el que le gustaría transformarse.

 

 Uriel no lo sabe, pero ensombrece cada vez que se viene solo. La insaciabilidad lo va llenando de vacío; la masturbación se convierte en una adicción que lo aleja del mundo y lo hace sentirse sucio, perverso, y a veces hasta enfermo. No se ha dado cuenta todavía de que enfrentarse a una sexualidad tan solitaria es casi comparable con la soledad de la muerte; se castiga y no se permite abrir su corazón.

 

A veces creo que Uriel teme que el amor carnal cambie su realidad, y en lugar de hacerse cargo de su deseo, se esconde. Uriel le tiene miedo al placer, a que le hagan daño, a que la gente sepa sus secretos, a que un nuevo amante lo domine, a que el mundo se dé cuenta de que es virgen, a que disguste su olor y sobre todo, tiene terror de ser totalmente antinatural.

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