Marimacha y sensual

En la clase de deportes era más rápida que los hombres de mi salón
Yudi Kravzov
15/02/2016 - 13:43

Siempre fui marimacha. En la clase de deportes era más rápida que los hombres de mi salón; si me hubieran puesto a las luchitas, le hubiera roto los huesos a más de cuatro. 

Mi mamá nunca me obligó a usar vestido y para mí ser la princesa en las fiestas de disfraces nunca fue opción. 

Tengo agilidad y condición; me gusta sentirme fuerte porque me da seguridad ser autosuficiente. No soy de las que levanta pesas y busca estar marcada de los brazos, ni de las que va por los gimnasios presumiendo mi estómago marcado. 

Los hombres que me conocen, me respetan. He tenido galanes, pero nada serio. Odio a mis tías pues siempre me juzgan porque no soy femenina, como mis primas. No uso maquillaje ni me gustan los peinados de salón que te hacen ver artificial y falsa. Mientras más me critican, más me gusta hacer rabiar a mis tías y me pongo gorras de hombre y pantalones grandes y aguados que no detallan mi cuerpo. 

Odio cuando dicen que si me arreglara sería la más linda de la familia, que me visto así para llamar la atención y llevarles la contraria a todas ellas. 

A mi primer novio, lo conocí en un antro. Yo andaba pasada de copas y él me cuidó; por eso, cuando llegamos a mi casa, lo besé. Lo dejé tocar mis tetas y jugar con ellas. Nunca sentí un amor profundo por él; tampoco tuvimos una gran conexión.

Un día caché a mi mamá llamando a mis tías para decirles que ya tenía novio; les aseguró que no era lesbiana. Entonces, le grité a mi mamá que él no era mi novio y que todavía no sé si soy o no lesbiana.  Mi coraje fue tan grande, que me decidí a ser una perra con los hombres, como si fuera culpa de ellos. Así soy: nací machona y sensual. 

No me he logrado definir. Si por mí fuera, me iría a vivir a una ciudad distinta, fuera del juicio de mi familia. Confieso que no me la paso mal con hombres. Me gustan sus chistes, cómo platican, cuando me pagan mis copas y cuando se quieren hacer los galantes conmigo. Con las mujeres con las que me he acostado me siento en cierta desventaja, porque pertenezco a un entorno en el que si no se acepta que un hombre ame a otro hombre, mucho menos, que una mujer ame a otra. 

No me gusta llevar a mis novias a mi casa, ni presentarlas con mis tías, que son antipáticas y conservadoras.

Aun cuando tendríamos la enorme ventaja de hacernos pasar como las mejores amigas, me avergonzaría mucho que por mis tías pasáramos un mal rato. Yo quisiera no tener que ocultar lo que siento y que la gente respetara que así es mi forma de ser. Y es que, la verdad, disfruto más los acostones con mujeres. No siento que me quieran dominar ni que me dejen incompleta. Las mujeres nos entendemos muy bien, tan bien, que para mí es lo más natural del mundo que me acaricie una mujer que sabe exactamente dónde, cómo y a qué velocidad debe tocarme. Juntas volamos. Su cuerpo y el mío se contagian; sudamos y nos damos. 

En un libro leí que puedo ser bisexual; es decir, disfrutar al igual con hombres y mujeres. 

 He pensado escribirle una carta a mi mamá y a mis tías y contarles que me encanta estar con mujeres.  A veces me hacen enojar tanto, que quisiera gritarles que de seguro ni cogen y por eso están tan amargadas. 

Los que juzgan tienen miedo de que se descubran sus verdades. Ojalá que cada uno revise su vida y se dedique a vivirla, y dejen en paz a los demás.

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