Con ganas de echarse un extranjero

Yudi Kravzov
21/12/2015 - 03:00

Hace dos años que voy a sentarme al mismo café todas las mañanas a esperar a que llegue algún extranjero del que me pueda enamorar. 

Los veo pedir conchas de chocolate, cuernitos con o sin relleno, orejitas con azúcar, capuchinos bien cargados... Me encanta ver cómo se ponen a leer o se quedan un buen rato viendo a la gente pasar.

La ventaja que tengo de trabajar en el centro de la ciudad es que me encuentro con personas que vienen de países lejanos a conocer México.

 Yo me doy cuenta de que ven en mí lo que los mexicanos no notan. Les gusta mi piel tostada y mi cabello negro; les llama la atención mi manera de andar y mis raíces del México antiguo. En su mayoría son turistas a los que les gusta conocer historias y leyendas que cuentan nuestros abuelos.

 Son gente que se fascina cuando prueba nuestra comida, cuando me escuchan decir palabras en lenguas indígenas y que, cuando me conocen mejor, se llevan un poco de mí con ellos. 

No me gusta ser evidente, por eso no pregunto en qué trabajan, ni cuál es el hotel donde se alojan. Los miro hasta que se dan cuenta de que existo, sin necesidad de lanzarles los calzones. Les muestro secretitos de nuestro país, soy hospitalaria y servicial, y cuando puedo, les doy toloache, pero nunca he logrado que me lleven con ellos. Siempre terminan sus vacaciones y se van lejos y sin mí, asegurándome que volverán. 

Veo desde lejos a los extranjeros pasar. Me invento las historias de sus vidas, me imagino si tienen o no hijos, si tuvieron una infancia difícil, si han sufrido un poco, si vienen de vacaciones para divertirse o para olvidarse de una vida miserable que dejaron en su patria. Trato de adivinar de dónde vienen, y si tienen ganas de hablar. Hago todo para que me saquen conversación y me imagino con ellos en la cama. Les lanzo miradas, como queriéndoles decir “si me tomas, te daré cariño; si me llevas, te pagaré con mucho sexo. Sácame de México; llévame a otro país”. 

Cuando veo a alguien interesante, trato de fijarme si no olvidan sus lentes o un libro sobre la mesa. Quiero encontrar el pretexto para acercarme a ellos, conectar con uno y por fin salir de aquí. 

Si alguien me lleva, voy a besarle el cuerpo entero, lo voy a bañar entre mis piernas y voy a comerme a diario cada una de las yemas de sus dedos. Estoy dispuesta a pagar con mi cuerpo la huida, a dejar de pensar en mí. Quiero ser una mujer extranjera en otro país y volverme una mexicana exótica, en lugar de ser una mexicana invisible. Quiero que me vean con curiosidad; bueno, quiero que me vean con ojos de deseo, carajo. 

Cada que veo a uno que me gusta, pienso que si pudiera acercarme a él le diría que me lo quiero llevar al mar en estas vacaciones, que lo invito a pasar la Navidad entre los míos, pero que para Año Nuevo me lleve a otro sitio, porque nunca he salido de México y lo que más deseo en la vida es aventurarme lejos de aquí. 

Voy viendo a cada uno y pienso: “a ése, los lentes obscuros lo hacen ver interesante; la barba de ése parece de dos días; los labios gruesos de aquél me recuerdan al actor de cine que toda la vida quise besar; la forma de hablar de ese otro me hace transportarme a tierras donde quisiera llegar…”. 

Le rezo a Dios noche y día; quiero que ese italiano sea mío, que un francés caiga en mis redes, que venga un alemán, un noruego, un ruso, un chino, o quien sea que me hable en otra lengua, que me lleve fuera de nuestras fronteras, que me quite esta soledad, que me haga suya sin preguntar mi nombre, ni edad, ni mi profesión.

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