Segunda oportunidad

Un encuentro inesperado en una farmacia parece ser la medicina adecuada para curar a un corazón moribundo
Yudi Kravzov
19/07/2014 - 03:00
LUPITA
 
Hace poco tiempo llegó a mí un amor del pasado. Ya estaba convencido de que las relaciones personales no son lo mío, que eso de pretender a un mujer es perder el tiempo, pero este último encuentro me está haciendo cambiar de opinión.
Ya no soy un jovencito; tampoco tengo dinero para andar gastando en cenas o en cines. No sé bien cómo hacerla de galán romántico; es que hace tiempo que no estoy con una mujer. 
 
Soy separado. Tengo dos hijos a los que les doy mi amor y mi tiempo, aunque solamente puedo verlos los fines de semana. Mi mamá está enferma y hay días en que me toca cuidarla. La tengo que inyectar dos veces a la semana. Por eso, cuando por fin tengo una noche libre, me gusta estar solo en mi casa, viendo programas policiacos en la televisión, con mis cervecitas bien frías.
 
Cuando Lupita apareció en la farmacia, vi en sus ojos ese primer amor que me cautivó cuando teníamos casi 15 años. Reconocí de inmediato su rostro y esa sonrisa que me daba fuerza para levantarme en las mañanas y estudiar. Yo no quería que pensara que era un burro, así que por ella, le eché todas las ganas a la escuela. Pude notar en su mirada actual un poco de tristeza; sentí que le faltaba toda esa chispa alegre de cuando éramos estudiantes.
 
Lupita y yo nos conocimos en la secundaria. Éramos tres los que nos enamoramos de ella. Al final, no le hizo caso a ninguno porque la rivalidad entre nosotros llegó a los golpes; terminamos los tres expulsados de la escuela, solamente con derecho a exámenes. No volví a buscar a Lupita porque me dio vergüenza. 
 
Mi papá me dio una paliza que me dejó tieso por unos días. De castigo, me mandaron a trabajar a la Merced de donde no salí hasta que cumplí los 22. No pude acabar mis estudios y la he hecho de comerciante en diferentes chambas.
 
Al ver a Lupita, me renacieron las ganas de abrazarla y de cuidarla. La escuché pedir una medicina rara y pagó casi 600 pesos. Le pregunté si necesitaba algo; quise saber si ella era la que tomaba ese medicamento tan costoso, pero de eso no me dijo absolutamente nada. Me preocupó verla triste. Le conté con ilusión de mis chamacos, preguntó por mi mamá, le dije que está malita y de alguna manera también le hice saber que nunca me casé con la mamá de mis hijos; que nada más nos juntamos y que desde hace cuatro años ya no vivimos juntos. 
 
Lupita no me habló de su vida en ese primer encuentro, ni me contó mucho de su hermana; ese día, tampoco me dijo dónde vive, pero me dio su teléfono y aceptó que nos vieramos de nuevo. La vi medio cansada y un tanto descuidada.
Quedamos de vernos una semana después en la Alameda. Me dio miedo que no llegara pero, afortunadamente, sí se presentó. Estaba sorprendida de cómo había quedado toda esa parte ahora con la remodelación que le hicieron. Le gustó mucho. Caminamos por el Centro y me dijo que nunca se había subido a la Torre Latinoamericana. Me sentí feliz de mostrarle cosas que ella no conocía y la vi sonreír varias veces. 
 
Fue muy bonito enseñarle la ciudad desde allá arriba. De puro milagro, no nos llovió. Cuando bajamos, le invité una cervecita. Le estuve contando anécdotas divertidas de mi época en la Merced. Me sentí muy feliz de tener cerca a alguien a quien le parezco divertido.
 
Nos despedimos a un lado de la Catedral porque dijo que ya era tarde y que ahí pasaba un pesero que la llevaba hacia su casa. No me dejó acompañarla, pero sentí que no se quería ir; yo tampoco quería que se fuera. Estábamos junto a una barda y le dije: “no te vayas, Lupita”. Ahí fue cuando nos abrazamos, primero quedito y después muy fuerte. Sentí su cuerpo, su olor, su corazón y su llanto. Busqué sus labios y le di un beso chiquito. Tuve ganas de tocar sus pechos pero no lo hice; se me paró y estoy seguro de que ella se dio cuenta. Me empezó a dar pena. “Ya me voy”, me dijo, y sonreímos.
 
Este sábado vamos a salir de nuevo. Se me antoja hacerla mía, acariciarle el cuerpo que tanto me gustaba cuando éramos chamacos. Quiero tocarla toda y besarla; darle el amor que le hace falta, escuchar esa historia que tiene atravesada en el corazón. 
 
Estoy dispuesto a protegerla, a darle amor, a sacarle del cuerpo eso que la llena de tristeza y a envolverla con todo mi cariño.
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