Cogíamos tan rico

¿Cómo fue que me metí en una situación tan horrible?
Yudi Kravzov
22/02/2016 - 14:20

La esposa de mi amante tiene el virus del papiloma y el idiota me quiso echar a mí la culpa. La verdad es que cogíamos tan rico, que me conformaba con ser la otra.

Yo soy esa que vivía en secreto y compartía a escondidas la vida con un ingeniero. Me endulzaba la existencia; con él, me perdía del resto del mundo en lujosos cuartos de hotel, jugando a ser una puta que ni siquiera cobraba. 

Todo comenzó con un telefonazo que me despertó a las seis y media. Desde el club, me llamó para decirme: “Tienes el virus. Me lo contagiaste; se lo diagnosticaron a mi esposa y se me armó un pedo de no mames. No me busques, no me llames. Mi vieja me amenazó con investigarme; ya sabes que su hermano trabaja en la Procu y que tiene influencias por todos lados. Me van tener el teléfono vigilado. Cuando las aguas se calmen, yo te llamo". 

Colgué aterrada. Esperé a que dieran las nueve, y llorando, le marqué a mi ginecóloga para pedir una cita. En mi trabajo, toda la mañana me la pasé pensando en que soy una idiota y que por eso me pasan cosas tan feas. ¿Cómo fue que me metí en una situación tan horrible?

El no poder contárselo a nadie me tenía ahogada; pensar en no ver más a mi ingeniero, me quitaba vida y felicidad.

¡Qué final tan triste! Mi ingeniero se había esfumado como vapor.  

A las seis en punto, llegué con la doctora. Tuve que confesarle que era amante de un casado; que era “la otra” en la vida de un hombre. Me revisó detalladamente, me hice el papanicolau y los estudios para saber si tengo papiloma. Salí del consultorio un poco más tranquila, pero con el vacío de no poder llamarlo, de saber que la historia que habíamos vivido durante años se había terminado y que yo me quedaría, quizás enferma, pero sobre todo, muy sola. 

Cinco días después de tremenda espera, de rezos constantes y mucha depresión, recibí los resultados. Para mi sorpresa yo estaba limpia. La mujer adquirió el virus por alguien que no era yo. 

Pensé en lo más obvio: ella se contagió por una relación que tiene con otro.

Feliz de estar sana, le llamé a mi ingeniero desde el celular de un amigo. 

––Yo no tengo el virus; quién sabe con qué cabrón se anda metiendo tu vieja ––le dije triunfante. 

––Por ahí no va la cosa, ni trates de meterme ideas a la cabeza ––dijo mi ingeniero en total negación. Colgamos.

Por teléfono, se me esfumó toda la admiración que sentía por él y la seguridad que me transmitía. La tristeza se me convirtió en decepción. Dejé de creer en él, de querer compartir cosas, de preguntarme qué opinaría. Ante mí, se volvió un inseguro comemierda: le estaban ‘poniendo el cuerno’ y no lo quería reconocer. 

Dos meses después, me comenzó a buscar. Ese episodio hizo replantearme dónde quiero estar parada el resto de mi vida. La libido se me bajó por completo y supe que le había dedicado años a un idiota que no quiere reconocer sus derrotas y que nunca va a luchar por el verdadero amor. Si su vieja tiene el virus, me tengo que cuidar para no salir contagiada.

Extraño a mi ingeniero y los cuartos de hotel. Muchas noches, me quedo pensando en lo que podría haber sido si siguiéramos juntos, pero andar con un tipo que se miente a sí mismo para mantener lo que parece una familia feliz y arriesgar mi cuerpo por alguien así, no va más conmigo.

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