Triste despertar

Los problemas sociales empañan el amor y la pasión de una pareja
Yudi Kravzov
18/10/2014 - 03:30
Después de hacerle el amor a mi Margarita, me nacen unas ganas fuertes de cuidarla, de quitarle esa preocupación y ese miedo que en la noche la atrapan. Me gusta decirle que mientras yo esté a su lado, no le va a pasar absolutamente nada. Y no sé cómo lo logro, pero como si fuera un mago, con caricias y besos, la transporto desde el miedo y el frío hacia el amor. La caliento, la sobo, la beso, la recorro, la subo hasta que explota y después la miro descender despacito. 
 
Después de ese viaje estelar, ella va recuperando la forma humana y se transforma en la mujer que vive en esta tierra, en este país, en esta ciudad. Es entonces cuando pienso que nada me gustaría más que tener poderes especiales que me permitieran detectar y destruir a los enemigos de México, a esos que padecen de hambre de poder y de lujo, a esos que tienen puestos altos, y en lugar de ver por la gente, siguen y siguen viendo por ellos mismos y los suyos.
 
No sé si el problema viene desde la época en que nuestro país era una colonia española y las autoridades no sentían interés ni preocupación por ayudar al pueblo. Pareciera que aquellos que se postulan para cuidarnos, esos que toman decisiones en nombre de miles de millones, no tienen sentido del deber ni de la responsabilidad. 
 
Se solapan entre ellos, reparten dinero entre los que los cuidan y los que los ayudan a robar. Son secretos que se saben por el número de casas, coches y lujos que tienen. Lo vemos y lo sabemos. Las fosas de muertos se vuelven cada vez más profundas y nosotros estamos entre las guerras de poder de unos con otros, esperando que mágicamente su sed de tener más se vea saciada y se acuerden de mejorar la calidad de vida de todos los que no estamos en el juego político.
 
Me gustaría que a todos los que roban los castigaran sin piedad, y que a todos los que se gastan el dinero del pueblo y se enriquecen a costa de hacernos daño, les quiten todos sus bienes. Me gustaría que tuvieran miedo de robar y que salieran de sus puestos con sencillez y grandes logros para los mexicanos. Todo es culpa de esas ganas de tener más. Aquí en la ciudad como en la provincia, el exceso de dinero ciega el corazón, ciega la mente de todos, no importa su color ni su partido. No hay que ser muy listo ni saber muchas matemáticas para darse cuenta de que muchos roban. 
 
¿Si nuestro país es tan rico en recursos porque somos tantos los pobres? Estamos en medio de una guerra de los que tienen harto contra los que tienen un chingo, que se pelean para ver quién puede y tiene más.
 
Dicen que no es lo mismo hacer una denuncia que probarla; pues claro que no, y menos cuando hay dinero para que las cosas no se sepan, para que todo se mantenga en calladito. Cada que voy a una marcha con Margarita, y que la escucho enojada y preocupada por cómo se están poniendo las cosas, por el México injusto que le estamos dejando a nuestros hijos, me doy cuenta de que la corrupción no se va a acabar con marchas. Por eso me dan ganas de convertirme en superhéroe, para quitarle a Margarita esas preocupaciones. Bueno, a ella y a muchos, porque el miedo y las atrocidades nos van a terminar por enloquecer a todos. En lugar de ser un pueblo unido, vamos a terminar por quedarnos muy lastimados y enfermos de dolor. Enfrentamientos del ejército, violaciones y muertos; decapitados, fosas. ¿Pues qué pasa? Todos somos mexicanos, ¿o no?
 
Yo en silencio me pregunto cuántas fosas más se necesitan para que las cosas cambien. Gente como yo, nos metemos a la cama a abrazar el cuerpo preocupado de nuestras mujeres; tratamos de transformar la energía del miedo en amor. Cuando por fin lo logramos, y ellas por fin descansan, nos dejan acostados, mirando el techo con ese mismo miedo que a ellas las atrapa, con esas pocas ganas de vivir. Bueno fuera que se mataran entre ellos, que terminaran de arrebatarse el dinero y poder y nos dejaran tranquilos; pero en realidad, están acabando con todos.
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