Mi maestro de vida

“Federico tenía que estar seguro de que a pesar de todo, seguía siendo suya. Quiso mear su territorio”
Yudi Kravzov
20/03/2017 - 05:00
 

Lo malo es que Federico es mucho mayor que yo. Si no fuera por eso, sin pensarlo me iría a vivir con él y lo atendería para hacerle saber quién soy y qué tipo de “maestro de vida” fue para mí. 

Nuestro romance comenzó cuando él era casado y yo divorciada. Después, él se hizo poderoso; su empresa creció mucho y las citas de trabajo y compromisos familiares lo hicieron darle poca importancia a lo nuestro.

No salió de mi vida, pero nuestra relación se hizo de amistad, más que de sexo cuando yo me enrolé con un médico al que le tomé cariño. Mi hijo tuvo un problema de nariz por una pelea en la escuela. El doctor se portó increíble conmigo. 

Además de no cobrarme, me apoyó con la compra de medicamentos. Cuando me di cuenta, el médico y yo ya éramos pareja. Federico nunca estuvo de acuerdo. Sus arranques de celos eran absurdos, su forma de pedirme que me quedara a su lado me hacía pensar de pronto que yo era para él un objeto y no la mujer que compartiría su vida con él.

No sé si verme tan estable y feliz hizo que Federico me buscara de nuevo. Me hablaba de “nuestro espacio”, de esa yo que sólo era con él y de ese él que sólo salía cuando estaba conmigo. Nos vimos y acabamos en la cama. Ahora, a la distancia, me doy cuenta de que Federico tenía que estar seguro de que a pesar de todo, seguía siendo suya. Quiso mear su territorio y como yo soy tonta en esto del amor, le confesé al doctor que estuve con mi ex, con ese del que tanto me quejé y por el que tanto lloré.

Hay quienes aguantan las mentiras, las infidelidades y las excusas. Hay quienes deciden que cuando las mentiras existen no hay vuelta atrás. Sin reclamos ni peleas, el doctor se fue alejando. Fue como si poco a poco me borrara de su vida. Nunca lo hablamos porque todo con él era sutil, pero nunca más me volvió a invitar a su cama, ni se volvió a quedar a dormir en la mía.

Pasaron dos años y mi viejo amigo, Federico, “mi maestro de vida”, como él se hacía nombrar, perdió a su familia, su poderoso atractivo y hasta su fortuna. Yo, en cambio, otra vez, le ofrecí amor en mi espacio, hogar en mi casa y calor en las noches que pudimos compartir juntos. Entonces llegó a mi vida una oportunidad nueva, un alumno que todavía no sé qué vio en mí, pero conectamos y coincidimos, sin tiempo ni espacio, sólo en espíritu. Federico nos sorprendió y frente a él me llamó de muchas maneras feas. 

Hizo evidentes los regalos que por años me había dado, me echó en cara su ayuda económica y a mi alumno  lo amenazó de muerte si se acercaba a mí otra vez.

Hace cinco años le dejé de hablar a Federico. Lo volví a ver apenas hoy. Lo vi arrugado, jorobado, flaco y con dificultad para hablar. Estaba postrado en una silla de ruedas, tratando de poner la cabeza en su sitio. Pensé en que si él fuera más joven y fuera a vivir más tiempo, me iría a cuidarlo. Haría reales sus más profundos miedos, le perturbaría el sueño, le destruiría lo poco que le quede de dignidad… Pero ya es un pobre viejo, y yo no voy a perder en él ni un minuto de vida, ni siquiera para vengarme por todo lo que me hizo.

 
 
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