Un revolcón sabroso

Quería que el cubano me fajara me comiera a besos y me hiciera el amor a mordidas, pero no me animé a pedírselo
Yudi Kravzov
20/06/2016 - 05:00

¿QUÉ TÚ QUIERES, mami?, me preguntó el cubano mulato, fortachón y esmerado que da clases de salsa en el gimnasio de mi prima Nancy. Era cierto todo lo que mi prima me había contado. Me quedé muda de la emoción viendo los ojos atentos y dispuestos del profesor Irving a darme todo sin preguntar detalles. Para mis adentros, pensé en pedirle un revolcón sabroso, que me llevara a las estrellas, me fajara y me encuerara; que me comiera a besos y me hiciera el amor a mordidas, con caricias y no me preguntara ni juzgara.

Todo en mí tenía ganas de responderle: “Quiero que me ames la noche entera y que al amanecer me vuelvas a decir que estoy preciosa. Quiero que no me preguntes nada serio y que me vuelvas a mirar a los ojos antes de terminar; que me digas que te gusta cómo huelo, cómo se siente mi piel y cómo mi ojos te llenan. 

Quiero que me pidas mi teléfono, que te importe poco mi edad y que te emociones cuando te diga que sí, que me quiero mudar contigo al paraíso. 

Quiero saber que para ti cada noche conmigo es una locura y que me hagas todo lo que siempre me ha dado miedo hacer. Que no me preguntes, que no me contestes, que me hables de mí y quieras conocerme más sin conocerme.

Quiero que te conviertas en el guardián de mi sexo, que quieras amarme otra vez al anochecer, que me digas que no puedes entender por qué los mexicanos son tan tontos y no han descubierto el manantial que llevo entre las piernas. 

Quiero que le digas a tus amigos frente a mí que es una bendición amarme, que te encules, que me ruegues, que no me dejes un segundo de amar. 

Quiero que me des besos en la boca, en los hombros y en mi cuello; que al despertar me llenes de mensajes, que mañana me compres flores, y que en la tarjeta diga: ‘no voy a olvidar tus labios nunca’, y que solamente yo sepa que te refieres a esos labios que tú besaste, a esos labios que no hablan, que no piden y no lloran…

También, quiero que me pidas que debo estar dispuesta a complacerte, a volverme incondicional en tus deseos, que me hagas hacer cosas que me avergüencen, que fomentes mis deseos, que me pidas que me quede otra noche a dormir, que me ates a tu cama y que me hagas esperar tus besos. 

Quiero que me digas que me quieres, que me pidas que te deje jugar con mis senos, que te ruegue que no me dejes caliente en la cama y que bajes estas ganas que me están enloqueciendo; que me pidas mil perdones y que me hagas muchas veces el amor. Quiero que no me olvides, que no me retes, que no juegues con mis ganas y me tengas consentida. 

Quiero que te desvanezcas cuando respiro, cuando te quiera dejar de amar, cuando quiera olvidarte y me dejes enamorada, no de ti, sino de la vida; que con tus besos en mi memoria, yo pueda seguir mi camino y olvidarme de las ganas y la soledad que me pesan tanto.

—Mami... ¿qué tú quieres? 

—Volvió Irving con la pregunta, y yo, muda, nerviosa y extasiada, mentí con un “nada”.

—Nada, de verdad, olvídalo. Mi prima Nancy está loca , dije yo, y con mis deseos a tope, caminé llorando hasta mi casa. Me encerré en mi cuarto, y como tantas otras veces, con mi vibrador en mano, me alivié las ganas y, entre lágrimas de soledad, me quedé profundamente dormida.

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