Amor a la carta

Un restaurante alberga la doble vida de un hombre que batalla para cubrir las apariencias
Yudi Kravzov
19/04/2014 - 03:00

ARACELI
Soy mesera de un restaurante de cadena. Trabajo en el turno de las mañanas. Me levanto muy temprano para peinarme de chongo y pintarme los ojos. Llegando allá, tengo que uniformarme con unas faldas largas y pomponas que nos pone la empresa.Lo más importante para mí es traer zapatos cómodos y unas medias elásticas que me permitan caminar muchas horas, de un lado al otro, cargando charolas con bebidas y platillos. Me gusta mi trabajo porque me permite conocer gente. Me relaciono con el mundo ejecutivo de hombres y mujeres que se ven ahí para citas de trabajo o con madres de familia que se reúnen a contar chismes o a planear eventos escolares de sus hijos. De pronto llegan familias enteras, y pocos saben lo difícil que es atender esas mesas de 15 o 16, en las que todos quieren el desayuno al mismo tiempo. Lo que es fácil es atender a esos despistados que llegan solos, que parecen estar matando el tiempo, que buscan empleo en el periódico o que se pierden en un libro por dos o tres horas.

Desde hace ya tres meses, una misma pareja viene todos los jueves a desayunar. Se encuentran a escondidas del mundo y se hablan al oído. Se sientan en una mesa retirada, un tanto escondida. Piden jugos verdes, molletes gratinados con doble pico de gallo y café descafeinado. Se dan cita a las ocho en punto y 45 minutos después, cada uno sale por su lado. Uno hace la cola para pagar la cuenta, mientras que el otro se mete al baño. Salen por una puerta distinta con algunos minutos de diferencia.

Cuando yo los veo así de enamorados, entiendo que los hombres que se quieren no tienen por qué esconderse. Incluso se me antoja gritarle al mundo que dos seres unidos por el amor no deberían ser juzgados. A ellos se les desborda la ternura. Una vez tuve ganas de decirles que salieran a la calle y declararan su amor en público, porque para mí parecen un par de ruiseñores alegres que tienen derecho al amor. Me divierte llevarles el desayuno y no ando preguntando a cada rato “¿más café?”, para no importunarlos.

Hace dos semanas tuve que cambiar mi turno con el de un compañero porque mi madre se enfermó. Yo necesitaba dormir en su casa y hacerle curaciones por la mañana. Estuve trabajando por las noches, y saliendo me iba con mi mamá. Fue entonces que me topé con uno de los dos ruiseñores, cenando con su esposa y sus hijos.

Él se sorprendió al verme y yo la verdad también. En la cocina, me dije a mí misma, que no soy nadie para juzgar a los demás, que no me está poniendo el cuerno ni a mí, ni a mi hermana, ni a mi tía. Sin embargo, comencé a sentir un coraje especial hacia el tipo que viene en las mañanas a fajar con su novio y en las tardes juega al padre protector y proveedor.

Comenté entre mis amigas lo que me sucedió en el trabajo y una me habló de esta columna de periódico. Escribo aquí porque me imagino que tal vez mucha gente siente lo mismo que yo sentí en ese momento en que descubrí la verdad. Sin embargo, dos días después, cuando retomé mi turno habitual, el ruiseñor papá llegó más temprano que de costumbre. Me acorraló camino a la cocina y me dijo claramente que sufre como un loco con su doble vida. Que a nadie más que él le gustaría que las cosas fueran distintas, que no se atrevió a salir del closet de chavito y que mucho menos se atreve ahora que tiene mujer e hijos. Dice que no está orgulloso, pero que tampoco se va a conformar con una vida íntima y sexual que no le satisface. Me contó que quiere a su esposa, que adora a su familia, pero que ama a un solo hombre al que no va renunciar y al que nunca le ha sido infiel.

Con lágrimas en los ojos, habló conmigo como si fuera yo su guía, su psicóloga, su amiga y al final, su espejo. Cuando vio que en su mesa escondida estaba ya su pareja ruiseñor, se tragó el agua salada que le brotaba de los ojos y sin decirme más, se fue a sentar a su lado.

Cuando fui a tomar la orden, pidió dos jugos verdes, unos molletes bien gratinados y café descafeinado para los dos. Yo serví el desayuno como si nada y quedé convencida de que no soy nadie para juzgar a nadie.

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