Lección aprendida

Los desaires apagan la atracción sin importar lo fuerte que sea
Yudi Kravzov
16/08/2014 - 03:00
Cada que iba a estudiar con Guillermo, me salía de su casa con la esperanza rota. Por eso, jamás voy a volver. Si él no se decide o no se da cuenta de lo que siento, no voy a esperar a que despierte. 
 
Decidí que las riendas de mi vida las llevo yo y que mi felicidad no depende más que de mí. Y es que no parece que vaya a suceder algo entre nosotros. 
 
Directa o indirectamente, le he dicho varias veces a Guillermo que me gusta. Me hice amiga de su prima y siempre he tenido detalles con su hermana chiquita, que es bastante pesada. 
 
Me arreglo bien, me pongo bonita, hago comentarios inteligentes y dulces, coquetos y amables, tiernos y traviesos, pero parece que él no se ha enterado de que me gusta, sólo me busca para estudiar juntos las dos materias en las que tiene problemas: estadística y mate.
 
En la universidad seguimos de vacaciones, y afortunadamente, eso me ha servido para verlo menos. Esta semana nos encontramos por casualidad en una heladería que queda entre su casa y la mía. Fui amable y prudente. Intenté que ya no se me notara lo que siento. No soy el tipo de persona a la que le gusta rogar por amor. 
 
En mi casa siempre me hicieron saber que soy importante, valiosa y linda, así que he dejado de buscarlo; he tratado de sacármelo de la cabeza y de ya no prestarle atención a su vida. 
 
Nos saludamos de lejos. No me acerqué a platicar, porque la vez pasada que me lo encontré en un centro comercial, Guillermo se portó cortante. Entonces decidí soltar y dejar ir. Mi corazón me suplica que ya no me haga daño, que ya no me acerque a él. Y creo que me conviene más escucharme a mí misma, que insistir en algo que, claramente, no va a suceder. Si esto que siento no puede ser de dos, mejor que no sea.
 
Cuando una mujer se insinúa a un hombre, como es mi caso, no lo hace por urgida, ni por caliente. Somos muchas las mujeres libres e inteligentes que decidimos por nosotras mismas y que nos hacemos responsables de lo que sentimos. Ya no vivimos en aquellas épocas en que las mujeres debíamos esperar a que los hombres dieran el primer paso. 
 
Mujeres como yo, que nos lanzamos a la conquista, no estamos esperando que nos lleven a la cama. No estamos hechas para esperar a que el otro se decida. Nos gusta saber que hicimos el esfuerzo, saber que tenemos identidad, coraje, carácter y decisión y que antes de dormir y desvanecer la realidad en el sueño, no nos atormentamos pensando en el “hubiera”. La iniciativa y la fuerza que tenemos, las usamos y punto.
 
Pasión y orgullo, eso es lo que me define. Si Guillermo lo entendiera estaría rogándome que lo lleve a ese viaje sexual donde dos almas se conectan. Si él sintiera y respondiera a mis insinuaciones, estaríamos todos los días en mi cama, uno en el otro, olvidando que el mundo es un lugar inhóspito en el que sólo se sobrevive cuando hay mucho amor y mucho sexo.  
Si Guillermo fuera capaz de entender cuánto me gusta y cuánto lo deseo, en lugar de hacerme sufrir, gozaría de mi piel, de mis senos y del calor que guardo entre mis piernas. Quiero aclarar que no soy una facilota. Esto no se va a poder dar con quien sea o cuando a él se le dé la gana. 
 
Tampoco soy una rogona que necesita de otro para sentir que vale. Soy sólo una mujer que disfruta de la vida compartida, que sabe irse a la playa a gozar de las vacaciones, que puede pasearse en la Ciudadela, visitar los muchos museos de nuestra ciudad o pasarse una mañana buscando canales secretos en Xochimilco. 
 
Sé lo que se siente andar de paseo, tomada de la mano, inventar almuerzos con un mantel, quesito, vino y pan. Sé que los besos y las caricias nutren a ese ser que se muere con la indiferencia; sé que las platicas después del sexo llenan el mundo de un color dulce y perfecto, con el que se puede soportar la injusticia, la tristeza y tomar fuerza para el día a día.
 
La pasión aclara eso que uno no entiende, ayuda a no sentirse triste, te hace luchar por causas justas y te permite ganarle al desamor que envuelve los días grises y tristes, como en el que, por desgracia, escribo hoy.
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